MADRID.- Transcurridas ya tres décadas de la muerte del dictador Francisco Franco, su nombre todavía parece dar batalla y meter miedo en la España que gobernó durante cuarenta años.
Días atrás, sus descendientes rechazaron sin vacilar a las autoridades que pretendieron inspeccionar un castillo "donado" al caudillo en plena Guerra Civil y que ahora se pretende pasar a "uso público". Directamente, la tercera generación de los Franco cerró la puerta a los técnicos.
Y, en Meirás, una parroquia gallega con sólo 800 habitantes, donde se asienta el espectacular castillo y transcurre el drama, pocos se animan a opinar "por miedo". La cuestión viene a complicar al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que, desde que asumió, viene anunciando una ley de reparación histórica que, hasta ahora, es sólo un proyecto muy discutido. Y una catarata de promesas. Los Franco, al parecer, no piensan que la cosa vaya a cambiar.
Hasta ahora, la democracia española mantuvo un mismo camino para asumir las heridas del pasado: una suerte de olvido, de dejar pasar, que en la enorme mayoría de situaciones, omitió pedidos de explicaciones. Es, dicen muchos, un caso atípico en las dictaduras europeas.
Mientras, desde el gobierno socialista se insiste en que la mentada reparación histórica se aprobará en los próximos meses, con el propósito de compensar a las víctimas de la Guerra Civil. Y, de paso, dar vuelta lo actuado hasta ahora.
El propósito debe sortear, sin embargo, un escollo difícil: el gobierno carece de mayoría propia en el Congreso y la relación con sus ocasionales socios parlamentarios se ha vuelto, de cara a las elecciones y al nuevo presupuesto, demasiado compleja.
"Difícilmente Zapatero quiera arriesgarse en un debate tan conflictivo sin suficiente aval en la Cámara, donde lo menos grave que podría pasarle es que el proyecto quedara desnaturalizado a costa de una negociación agotadora", dijeron fuentes parlamentarias.
Pero, junto con esto, lo que ahora sale a luz es que la democracia, además del benévolo olvido, habría aportado a la saga de los Franco la expansión de una riqueza que empezó con la dictadura.
"Hoy en día los descendientes del caudillo manejan cerca de cincuenta sociedades, algunas de ellas, muy prósperas, en un entramado que incluye inmobiliarias, fincas, locales, garajes, pizzerías, clínicas y playas de estacionamiento", indicó el investigador Juan Luis Galiacho, que ha publicado trabajos al respecto.
¿Quiénes son los descendientes? Se dividen en dos grandes grupos: los que eligieron la vida discreta, por un lado, y quienes viven bajo los reflectores, se los ve hablando de divorcios o en bodas y en las portadas de la revista Hola, por el otro.
De este último grupo, el caso más emblemático es el de Carmen Martínez Bordiu, apodada la "nietísima" (por su condición de nieta preferida del Generalísimo). Carmen va por el cuarto matrimonio, baila en un programa de televisión y admite que ha "vivido gracias a la revista Hola". O sea: de lo que le pagan por contar algo de forma exclusiva. (Ver nota aparte).
Negocios fabulososLo cierto es que, más allá de esa división, el clan es hoy una familia millonaria y desmembrada. Franco y su mujer, Carmen Polo, tuvieron una sola hija: Carmencita Franco Polo. Ella se casó con el marqués de Villaverde (Franco soñaba con un linaje nobiliario) y tuvo siete hijos. Ese es el tronco del clan.
Ninguno resultó un mago de las finanzas. Pero poseen numerosas propiedades y son autores de negocios fabulosos. Entre ellos, el que hace unos años los llevó a convertir a una finca del Generalísimo en un megabarrio de 5700 viviendas.
"El megapelotazo", lo llamaron en España. Hubo mucha sospecha, pero ningún pedido de explicaciones para la "mayor voracidad" de los herederos, según señaló Mario Sánchez Soler, autor de Franco SA, un documentado trabajo sobre el patrimonio del caudillo, de quien solía ponderarse su austeridad.
En ese terreno, la leyenda, prolijamente difundida, aseguraba que los Franco vivían del sueldo del general. Y que éste era hombre de comer "tortilla de papas" todas las noches. Los archivos mostraron otra cosa: en el momento de morir, su viuda, Carmen Polo, cobraba como pensión mucho más que Felipe González como presidente.
Entre mitos y datos sueltos, la cuestión vuelve a luz ahora, que la tercera generación resiste la posibilidad de que el fantástico palacete en piedra que "el pueblo" de La Coruña "regaló" a Franco durante la Guerra Civil pase a tener un uso público.
Se trata de una formidable propiedad en piedra, con torres y jardín de seis hectáreas, desde el que se respira el aire del Atlántico, a pocos kilómetros. La casa -en rigor, un "pazo", como se los llama en Galicia- pertenecía a la escritora gallega Olinda Pardo Bazán. Pero, según cuentan ahora sus descendientes, las autoridades que gestionaron el "regalo" al general, no pudieron siquiera levantar sus pertenencias. Todo, dicen, fue expropiado.
"Esto es un patrimonio del Estado que pasó a titularidad privada durante la dictadura", dicen en el bloque de Izquierda Unida, que reclama a los gobiernos nacional y regional que adopten las medidas del caso.
La batalla por el castillo de Sardá está abierta. Pero la gente de Meirás, el pueblito donde se asienta, no quiere opinar. "Por las dudas", dicen.
Franco ha muerto. Pero la sombra de su poder, al parecer, todavía habita en más de uno.
Por Silvia Pisani
Corresponsal en España
16.09.0722:42
16.09.0711:30
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