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Sanación por el humor

Marcos Aguinis

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LA NACION
Lunes 24 de septiembre de 2007
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Celebro el lanzamiento del nuevo libro de Nik, Yo Pingüina , cuyo título convierte esta actualidad hirviente en un hito de la historia. Desde su primer dibujo, publicado a los 14 años, Nik no ha cesado de proveer a sus lectores de una cascada de humor a través del chiste, puntiagudas observaciones sociopolíticas, La foto que habla , Gaturro y sus queribles aventuras, diálogos tan esclarecedores como un sesudo tratado, disección oportuna de palabras que envidiaría cualquier lingüista o psicoterapeuta, focalizaciones diversas para solaz y reflexión, indignación y risa.

Se sabe que el humor es imprescindible. Ayer, hoy y mañana. Facilita cierto nivel de bienestar, aunque sea efímero. Por eso, los humoristas son necesarios para la mayor parte de la humanidad: aportan un alimento de enorme potencia. Pero así como se los festeja en privado y en público -a unos más, a otros menos-, hay quienes los desdeñan y hasta odian, desde su corazón cargado de herrumbrada amargura. Los humoristas dicen verdades que algunos desean negar. Los humoristas caminan por el ripio de la insolencia, la temeridad y la lucidez. Son profetas inspirados, pero en lugar de amonestar con verbo amenazante, lo hacen con el arte de la picardía. Expresan críticas muy severas y denuncian cualquier atrocidad con la maravillosa espada que dice "no va en serio", aunque todo el mundo sabe que va muy en serio. No hay forma de refutar a los humoristas cuando los inspira la genialidad. Las tiranías quisieran cortarles la cabeza, como a Juan el Baustista, pero en muchos casos saben que esa cabeza les seguirá sacando la lengua por generaciones.

Su ventaja consiste en que no demandan un gasto intelectual importante a quienes gozan de sus ocurrencias: para el humorista, basta con tocar ciertas armaduras para que la rigidez de su adversario se ablande bajo la impertinencia de meras cosquillas. No necesita hacer fuerza ni gastarse en vastos argumentos, discursos o profundizaciones eruditas. Le alcanza con una frase corta, una desinencia, una división de la palabra en sílabas, le basta con presentar imágenes reacomodadas, hacer inesperadas asociaciones y apelar a otros recursos condensados, filosos o picantes para llegar al tuétano de una cuestión, darla vuelta y provocar carcajadas o sonrisas. Estimulan, entonces, una reflexión, aunque sea fugaz como una pavesa. Pero iluminadora.

Los humoristas son seres que brindan un invalorable servicio a la democracia. No es la menor de sus virtudes. Bajan del pedestal a los funcionarios con humo en la cabeza, gula por el poder, transgresión permanente de la ética y felonía contra quienes los eligieron como representantes. Por otro lado, dan voz a la gente de a pie, a quienes no son escuchados ni atendidos, a la sociedad aturdida por la manipulación de la propaganda o esclavizada por la corrupción moral que implica el asistencialismo eterno.

Los humoristas se ponen a la vanguardia de la resistencia contra los tiranos, de cuyas maniobras -al principio, disimuladas- alcanzan a detectar el peligro como si tuvieran un radar. Por eso fueron y son aborrecidos por los autócratas. No hubo humoristas en las monarquías maniatadas por el absolutismo, ni en ninguna dictadura, sea de izquierda o de derecha. Mussolini, Hitler, Stalin y Franco los odiaban y reprimían y quienes se animaban a gastarles bromas terminaban muertos. Lo mismo hicieron Fidel Castro, Mao y Pol Pot, y siguen con esa modalidad los lúgubres jefes del fundamentalismo religioso. El humor les quema los dedos, les corta los pies. Agrieta la coerción de sus fuerzas fanatizadas. No es extraño que el debilitamiento de cualquier despotismo coincida con una primavera del humor.

El humor es imprescindible, porque calma el sufrimiento, aunque los grandes humoristas no sean personas que siempre transiten los caminos de la felicidad. De ahí el modelo trágico del payaso que hace reír en público mientras llora en soledad. Pero hay también una gran cantidad de profesionales del humor que logran ser frecuentados por la dicha. No es escasa la influencia que sobre ellos ejerce su práctica, que les hace ver la otra cara de la luna ante cualquier hecho dramático. En los que trabajan con vocación y placer tintinea la alegría. A veces, mucha alegría, como con Nik. Las musas bailan en su derredor salpicándoles gotas de perfume mágico. No ceden en su obstinada certeza de que nada es mejor para cualquier desgracia que una buena salida humorística. El chiste, el humor y lo cómico se enlazan con la vena lúdica que, por suerte, anida en cada ser humano. El chiste es un juicio que juega y, por medio del juego, hace que el juicio sea eficaz. Los humoristas proceden como el condenado a muerte que, mientras es llevado al patíbulo, pregunta qué día es. Le responden: lunes. Entonces el reo tiene una salida que deja fríos a sus verdugos: "¡Vaya! Linda forma de empezar la semana, ¿no?"

El humor responde al principio del placer y la justicia. Siempre. Aunque se arriegue por zonas escabrosas y produzca terremotos. Ayuda a mejorar la salud psíquica. Consigue descargar la ira, derribar de un hondazo a los soberbios, denunciar iniquidades, restablecer equilibrios. Los humoristas dicen aquello que muchos anhelan expresar, pero no saben cómo hacerlo o, mucho peor, tienen miedo de hacerlo.

Para la Argentina, América latina y el mundo, el humor brinda la felicidad y el descanso que tanto se necesita. Los avances prodigiosos de la comunicación, la nanotecnología, los transportes, la biología, riegan progresos acelerados y gloriosos, pero no consiguen quitarle al hombre su angustia existencial. Y la angustia opera como un semáforo que alerta sobre los peligros múltiples que acechan a cada país, a las diversas porciones de ese país y también al planeta en su totalidad. Reírnos de ellos no significa disminuir su gravedad. Al contrario: son asuntos que el humor desnuda, exhibe y zarandea ante la mirada dormida o irresponsable de sociedades y dirigencias. El humor les frota la nariz. No recurre a fatigosas demostraciones, sino a la bofetada que hace abrir los ojos. Suena como una explosión. A menudo, es el último y más eficaz recurso para que la gente tome conciencia de imperdonables errores o negligencias que llevan a la multiplicación del infortunio.

Podríamos asociar el humor con el oráculo de Delfos, que, usando lenguajes metafóricos, susurra secretos que hasta ese momento sólo estaban al alcance de los dioses. Bajan del Olimpo y se ponen a disposición de las multitudes.

Los humoristas son como las pitonisas valientes y sonoras que difundían esos secretos. Gracias a su trabajo cotidiano, los seres monstruosos dejan de producir terror, los negocios sucios saltan a la vista, los cómplices de fraudes quedan sin sus taparrabos de hojas marchitas, los dobles discursos caen, las mentiras huyen.

Nik integra la raza de los grandes humoristas provocativos. Cuando lo estima necesario, llega a ser insolente. Fastidia. Pero también destila ternura. Sus personajes -entre ellos, los políticos- podrían ser acariciados y consolados. Los conoce por dentro y por fuera, sin necesidad de haberlos visto nunca. Dan la impresión de que necesitan mejores consejos de los que les llegan desde el hermético entorno o desde las pesadillas, ambiciones o culpas que les alteran el cerebro y las alas. Nik expresa la disconformidad de los argentinos con la marcha del país, las resignaciones de la sociedad, complicidades múltiples y la pesada mediocridad de las dirigencias. Desenmascara procederes condenables, sin darles aire para el enojo. Comunica a la sociedad aquello que la sociedad quiere escuchar con megáfono, para curar sus defectos o quebrar la desesperante impotencia que se extiende como un manto sucio. No olvidemos que chiste proviene de "chistar", hablar en voz baja, transmitir algo que no puede ser manifestado a los gritos. Pues bien, Nik lo manifiesta a los gritos.

Cierro estas líneas evocando al humorista alemán Lichtenberg, cuyos huesos descansan bajo tierra desde hace siglos y no se molestarán en venir a insultarme por hacer uso de sus palabras. Se quejaba Lichtenberg de los críticos y de las críticas, que también algunos desubicados quieren hacerle al genio de Nik. Decía que a veces las críticas pueden ser tan dañinas que matan los buenos libros y dejan a salvo los más débiles. Para protegerlos se ha recurrido a amuletos varios, tales como prólogos, dedicatorias, y hasta autocríticas, pero todo fue en vano. Se quejaba de que su humor no podía contra semejantes enemigos. Bernardo Ezequiel Koremblit tuvo la chispa de ampliar esa reflexión añadiendo que algunos libros, para no correr la mala suerte descripta por Lichtenberg, son blindados con introducciones, exordios, conclusiones, epílogos, apéndices y hasta peritonitis. Por supuesto que no es el caso de Nik, cuya obra Yo Pingüina no necesita coraza alguna, porque es un acorazado.

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