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El arte de vivir

Domingo 30 de septiembre de 2007
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PARA LA NACION
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Comentando con un extranjero el perfil de los graduados universitarios locales, así como los bajos salarios docentes, mi interlocutor reaccionó imaginando las grandes posibilidades de trabajo con las que contarían los profesores de historia, letras o  filosofía. Suponía que serían muy requeridos como tutores para sus hijos por aquellos padres que, contando con los medios necesarios, estuvieran interesados en proporcionarles una sólida formación. Lo desilusioné al advertirle que no encontraba muchos padres preocupados porque sus hijos aprendieran filosofía, literatura o historia. Distinto hubiera sido el destino de éstos si enseñaran inglés o informática, considerados hoy los aspectos realmente valiosos de la educación.

 No siempre fue así. El ejemplo que acude espontáneamente a la memoria es el de Filipo II de Macedonia, quien en el año 343 a.C. convocó a Aristóteles –al que conocía desde su juventud– para encomendarle la educación de su hijo Alejandro, de trece años. Aristóteles, que había estudiado filosofía durante dos décadas junto a Platón, aprendió también matemática, ciencias naturales, historia, medicina, literatura, astronomía y todo lo que lograba despertar su voraz curiosidad. Siendo joven, fue reconocido como el hombre más sabio de su tiempo. En Vidas paralelas, Plutarco relata que Aristóteles, que tenía 41 años cuando fue llamado por Filipo, no sólo formó a Alejandro en ética y política, sino que lo introdujo en los secretos más profundos de la filosofía. Según  el propio Alejandro, de su padre “había recibido la vida; de Aristóteles, el arte de vivir”. Creador de la lógica y de la metafísica, Aristóteles dejó una profunda impronta en el joven, a quien, más allá de la relación maestro-alumno que se mantuvo durante tres años, lo unía una sólida amistad.

Pero volvamos a nuestra época. Hace pocas semanas, en estas mismas páginas se publicó una nota sobre uno de los más importantes arqueólogos actuales. Se trata del profesor egipcio Zahi Hawass, secretario general del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto. Nacido en 1947 y considerado por la revista Time una de las cien personas más influyentes del mundo, Hawass analizaba el estado actual de sus investigaciones en los sitios arqueológicos más importantes de Egipto.

Tiempo después, un amigo común, Jaime Cornejo Saravia, compartió conmigo algunos significativos detalles de la educación de su famoso amigo egipcio. Los confirma Hawass en su libro Secretos de la arena, cuando relata que su padre, campesino en la aldea egipcia de Abeedya, se propuso educarlo para hacerlo “un gran hombre”. A los cinco años comenzó la tarea enviándolo a un tal Sheik Yones para aprender el Corán y, simultáneamente, a un contador de historias, Sheik el-Dosouki, con el propósito de que escuchara relatos históricos y fábulas de Las mil y una noches.

Separados por más de dos milenios, los casos de Alejandro y de Hawass muestran la importancia que siempre han tenido para la educación de las personas los maestros capaces de despertar intereses muy diversos. Resultan experiencias aleccionadoras cuando, como hoy, se sostiene que los jóvenes ya lo saben todo, que nada tienen que aprender de los mayores. ¿Enseñarles filosofía, lógica, contarles historias? Y todo eso, ¿para qué sirve? Sirve, como diría Alejandro, para desarrollar “el arte de vivir”.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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