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Las misteriosas estatuas vivientes

Sábado 29 de septiembre de 2007
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LA NACION
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Carteles callejeros anuncian en estos días, en Buenos Aires, la realización del Octavo Concurso Nacional de Estatuas Vivientes. ¿Habrá otra ciudad en el mundo donde se convoque a un certamen tan singular? Tal vez, los porteños más jóvenes imaginen que se trata de un arte (habrá quien cuestione esta calificación) nuevo, puesto que, salvo anteriores apariciones esporádicas, la proliferación de estos personajes inmóviles sobre un zócalo, apostados en diversos lugares de la ciudad, coincide con la crisis económica de 2001. Pero quien firma esta columna pudo verlos ya en su remota infancia, como números de los grandes circos alemanes que visitaron Buenos Aires en los años treinta del siglo pasado, el Hagenbeck y el Sarrasani. Las estatuas vivientes son mucho más antiguas, sin embargo.

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Hay constancias de que en el antiguo Egipto se practicaba esta curiosa forma de teatro (porque su vinculación con las disciplinas escénicas es evidente) con fines religiosos. Y hasta políticos: la tradición informa del ardid del faraón Seti I, hijo de Ramsés I, que obtuvo la corona por presentarse en la penumbra del templo bajo la apariencia de una estatua de su padre que, imprevistamente, desde su pedestal exhortó a los fieles a confiar en las dotes administrativas del joven (y audaz) príncipe. Quien, por supuesto, se había puesto previamente de acuerdo con los sacerdotes para ejecutar su número. También Shakespeare contribuye a esta tradición: en su extravagante "comedia mágica" Cuento de invierno , la estatua de la reina Hermione -dada por muerta a raíz de una reacción destemplada de su marido, el rey Leontes- se anima y da un final feliz a la caprichosa trama. Es fama que Leonardo Da Vinci, para un rumboso festejo en honor de su mecenas, Ludovico el Moro, duque de Milán, cubrió de pintura dorada a un niño que encarnaba al Siglo de Oro: el chico murió envenenado por el barniz. En los fastuosos "triunfos" que celebraban las hazañas de monarcas y guerreros, desde la Edad Media hasta comienzos del siglo XIX, era habitual que figurasen estatuas vivientes, alegóricas de linajes ilustres y virtudes personales.

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En la atracción que sentimos por estos mudos personajes urbanos, hay una mezcla de curiosidad y de temor. Nos intriga su inmovilidad, y a la vez, no podemos evitar el rechazo, desde un fondo oscuro, ancestral, de desconfianza ante lo que simula ser lo que no es. El recurso ha sido utilizado también con fines publicitarios: alguna sastrería porteña, allá por 1940, exhibía en sus vidrieras maniquíes vivientes. En un viejo film de la Metro sobre la obra de teatro El momento de tu vida , de William Saroyan, un muchachito es atraído por uno de esos personajes y se pasa las horas mirándolo: harto del escrutinio cotidiano, el supuesto maniquí se anima de repente y le proporciona un susto memorable. Hasta hace poco, los espectadores de De mal en peor , el admirable espectáculo de Ricardo Bartís, eran recibidos a la entrada del ficticio museo por un aborigen imponente. El actor asumía una inmovilidad tan engañosa que producía conmoción en el público al hacer el gesto de "¡me cansé!" y bajarse, desdeñoso, de su pedestal.

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Porque es indispensable tener entrenamiento actoral para adquirir la condición de estatua, una manera original de paliar la crisis que afecta al gremio. Se trata de un juego, sin duda, pero con un trasfondo inquietante. Tiene mucho que ver con la certeza de mortalidad y el afán de burlar a la muerte. Vendría a ser el anverso de la aspiración inmemorial del hombre, de reproducir su imagen en materiales menos perecederos que su propia carne.

Hubo escultores famosos, capaces de evocar esa carne con una veracidad alucinante: no tanto la estatuaria griega, que idealiza los cuerpos, abstrayéndolos de los rasgos individuales, ni el frío neoclasicismo en el siglo XIX del danés Thorvaldesn o el italiano Canova, sino los genios como Bernini ( El rapto de Proserpina , Apolo y Dafne , en la Galería Borghese) o Rodin ( La edad de bronce ), en la que el mármol y el metal adquieren el temblor de la vida.

Tal vez, nadie lo expresó mejor que Charles Baudelaire en uno de sus sonetos de Las flores del mal , el que se titula precisamente "La beauté", cuyas palabras iniciales nos atrevemos a traducir: "Bella soy, oh mortales, como un sueño de piedra". Y cuyo primer cuarteto termina así: "Odio el movimiento, que desplaza las líneas, / y no lloro ni río, jamás".

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