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Sábado 29 de septiembre de 2007 | Publicado en edición impresa

Grabaciones | La página de los discos

Austeridad y modernidad

Nora Benaglia y Mariana Baraj, dos voces en busca de nuevos caminos

Por Gabriel Plaza  | LA NACION

 
 
 

Transitan por la cuerda del folklore con búsquedas nuevas que iluminan el panorama de la música popular argentina. Sus nuevos trabajos son muy diferentes. Nora Benaglia, cantautora platense radicada en Tilcara, editó su segundo CD, Voces , con austeridad independiente, amigos como Tomi Lebrero, canciones de Pizarnik y Leguizamón, y una movilizadora profundidad . Mariana Baraj lanzó su tercer disco, Margarita y Azucena , con signos de modernidad folk, (producido por Lisandro Aristimuño, editado por Los Años Luz Discos y con el arte de Martín Churba), que se resumen en coplas y canciones, que alumbran su mejor trabajo hasta la fecha.

Urbana y rural

Como compositora y docente, Nora Benaglia viene haciendo un trabajo destacado en la región de la Quebrada de Humahuaca. Es profesora en las Orquestas Juveniles de Maimará y Jujuy; da clases de música en alejadas escuelas rurales de la Puna y lleva adelante un sostenido trabajo compositivo. Su primer disco, Voy , grabado en una porta estudio de su casa ubicada en La Banda de Tilcara, estaba más vinculado con ese primer encuentro deslumbrante con el maestro humahuaqueño Ricardo Vilca. En Voces (grabado en un estudio de La Plata y disponible en disquerías especializadas como Zival s), va hacia su mundo más íntimo, pleno de claroscuros, como una trovadora alucinada por poetas como Alejandra Pizarnik, Roberto Speroni y Hugo Nadalino, con ecos de Chabuca Granda, Eduardo Mateo y Rosario Blefari.

A lo largo de trece canciones, la voz de Nora Benaglia dibuja melodías disonantes y bucólicas que se alojan en la cavidad de su guitarra como un misterio para descifrar. Su fraseo nace pequeño y expresivo como un hilo de río, puede saltar a borbotones en los versos de Speroni en "Año por año"; puede sonar obsesivo en "Viajera" de Pizarnik, o cálido en "Iluminada".

Con un pulso afiebrado en la guitarra en temas como "Cómplice", la cantautora une los pedazos de su propia historia donde aparecen los sonidos latinoamericanos en "Elogio de la sombra" y "Candombe del yo no sé", dos poemas de Nadalino, en los que la cantautora encuentra el pulso justo para transmitir su expresión más popular. Por ese entramado de melodías ondulantes y trovadoras, Benaglia evoca serenatas íntimas en la versión de "Me voy quedando", la inmortal canción del Cuchi Leguizamón.

Empeñada en la búsqueda de un son propio, la cantautora recorre los contornos de la melodía, acompañada por Tomi Lebrero (bandoneón), Hugo Maldonado (bajo y percusión) y el trío Las Fulanas (voces y percusión), y desglosa estas canciones íntimas que se esconden en los pliegues de su voz y su guitarra, como cuando el Sol se oculta detrás de los cerros de Tilcara y deja su estela de fulgor.

De Churba a la copla

Azucena y Margarita , el nuevo trabajo de Mariana Baraj, tiene un marco de producción inmejorable para una artista de la música popular. El resultado no defrauda. En su tercer álbum, la cantante y percusionista explora con éxito el territorio de la canción, llevada de la mano de Lisandro Aristimuño, y parece encontrar una geografía por donde caminar libre y natural. La clave del álbum aparece en la belleza acústica de los arreglos, que llevan la expresividad interpretativa de Baraj, a otros matices, a otras inflexiones y, también, a otro alumbramiento como cantora en un universo más cristalino y colorido.

La luminosidad que aporta Aristimuño al disco -en el que la asiste como productor artístico, toca varios instrumentos, hace programaciones, samplers y arreglos de varios temas- también terminó siendo determinante para redondear esa búsqueda comenzada en sus discos Lumbre (2003) y Deslumbre (2005).

En los diez temas de Azucena y Margarita , Mariana Baraj refleja un interés por lograr un sonido universal sin rótulos, donde conviva su pulso natural y percusivo, el goce por las melodías y los efectos de loops, samplers y programaciones electrónicas. Esa ambientación orgánica que logran Baraj y Aristimuño -que se permiten difrutar del diálogo entre los instrumentos acústicos, la voz y los efectos tecnológicos- ofrece una unidad entre tanta diversidad de autores como el africano Ayub Ogada, el armenio Arto Tuncboyaciyan, o el porteño Gabo Ferro.

Eso sí: otra vez, el punto alto son las nuevas relecturas sobre las coplas vallistas (recopiladas por Leda Valladares) en "Margarita y Azucena" y "Ay porque Dios me daría" en dúo con Liliana Herrero, uno de los mejores temas del disco. También aparece su potencia roquera en "Maldigo del alto cielo", de Violeta Parra; su expresión más bella e intimista en "Tinkuman", "Agua negra", y la sugestiva "Invocación".

Después de la fascinación por la copla y las aventuras con el jazz, Mariana Baraj consigue en su tercer disco el encuentro y la síntesis de sus influencias musicales y culturales, para dar a luz una "voz" definitivamente propia. .

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