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Una metáfora negra del país

Domingo 30 de septiembre de 2007
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La Funeraria. Dramaturgia y dirección: Bernardo Cappa y Martín Otero. Con Fabricio Rotella, Sebastián Mogordoy, Cristina Blanco, Fernanda Penas, Paolo Baseggio y Estefanía D Anna. Asistencia: Fernando De Rosa. Los domingos, a las 20.30, en el Sportivo Teatral, Thames 1426 (4833-3585). Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: muy buena

A simple vista un muerto podría ser un personaje muy poco atractivo para el teatro contemporáneo, al que el realismo y el naturalismo han despojado de las posibilidades del fantasma y el espectro. No obstante, Bernardo Cappa y Martín Otero logran producir un espectáculo donde, en sintonía con Esperando la carroza , un muerto será el foco de la acción y del discurso.

La historia nos lleva a una empresa funeraria de un pequeño pueblo provincial. Allí, tres deudos de origen uruguayo han traído el cuerpo muerto del padre de familia para darle sagrada sepultura, pero por algún motivo los papeles son confusos y no se termina de entender cuál ha sido la causa de la muerte. Aparentemente, y según el discurso de la viuda, la muerte estaría asociada a una situación vergonzosa -algún tipo de fiesta- como para que no quiera que sus vecinos se enteren. Es por ese motivo que contratan para los servicios fúnebres a esta empresa familiar en clara decadencia que, carente de ataúdes acordes a un cuerpo de casi dos metros de altura, se ve obligada a adaptar el cadáver -mutilarlo, fragmentarlo- para que quepa en el único disponible: una urna de poco más de un metro.

Es en el trabajo de los actores donde se observa que los directores quieren anclar la propuesta a algún tipo de grotesco
Es en el trabajo de los actores donde se observa que los directores quieren anclar la propuesta a algún tipo de grotesco.

Esta apretada síntesis no debe hacernos pasar por alto dos situaciones sobre las que se apoya el argumento. Cappa y Otero producen en la Argentina un espectáculo en el que lo que se pone en escena es una historia en torno a lo más oscuro y siniestro de nuestra sociedad.

Lo primero que habría que destacar en este sentido es que La funeraria se inscribe en un país que ha mantenido una relación cuanto menos extraña con los cadáveres. Son absolutamente conocidas por todos las manipulaciones que han padecido personajes de nuestra historia política más o menos reciente. En este fragmentar, manipular, arreglar y desarreglar el cadáver, hay una referencia oscura y no tan indirecta a nuestro pasado. Y es tal vez esa referencia la que le da el tono de humor negro del que se sirve el espectáculo.

Pero la mirada satírica de la Argentina se dirige también a zonas en las que, inversamente, se verán afectados los vivos. El concepto de "empresa familiar" aparecerá en el espectáculo ligado a un clima de decadencia y pauperización en el que los encargados actuales se ven imposibilitados de darle la jerarquía y el prestigio que el padre supo darle en vida. Los hijos, actuales dueños de la empresa, no solamente la han vaciado económicamente por su propia inoperancia, sino también han hecho uso y abuso del nombre familiar.

Una de risa

Desde un punto de vista técnico, el uso del espacio es uno de los más grandes aciertos junto a las actuaciones. Con apenas unos pocos metros cuadrados para desarrollar la acción, la obra se sirve de un afuera que colabora con la sensación de claustrofobia. Las puertas que cierran y no abren, las corridas y golpes permanentes de los actores ayudan a producir esa incomodidad que se convertirá en risa. El vestuario, por su parte, se encarga de señalar que se trata de la decadencia de una clase social. Los zapatos, por dar tan solo un ejemplo, que alguna vez fueron nuevos y brillosos, muestran ahora en detalle la vejez de su cuero y el paso cruel del tiempo.

En cuanto a lo actoral hay que señalar que se busca diferenciar a las dos familias, dándole a cada grupo un trabajo gestual particular. Los deudos no buscan entrar en un naturalismo, pero mantienen por contraste un registro de mayor sobriedad que los dueños de la funeraria. Y es en los trabajos de Fabricio Rotella, Cristina Blanco y Sebastián Mogordoy donde más se puso el acento en conseguir lo esperpéntico, puesto que en definitiva son ellos los que hacen avanzar la acción, siendo los otros las víctimas de la inoperancia y la desidia. Es en ellos donde se observa que los directores parecen querer anclar la propuesta a algún tipo de grotesco que sin romper la relación explícita con la realidad, le dé la distancia justa como para que, desde la negrura, surja la risa.

Federico Irazábal

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