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Sábado 11.10.2008 (actualizado hace 378 días)
Joaquín Morales Solá | Ver perfil

Una campaña que pasa por encima de los conflictos

Por Joaquín Morales Solá

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Domingo 30 de setiembre de 2007 | Publicado en edición impresa 

Cristina Kirchner derrocha lo que es carestía para la oposición. Le gusta hablar de las cosas que ella quiere ante un auditorio poblado de empresarios. Responde sólo preguntas dulces. Una jauría de periodistas la persigue día y noche, pero ella les cierra las puertas en las narices, invariablemente. Y ahí ya ni siquiera hay preguntas. Se ha ocupado más del exterior que del interior del país, aunque cuenta con una envidiable estructura política y logística para recorrer el país que quiere gobernar. Los empresarios son renuentes con los otros. Los otros andan a la pesca de periodistas y no tienen ni punteros ni estructura ni dinero para dar vueltas por el país.

Las encuestas, sin embargo, siguen adulándola. La empresa de mediciones Poliarquía, en una medición que publica hoy LA NACION, coloca a la senadora en primer lugar, a casi 30 puntos de quien la sigue, sin proyectar los indecisos. Cristina Kirchner está ganando en primera vuelta, a pesar de esa afición por los desplantes y de su empeño por hacer lo que no debe. Una mayoría social temerosa de volver a la inestabilidad de la crisis parece haberse colgado de sus faldas, con ganas o sin ellas.

¿Es Cristina o es Néstor Kirchner el autor de tanta incomunicación? El Presidente ha mostrado una vocación indudable para proteger a su esposa con mecanismos más rígidos que los que necesita. Después de todo, ella se ha pasado buena parte de los últimos años sometida al implacable debate parlamentario y, al revés de Kirchner, se allanó en otros tiempos a las preguntas de periodistas y dirigentes sociales de la Capital. Con esa experiencia a cuestas, resulta difícil entender que haya reunido a empresarios en Nueva York sólo para hacer un monólogo y para responder preguntas que no preguntaban nada.

¿Qué empresario podría decidir una inversión en la Argentina, por ejemplo, si no recibe una respuesta clara sobre las medidas para combatir la inflación que promueve la principal candidata presidencial? Algunos funcionarios se han amparado en el anonimato para expresar insensateces de antología. ¿A quién le importan en Nueva York las peleas por el Indec?, deslizaron como quien justifica que la senadora no haya hablado de eso.

Le importa a cualquiera que proyecte hacer algo en la Argentina, vivir o invertir, y a quienes quieren saber si los Kirchner cumplen con sus promesas. Prometieron que pagarían parte de la deuda en default con bonos indexados con la inflación, pero la inflación oficial argentina se parece ya a la creación de un artista plástico, con el debido perdón de los artistas.

La senadora ha cambiado las formas de su esposo: ¿ha cambiado el contenido? Es el secreto mejor guardado del régimen. Nada de preguntas, por lo tanto, nada de periodistas. Ni siquiera se permitió que los periodistas la vieran departir con científicos en lo que, según el respetado periodista Adrián Paenza, resultó un buen encuentro. ¿Qué secreto con clave nuclear develó ante los científicos para que los periodistas fueran expulsados de la reunión? Ninguno.

El caso se agrava cuando a la exclusión se le agrega la segregación. En Nueva York, como antes en Madrid y en México, Cristina Kirchner recibió a periodistas de esos países. Los periodistas argentinos fueron condenados a la transmigración, a escribir o a hablar desde un lugar apartado y lejano del reino. ¿En qué palabras escritas en el agua quedaron aquellas promesas de Cristina de fortalecer las endebles instituciones argentinas? La función de la prensa es una institución del Estado de Derecho. La senadora tiene sus opiniones sobre la prensa, que muy pocos comparten, pero es notable que esas opiniones las aplique sólo a la prensa argentina.

La prensa argentina arde entre dos hogueras. El Gobierno la maltrata y la oposición cree que sólo le sirve al Gobierno. Paranoicos de campeonato, algunos dirigentes opositores ven en los medios y en los periodistas simples agentes del oficialismo. Existen esos prototipos en algunos medios, pero no son periodistas. La sociedad y el periodismo los conocen.

Será, enfáticamente, la política exterior donde la senadora marcará la mayor diferencia con su esposo. No le será tan difícil separarse de una política que nunca existió en la cabeza presidencial. Cabe un dato como ejemplo: la última visita de Estado de un dignatario extranjero a la Argentina fue la de la reina de Holanda, hace un año y medio. La última visita de Estado de Kirchner fue a España, hace un año y tres meses. La verdad es casi siempre incómoda: Brasil recibió más de 120 visitas de Estado u oficiales de líderes extranjeros sólo durante 2006.

Por eso, resultan frívolas las críticas a los viajes al exterior de la senadora. Los presidentes, o los que se ofrecen como tales, son en este mundo como vendedores ambulantes de las cosas y los intereses de sus países. El perspicaz Lula ha viajado más que el cosmopolita Fernando Henrique Cardoso. Bachelet está tanto tiempo fuera de su país como lo estuvo Ricardo Lagos. Kirchner ejerce a veces de argentino: soberbio y autosuficiente, cree por lo general que al mundo le irá mal si no entiende a la Argentina.

El énfasis es una cosa y el contenido es otra. Conocemos el énfasis de la senadora en la política exterior, pero desconocemos el contenido. ¿Será el mismo contenido de Néstor Kirchner? ¿Cuál es, en última instancia, ese contenido? Por ahora, el Presidente dice cosas en privado y las desmiente en público. Hace poco señaló en la intimidad que el gobierno debía mejorar la relación con Washington. El Club de París lo espolea.

No obstante, acaba de enrostrarle a Bush que no ayudó a la Argentina en el momento de la crisis. Bush no ayudó a Fernando de la Rúa ni a Eduardo Duhalde, porque éstos fueron víctimas de la primera ola de economistas de la era Bush. Era la época en que Paul O Neill y Anne Krueger sostenían la teoría de que los países en bancarrota debían quebrar, simplemente. En los meses finales de Duhalde, Washington ayudó a un acuerdo, entonces crucial, con el Fondo Monetario. Lo hizo aun cuando debió votar por primera vez, y última, rompiendo el consenso habitual del G-7. Kirchner pudo flotar con esa tregua en medio del maremoto de la crisis. Bush ayudó a Kirchner.

Quizá Kirchner lo zamarreó al presidente norteamericano porque consideró que ya había hecho suficiente por él cuando acusó en la ONU a Irán de falta de colaboración con la investigación del atentado contra la AMIA. Pero ese problema no es de Washington, sino de Kirchner. ¿O los 86 muertos del criminal atentado no eran argentinos? Kirchner negocia con Bush como con Hugo Moyano: una caricia seguida de una distancia.

En fin, cosas importantes que la senadora no suele mencionar. Pero tampoco menciona la inflación de los alimentos, sobre todo, que conmueve a los argentinos, ni la inseguridad que se cobró otra muerte inútil. El empresario Francisco White murió como consecuencia de un secuestro. El mismo día que apareció el cadáver de White, desvalijaron en Buenos Aires a Francis Ford Coppola, el director de cine más popular del mundo, que había decidido vivir en la Argentina buena parte del año. El crimen de White y el robo a Coppola fueron malas noticias argentinas que recorrieron el mundo y exaltaron a los argentinos. Los monólogos y las elusiones pierden sentido. Es otro idioma el que se habla entonces. Es el lenguaje de la violencia, la sintaxis del crimen.

Por Joaquín Morales Solá

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