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San Falcao, la experiencia religiosa a la que se aferra River

Deportiva

Por Juan Pablo Varsky
Para LA NACION

Le ha dedicado su tiempo al periodismo como estudiante de la carrera en la Universidad de Palermo. "Para salir de las presiones del fútbol", fue su original explicación. La revista Número Cero de la UP, publicación realizada íntegramente por los alumnos, le reservó unas páginas del ejemplar de 2006 para que contara su historia. Radamel Falcao García Zárate tiene 21 años. Nació el 10 de febrero de 1986 en Santa Marta, cuna del Pibe Valderrama. Falcao no es apodo, sino segundo nombre. Su padre Radamel se lo puso en tributo a un formidable mediocampista brasileño. Paulo Roberto Falcao fue crack de Inter de Porto Alegre, campeón con Roma e integrante del mejor medio campo de los últimos treinta años, compartido con Zico, Sócrates y Toninho Cerezo en el Brasil de Telé Santana modelo 82.

Evidentemente, Radamel padre tiene buen gusto futbolero. Sin embargo, las crónicas de la época no lo dejan bien parado. Recio zaguero, tuvo más prontuario que currículum. Revoleaba balones a la tribuna y molía a patadas a delanteros rivales. Algunos le recuerdan un gol clave para que Unión Magdalena, el equipo de la preciosa ciudad de Santa Marta, le ganara a Millonarios en Bogotá. Pero parece que el hombre construyó su reputación a base de amarillas, rojas y canilleras rotas. Su fervor religioso fuera de la cancha contrastaba con su fiereza para meterles miedo a los contrarios. "Por cada golpe, un rezo en un centro cristiano",comentaban maliciosamente sus detractores. "El chico salió a su mamá, no hay dudas", rematan hoy quienes aún se acuerdan de las patadas de papá, quien alguna vez lo llevó de mascota en Unión Magdalena. Quizá por estos antecedentes paternos, quiere que lo llamen Falcao a secas...

Los últimos pasos de su padre condicionaron sus comienzos en el fútbol. Pasó por Venezuela (Mineros, Táchira y Monagas), también por Fair Play y Millonarios en su país natal. Recomendado por Silvano Espíndola, compadre de Maradona en el Argentinos 79-80 y su DT en Fair Play, River lo descubrió a los 15 años y lo contrató por 500.000 dólares, que tras la devaluación se redujeron a 175.000. Llegó al país en 2001 para sumarse al plantel de octava división. Solo sin familia, a la pensión del club.

Ese año, Reinaldo Merlo se ganaba la estatua por sacar campeón a Racing en el Apertura. Mostaza iba a ser un entrenador muy importante en su carrera. Asomó en el Sudamericano Sub 17 de Arequipa en 2003. La rompió toda. Pero luego se rompió los ligamentos del tobillo derecho y se quedó afuera del Mundial de Finlandia. Mientras hacía su recorrido en las juveniles de River, cambiaba de categoría en la selección colombiana. En el Sudamericano Sub 20 de 2005, le hizo un golazo a la Argentina y contribuyó para la vuelta olímpica del equipo local. Pero poco pudo hacer en el Mundial de Holanda, donde Messi mandó su primer mensaje al mundo.

En el Clausura 05 Leo Astrada lo hizo debutar en primera. Reemplazó a la Gata Fernández y jugó los últimos cuatro minutos ante Instituto. River estaba jugando la Copa Libertadores y el torneo local era el depósito ideal para los pibes. Se fue Astrada, llegó Merlo y explotó en aquel partido contra Independiente: 2 de octubre de 2005, exactamente dos años atrás. Un rato antes del almuerzo, Mostaza le avisó que iba a jugar. El DT y su fiel ayudante Daulte le preguntaron si estaba listo para 20 minutos. La enfática respuesta los convenció y lo pusieron de titular. Salió a los 84m para que entrara, curiosamente, la Gata Fernández. Con la camiseta número 31, marcó dos goles, participó del restante y se fue ovacionado.

A esa altura de su vida, ya no estaba solo en Buenos Aires. En un departamento de Belgrano, lo acompañaban su madre Juana Carmenza y sus hermanas Melanie y Michelle. Su irrupción en el equipo coincidió con el mejor momento del corto ciclo de Mostaza. Marcó 7 goles en 7 partidos, los últimos dos en una goleada por 5-1 ante San Lorenzo, el cuarto triunfo consecutivo de la racha. Ahí se lastimó justo en el final. No jugó más en el torneo. Y River no ganó más. En enero de 2006, ya con Passarella en el lugar de Merlo, su cuerpo volvió a hacer crack: rotura de ligamentos cruzados en la rodilla derecha. "Estoy bien y con la ayuda de Dios voy a salir adelante".

Le costó mucho volver. Apareció en la Copa Sudamericana del año pasado contra Atlético Paranaense lento y pesado. Había perdido la explosión en su salto y en su pique. Farías, Higuaín, Figueroa, Ortega, Ruben, Antonio, Ríos, Montenegro, Oberman, Abán, Morales Neumann formaron parte del álbum de atacantes que incluyó Passarella durante su larga inactividad. Pero siempre confió en Falcao, aún cuando el colombiano no recuperaba esa potencia imprescindible para hacer daño por abajo y por arriba.

"Tiene cosas de Van Basten, hace goles, presiona en todos lados y cabecea como los dioses", dijo el entrenador hace unos meses cuando apostar por Falcao no era un buen negocio. También Aguilar lo bancó en la mala: "Es el mejor delantero del fútbol argentino", aseguraba el presidente de River cuando Rodrigo Palacio metía diagonales y goles todos los partidos.

Confeso y devoto cristiano, Falcao continúa con la tradición religiosa de su familia. Siempre le agradece a Dios y lee la Biblia en la concentración de River. "Creo en Jesucristo y trato de seguir el estilo de vida que él llevó en la Tierra". Concurre al Centro Cristiano Nueva Vida en una congregación llamada Campeones para Cristo. Lo acompaña el delantero Andrés Ríos, el otro gran contribuyente del milagro del jueves ante Botafogo. Se casará en diciembre con una chica argentina de Misiones que conoció en la iglesia a la que concurre frecuentemente. Le gusta dormir y descansar. Los paparazzi de la noche porteña se morirían de hambre con él. Fanático del beisbol de grandes ligas, le gusta seguir la Serie Mundial por TV y no duda en elegir al venezolano Omar Vizquel como su jugador favorito. Vizquel, de 40 años, es el maestro de la doble jugada para dejar fuera a dos rivales en el mismo bateo.

Pero hablemos de fútbol, dirían Víctor Hugo y Perfumo. Los cuatro goles de esta semana reflejaron la mejor versión del colombiano. Recuperó ese explosivo primer paso, fundamental para anticiparse a su marcador como en su primer festejo ante los brasileños. Y los calcados goles agónicos ante Central y Botafogo lo mostraron suspendido en el aire con formidable capacidad de salto e impecable coordinación con el cabezazo. Una virtud que exhibe mucho más en las jugadas con balón en movimiento que en las de córner o tiro libre. Esta nueva versión riverplatense de los Caballeros de la Angustia lo tiene como gran protagonista. San Falcao es la experiencia religiosa a la que River se aferra en este turbulento momento de su vida. Y, como no podía ser de otra manera, ahora el periodismo le dedica su tiempo a él. .

jpvarsky@lanacion.com.ar
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