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Extasis y fiestas electrónicas

Sábado 27 de octubre de 2007

Nuestra sociedad asiste, entre estupefacta e indiferente, al descontrol suicida con que algunos adolescentes se están dejando arrastrar por la perversa atracción que genera el consumo de drogas y alcohol. Son varios los recientes casos mortales que dan cuenta de la peligrosidad de esta aberrante tendencia.

Los anuncios que anticipan el comienzo de una serie de fiestas electrónicas estarían directamente vinculados con los dos operativos que permitieron la incautación de más de 44.400 pastillas de éxtasis. En el primero de ellos, realizado en la zona de Congreso, la Policía Federal secuestró 18.500 pastillas de esa droga, camufladas en caramelos confitados y encontró, además, entradas y afiches de una fiesta por realizarse en una disco de la Costanera. El otro procedimiento, a cargo de la Aduana, se efectuó en el aeropuerto de Ezeiza, donde a un ciudadano holandés, proveniente de un vuelo desde Madrid, se le descubrieron, ocultas en el doble fondo de su valija, 25.924 pastillas de éxtasis, valuadas en el mercado en 675 mil dólares.

Las fiestas electrónicas (o raves , como también se las denomina) forman parte de un fenómeno cada vez más extendido en la Argentina. En el verano de 2006, quedaron en el medio de un fuerte debate en el que se oyeron voces como la del ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Claudio Mate, que proponía prohibirlas o desalentarlas por la "combinación indisoluble" que, según su criterio, se da entre la música y las luces de este tipo de fiestas con los efectos psicoactivos de las pastillas de éxtasis.

Las fiestas electrónicas se caracterizan por su música, aunque en realidad no hay instrumentos musicales sino disc jockeys que combinan sonidos con computadoras y bandejas. Y también por la iluminación (luces láser) y su coordinación con la música, lo cual crea un ambiente muy particular, que es aprovechado al máximo por los jóvenes que saltan y bailan descontroladamente. En sus orígenes, estas fiestas se realizaban al aire libre y como duraban hasta más allá del amanecer, los anteojos oscuros formaban parte de la indumentaria de los concurrentes. La moda se impuso y ahora, aun cuando estén encerrados en un local, los lentes forman parte del uniforme, junto con la gorra y zapatillas.

Las drogas más populares en las fiestas electrónicas son el ácido lisérgico (LSD) y el éxtasis. Esta última empieza a actuar entre los 30 y 60 minutos después de la ingestión, alcanzando un máximo a los 90 minutos y sus efectos perduran por entre ocho y doce horas. El consumo de éxtasis aumenta en un principio el nivel de vigilia e intensifica las percepciones sensoriales y emocionales, pero después de estas sensaciones la persona presenta confusión, problemas con el sueño, trastornos musculares, depresión, náuseas, visión borrosa, escalofríos y sudoración excesiva. Ocasionalmente puede provocar ataques de pánico, paranoia, ansiedad, insuficiencia renal aguda y accidentes cardiovasculares.

Más allá de los debates, lo cierto es que en estas fiestas, o raves , al igual que en otros locales bailables, la venta de drogas sintéticas se expande entre los jóvenes que buscan permanecer despiertos, desinhibirse y bailar sin parar. Al mismo tiempo, los cuadros clínicos graves derivados de su consumo son cada vez más frecuentes en el país.

Las recientes muertes de tres adolescentes, por causas presuntamente vinculadas con tan perniciosos hábitos, deberían conmover nuestra conciencia social hasta las más profundas raíces.

Como en años pasados, la mayor de las fiestas electrónicas será Creamfields, que se realizará el próximo 10 de noviembre en el autódromo de la ciudad de Buenos Aires. Teniendo en cuenta los problemas, las consecuencias y el descontrol de fiestas anteriores, es de esperar que las autoridades porteñas, en colaboración con las fuerzas de seguridad, dispongan de todas las medidas necesarias para evitar que la droga ingrese, se comercialice y se consuma durante el desarrollo del encuentro. También para impedir el ingreso de menores. Similares medidas deberían adoptarse en muchos otros lugares bailables donde el consumo de drogas y el abuso del alcohol entre adolescentes son moneda corriente.

No queda tiempo para indecisiones. Todos los integrantes de la sociedad, y los padres en particular, debemos interiorizarnos acerca de los peligros que acechan a nuestros jóvenes en los lugares que habitualmente escogen para su diversión. Debemos optar entre tomarnos en serio la lucha contra las drogas o resignarnos a regalarles nuestros hijos a este perverso mal.

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