Cristina posa coqueta y distinguida, quiere cumplir el sueño de ser bailarina. Elisa sonríe para la foto escolar, en medio de una crisis de identidad: su nombre no le gusta. Roberto aún es bebe, pero ya lleva una corbata al cuello, quizás una prematura clave del futuro. Alberto mira serio en su primera comunión, tal vez absorto en sus obsesiones: el dibujo y el ajedrez. En cambio, Ricardo está cómodo en brazos de sus padres. No pueden imaginar que, 50 años después, la criatura será por segunda vez un bull dog electoral.
Alguna vez los candidatos fueron niños. Alguna vez, los problemas de la escuela o los retos paternales importaron más que los avatares económicos o los vericuetos del poder. O quizá, como tal vez dirán si se los consulta ahora, siempre quisieron ser presidente.
Hubo un tiempo en el que Cristina Fernández envidiaba a las bailarinas clásicas. Caprichosa y mimada, fue 9 años -hasta que nació su hermana Giselle- el centro de atención de un hogar matriarcal. Como muchas niñas de clase media, viajaba de Tolosa al centro de La Plata para tomar clases de danza.
Eran tiempos de inocencia. Poco después llegarían las peleas con Ofelia, su madre, una peronista avasallante; y los encontronazos con su padre, Eduardo, un accionista de una línea de colectivos, conservador, radical y balbinista. Debates con señales del futuro. Una Cristina arrogante y batalladora, que jamás se quedaría callada, como la recuerdan quienes la conocieron entonces.
Elisa Carrió tampoco. Entusiasta y curiosa, a los 4 años le exigió a su madre que le enseñara a escribir. "Para jugar, me quedo en casa", dijo cuando fue al jardín por primera vez. No hubo opciones: su madre debió inscribirla, a los 5, en primer grado.
A los 8, Elisa tuvo un dilema de identidad y decidió cambiársela. Elisa le parecía un nombre muy serio. Prefería que la llamaran como la apodaba su hermano Roli. Nunca más respondió a su nombre original. "¿No entendés que soy Lilita?", decía siempre, no sin cierto rasgo caprichoso.
Nada que ver con el niño Roberto Lavagna, un chico medido y circunspecto. No era un infante de potrero. Los suyos lo recuerdan más como un jovencito "meticuloso, tímido y sobreprotegido".
La antítesis de Angel Juan, Lito, su padre, amante de las bromas y las relaciones públicas, capaz de ver a un amigo leyendo el diario y prendérselo fuego con un fósforo. "Un jodón lindo. Pero yo soy el anti-Lito", suele decir hoy el economista y candidato presidencial.
En cambio, en San Luis, a Alberto Rodríguez Saá lo recuerdan como un niño "expansivo y revoltoso". Al menos en la escuela. Con su familia -una de las más poderosas de San Luis-, parece que era menos comunicativo. Por eso su padre, Carlos, le enseñó a jugar al ajedrez: "Para ver si así hablaba".
El juego terminó siendo su orgullo infantil. Nadie le ganaba. Incluso se volvió cultor de la defensa siciliana, una jugada laberíntica y compleja. Una metáfora del poder. Su primera obsesión. Ya como gobernador no se privó de organizar en su provincia un campeonato mundial de ajedrez.
Su otro "vicio" era el dibujo. "Mi padre estaba en contra, así que me mandó solo a que me anotara en el curso", recuerda hoy "El Alberto". Tenía 13 años. Se recibió a los 18.
Pero tal vez ninguno vivió la severidad como Ricardo López Murphy. Su padre, Juan José López, un dirigente radical y jefe de la policía bonaerense en el gobierno de Arturo Illia, obligaba a sus hijos a leer los editoriales de los diarios para "mejorar el lenguaje".
Era tan severo que cuando en 1960 los hermanitos Ricardo y Juan José (h.), de 9 y 7 años, se separaron de la familia y se perdieron en el cerro de la Piedra Movediza, en Tandil, optaron por esperar a la cuadrilla de rescate antes que tener la osadía de enfrentar a su padre. Les daba pánico la reprimenda.
Una prueba cabal de que todos, incluso ellos, alguna vez, fueron niños.
Por Juan Pablo Morales
De la Redacción de LA NACION