Ibiza, donde la noche a veces termina - LA NACION
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Ibiza, donde la noche a veces termina

Entre DJ famosos, pistas de dance y clasificaciones VIP, un recorrido para los que prefieren disfrutar, durante el día, del mar calmo y transparente
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28 de octubre de 2007  

IBIZA.- Es todo lo que uno puede esperar al pensar en ella. Una gran isla al sol del Mediterráneo como cantó Joan Manuel Serrat y la noche interminable de los bailes que se ganaron la canción de Pink Floyd, en una película francesa que fue polémica en años menos permisivos. Por su historia, que se remonta a dos mil años antes de Cristo, pasaron los fenicios y siguieron los griegos, que le dieron el nombre de Pitiusas, por estar cubierta de pinos. Luego los romanos, atraídos por la sal y el vino, lo mismo que los bizantinos, visigodos y musulmanes, hasta el desembarco de los catalanes en 1235, que decidieron quedarse y dejarle su idioma.

Porque es Eivissa y todas las calles tienen su nombre en catalán, igual que las indicaciones de tránsito. Aunque, lo mismo que en todas las épocas, es un cruce de visitantes de idiomas muy distintos. Los que más se escuchan en sus 572 kilómetros cuadrados son inglés, alemán, italiano, francés y el castellano, porque no está bien visto decir español, ya que en las regiones autonómicas también se hablan otras lenguas: valenciano, vasco, gallego y por supuesto catalán, que es el oficial en la Comunidad de las Baleares. Y es multilingüe por la traducción simultánea de su seducción, como las tarjetas de crédito para comprar la ropa que hay que llevar para no rebotar con ningún portero en las disco.

Este lugar de maravilla está a dos o tres horas de avión de las principales ciudades europeas, a media hora desde España o a cuatro de un ferry veloz desde Barcelona. Y menos aún desde Valencia o la isla de Mallorca. Durante el verano, el aeropuerto (IBZ) es uno de los más congestionados de Europa y de los preferidos por las compañías de charter y low cost. La fama de sus discotecas se extendió por todo el mundo, incluyendo a Buenos Aires, que tiene su propio Pachá.

Marinero de Tierra

La isla es empinada y con acantilados. No tiene prácticamente playas grandes. La mayoría son pequeños huecos, calas, donde hay pocas reposeras en torno de un quincho para tomar algo y muchos, pero muchos, yates. En todas las vidrieras están los avisos de la noche, con sus disc jockeys célebres, o citas temáticas en sus espacios de varias pistas y clasificaciones VIP.

Pero lo que la hace tan distinta es el mar que la rodea, aguas transparentes y habitualmente tranquilas. Conseguir una amarra es casi misión imposible y por supuesto cara, porque lo que vale y no abunda, cuesta. Sus puertos principales son un show en continuado de modelos, tamaños y banderas. Algunos tan grandes que hasta tienen helicóptero haciendo juego. Tener un yate de vela o motor al pie es completar un sueño que, además, se hace más accesible para quienes desean salir de su rutina de tierra, porque se pueden alquilar con tripulación o sin ella por días o semanas.

Siempre repito, con gratitud a mi oficio, que ser periodista es la manera más divertida de ser pobre. Y lo comprobé una vez más al reencontrarme con Daniel, compatriota y amigo de toda la vida, que me invitó a salir en su barco. Creo que siempre le tiró tanto el agua que aprendió a zambullirse antes que a caminar. Puse reparos porque no tenía más experiencia que algunas tardes saliendo de Puerto Madero para cortos recorridos y que no sabía nadar fuera de una piscina.

Allí tuve mi primera sorpresa, porque tampoco el capitán Emilio sabía nadar. Parecía una contradicción y sin embargo no lo era. Hombre de pocas palabras y mucho ingenio contestó: "¿Acaso los pilotos saben volar?" Y eso no les impide manejar aviones y a usted tomarlos.

Mi primera salida fue hasta Formentera, a un par de horas. Allí se escucha hablar en italiano más que en Roma. Porque ésta es otra característica de Ibiza: cada grupo nacional tiene sus preferencias para alojarse. Los ingleses por Sant Antoni y los alemanes por Santa Eulalia. Y no salen de allí salvo para ir a bailar, lo que no es una actividad dominante para la mayoría de los navegantes, que prefiere dormir de noche y disfrutar del día, a pleno sol.

Formentera, pegada a Ibiza, es una playa angosta con dos tipos de mar, igual en menor tamaño que Punta del Este, con la Mansa y la Brava. De un lado, cerca de donde se amarra, se puede hacer pie muchos metros porque el agua baja lentamente. Parece una piscina para darse un baño de asiento y chapotear para el nene que llevamos dentro. Del otro lado del pequeño istmo, las olas dependen de los caprichos del viento y hay que tener cuidado porque con el mar abierto no se juega a los patitos.

La experiencia me gustó. Por eso tenía el sí dispuesto para la próxima tentación, que era volver a Barcelona en el barco en lugar de hacerlo por avión o en ferry.

Y sin pensarlo me encontré convertido en un grumete de barba blanca que debutaba nada menos que en el Mediterráneo. Seguramente exagero, pero el Destino no puede quedarse siempre en minúsculas.

A bordo, las rutinas son diferentes. Por empezar, en el cuidado del propio camarote, que está a su cargo, aunque haya dos marineros, como en este caso Jorge y José Luis, estudiantes universitarios que trabajan en el verano. Y principalmente a desplazarse por la embarcación sin crear problemas ni haciendo preocupar a nadie. Mi gran maestro fue Sansón, un perro callejero tan simpático y pequeño que el sobrenombre le caía justo.

Salimos antes que amaneciera, a las cuatro de la madrugada. Los preparativos fueron tan apasionantes como la comida de despedida, en una parrillada de mariscos en Santa Eulalia rematada con un helado italiano.

En la computadora de a bordo teníamos el detalle completo del pronóstico sobre las características del mar que nos íbamos a encontrar y por supuesto el GPS de la ubicación satelital.

Todo pintaba tan bien que al dejar atrás las luces del puerto me fui a dormir a pata suelta y me desperté a media mañana, justo con hambre. El barco ronroneaba y se balanceaba con ritmo de bolero. Era un día de novela con la única protección necesaria de un buen filtro para los rayos ultravioletas.

Todo era tan lindo que pasaron casi doce horas de viaje sin que preguntara a qué hora llegaríamos a Barcelona, aunque al atardecer ya fuera percibiendo que se iba agigantando su imagen.

Y me pasa al escribir algo muy parecido a lo que sentía en ese momento: me inunda el silencio. Los hechos mínimos, el salto de un pez a estribor, el brillo del agua que parece reverberar bajo un cielo azul sin una nube, las cambiantes caricias del viento, la lenta y enceguecedora curva que da el sol en su rutina cotidiana, el olor fresco al mar, el no se qué de sentirse vivo y feliz.

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