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Humo en tus ojos

Opinión

Por Alina Diaconú
Para LA NACION

Aquella bella canción de amor que cantaban Los Plateros en los años 60 y, luego, entre nosotros, Los Cinco Latinos decía "Hay humo en tus ojos" (Smoke Gets in your Eyes). Nos meneábamos en su ondulante armonía y canturreábamos a la par de ellos ese estribillo.

Hay humo en tus ojos. ¡Cuánto humo hay hoy en tus ojos y no sólo en tus ojos, sino también en tus pulmones y en tu corazón, y en todo tu sistema respiratorio, vecino, vecina, de esta ciudad de Buenos Aires! Qué poco romántica suena ahora esta frase. Porque no sólo se trata del humo de los cigarrillos, sino de la contaminación urbana en todas sus facetas, de ese aire tóxico, infecto, insalubre, de ese veneno que "respiramos" cada vez que salimos a la calle.

Veamos qué ocurre en otras partes. Un estudio realizado por la Universidad de Washington y publicado en el New England Journal of Medicine investigó a 65.000 mujeres que viven en 36 centros urbanos estadounidenses, cuyas edades oscilan entre los 50 y los 79 años. La epidemióloga Kristin Miller concluyó: "Los resultados de nuestro estudio muestran que la ciudad y el lugar de la ciudad donde vivió cada mujer afectan el grado de exposición a la contaminación y su riesgo de desarrollar problemas cardiovasculares y fallecer a causa de éstos".

Personas anteriormente sanas se enferman por las partículas contaminantes del medio ambiente.

Otra investigación, realizada en California sobre 1445 chicos de entre 10 y 18 años, demuestra que los niños que viven a menos de quinientos metros de una autopista pueden desarrollar problemas respiratorios de índole permanente. La revista británica Lancet publicó este trabajo y allí se dice: "El hallazgo de este impacto en las pequeñas vías respiratorias es consistente con lo que se conoce acerca de los tipos de contaminantes emitidos por los caños de escape".

Sabemos que en un incendio, por ejemplo, la exposición e inhalación del humo de gases tóxicos afecta de inmediato los ojos y las vías respiratorias. El problema de la contaminación en las grandes urbes es mundial, pero no por eso podemos dejar de preocuparnos por lo que nos ocurre aquí, en nuestra metrópoli. El asunto es muy, muy serio, y cada vez más alarmante si no se hace algo.

Con los años, Buenos Aires se ha convertido en una ciudad realmente irrespirable. Cada vez hay más automóviles. Y la mayoría de los colectivos es un paradigma de lo que está prohibido y es condenable en el nivel de la polución. Está a la vista cómo los caños de escape de los vehículos escupen constantemente monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos, dióxido de azufre, lo cual produce irritación en los ojos, en la nariz, en la garganta, dolores de cabeza y montones de perturbaciones más, algunas que pueden llegar a ser muy graves.

¿Se acuerda? El 27 de septiembre de 1993, un escape de gas cianhídrico en Avellaneda produjo siete víctimas fatales. Ese día fue declarado Día de la Conciencia Ambiental.

Pero ¿cuál es la conciencia que nuestras autoridades demostraron desde entonces frente a este tema?

Según un informe de la dirección de Política y Evaluación Ambiental porteña, los colectivos provocan el 40% de la contaminación que padecemos los habitantes de esta Capital.

Lo recalcamos. Vivimos envueltos en una humareda tóxica, en una nube negra lanzada por los caños de escape que provocan afecciones respiratorias, sensación de ahogo y, con el tiempo, hasta cáncer. Se sabe que mujeres embarazadas que estuvieron expuestas a ese humo contaminante dieron a luz hijos con problemas respiratorios y malformaciones.

Pensemos en todos los niños que circulan por las calles de nuestra Buenos Aires, en los bebes que las mamás llevan en sus preciosos cochecitos. ¿Qué inhalan esos bronquios? ¿Cuál es el contacto físico de los recién nacidos con el aire de la ciudad? ¿Y qué consecuencia les va a traer en su salud actual y futura?

Los óxidos de azufre irritan ojos y garganta. La polución del aire produce de todo: hasta náuseas y mareos.

Ya en 2004 este diario decía: "El tránsito de la ciudad genera por año unos 3,8 millones de toneladas de dióxido de carbono, equivalente al 29% del total de las emisiones de gases con efecto invernadero que aporta el área metropolitana de la ciudad de Buenos Aires al ambiente".

Ni hablar de la otra contaminación, la acústica. Escapes libres, sirenas, rugidos y chirridos del transporte en general, alarmas, zumbido de sierras y estridencias de obras en construcción, estampidas de camiones recolectores de basura, de procesos de carga y descarga de mercadería; todo ese descontrol parece taladrarnos el cerebro.

Según la Organización Mundial de la Salud, ya en 2003 Buenos Aires era la ciudad más ruidosa de América latina y la cuarta en el nivel mundial, detrás de Tokio, Nagasaki y Nueva York. Según dicen, Buenos Aires tiene actualmente el triple de ruidos que hace treinta años.

Los problemas de oídos que eso implica no son menores, claro. Y los psicológicos, derivados de todo ese barullo, ni hablar.

Todos estos temas de contaminación vial son controlados esporádicamente, son multados esporádicamente, pero nuestra experiencia del día a día nos dice que nada funciona realmente según un plan estructural.

Nuestros ojos siguen llorando, nuestros pulmones siguen reclamando, nuestros corazones siguen clamando. Hay un humo espeso que rodea nuestra vida. que nos apresa, que nos asfixia.

Queremos una ciudad con un aire respirable, con un ruido aceptable, donde los entre 10.000 y 15.000 colectivos que dan vuelta por esta urbe gocen de un buen estado de mantenimiento, donde los infractores paguen sus infracciones, donde haya una conciencia mínima acerca de los perjuicios a nuestra salud que produce toda esa polución de gases, ruidos y olores.

Tenemos derecho a vivir mejor. Tenemos derecho a respirar un aire más limpio, en una ciudad menos ruidosa y sentir que nuestra salud es un tema de preocupación de los que nos gobiernan.

No pretendemos que una jungla de cemento tenga la serena placidez de una aldea impoluta. Pero puede tener, dentro de su vitalidad y de su dinamismo, un mínimo de orden, de equilibrio, de controles y de limpieza. No tiene por qué ser todo caos y locura, destrucción y agresión.

Mejorando, además, la atmósfera de nuestra ciudad, mejoraremos también la de todo el planeta, porque el oxígeno que respiramos es uno; ningún país, ninguna comarca lo encasilla, sino que circula por toda la Tierra.

Aspiramos, entonces, a salir a la calle un poco más tranquilos, un poco más relajados, sabiendo que nuestros cuerpos -que son vulnerables- y nuestras mentes -que son sensibles- están cuidados por normas mínimas de protección. Aspiramos a eso: a otro aire. Más puro, mejor. .

La autora es escritora. Poemas del silencio es su libro más reciente.
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