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Nosotros, Spielberg y el demonio

Harto de los dardos que se lanzan contra el director de Tiburón, el autor de Rodolfo rescata el talento del cineasta para atrapar al público con armas genuinas. Mejor que criticar, dice, es poner el ojo en la falta de industria del cine local

Sábado 24 de noviembre de 2007
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Viene de donde viene. ¿Por qué pelearle tanto? ¿Es el demonio? ¿Cuánta gente conocemos que nos pueda agarrar del cuello aunque más no sea por un rato? El tema puede ser un auto que pelea con un camión, un tiburón que acecha en tranquilas playas, una nave que viene del espacio, un extraterreste bonachón, una manga de dinos que se nos viene encima, un flaco que sólo quiere que su papá lo acepte, una versión de La guerra de los mundos , el espionaje en el futuro, la lista de Schindler, el soldado Ryan, esclavos gringos, el enfrentamiento palestino-israelí (en Munich , su última película hasta el momento).

¡Ya basta! ¡Por supuesto que no es Godard! Pero, ¿por qué pedirle peras al olmo? Steven Spielberg es un cineasta grande a su modo, e igual es un artista. Todo aquello de ir a buscar historias a Europa porque no las tiene en su barrio suena muy pobre como crítica. A esta altura del partido, todos nos conocemos bien y suena necio el ataque a un hombre que, además de todo lo nombrado más arriba, filmó la trilogía de Indiana Jones y va camino a convertirla en tetra.

De seguirse determinada línea crítica se podría pensar en la existencia de una máquina norteamericana, encarnada en el director, que lo único que busca es anestesiar nuestras mentes (qué imagen odiosa), tan sensibles y sofisticadas ellas, para que no nos enteremos de los conflictos que florecen en el mundo. ¿Te rayaste cuando en el final de Rescatando al soldado Ryan clavó la bandera norteamericana para apropiarse del desembarco en Normadía? No te podés enojar por eso, porque eso es él. No nos olvidemos de los primeros 25 minutos de carnicería humana. In God We Trust , dice el dolar...

EN RODAJE. Steven Spielberg en 1997, durante la filmación de El mundo perdido
EN RODAJE. Steven Spielberg en 1997, durante la filmación de El mundo perdido. Foto: Universal

Está clarísimo que Mr. Spielberg quiere cerrar sus películas de manera amable; es un judío amable y quiere gente en el cine, también. No trabaja para evitar el éxito. Muchas veces irrita, pero en el medio nos regala momentos inolvidables. Y una cosa son los Estados Unidos de América y otra cosa son sus artistas. Por supuesto que siempre hay bemoles, nada es tan sencillo a la hora de las definiciones. En el arte no hay ingenuidad; se necesita el significado para no ser un amateur. Spielberg lo tiene, y esa es la gran discusión. Se lo ve como un cineasta para las multitudes, lejos de la expresión artística. Gran error. El cine, más allá de las entradas vendidas, debe tomar algo del espectador en cualquier lugar que este se encuentre. Aquí se abrirá la gran discusión sobre el lenguaje, discusión que vale la pena dar porque transforma en vana la necesidad de explicar lo que es bello o vulgar y lo que no lo es.

Todo esto depende mucho de la coyuntura crítica de la época. Nadie tiene las armas, a menos que sea un comisario del lenguaje, para decidir sobre estos temas. Así La playa del amor de Adolfo Aristarain tiene la estatura cinematográfica que poseen sus largos "serios". Y cualquier arrebato crítico ligado al día a día y a nada más debería ser repensado, ser puesto en tensión de cara al significado profundo del cine. ¿Qué es cine y qué no? ¿Quién tiene estatura moral y quién no?

Aquí, en este punto, un crítico como Serge Daney y un cineasta como Steven Spielberg son grandes hermanos cinematográficos.

Las culturas cinematográficas surgen y se desarrollan en formas diferentes en cada lugar del mundo de acuerdo a cada idiosincrasia. Por supuesto que no vamos a negar el poderío conquistador de la gran industria norteamericana, que va desde la formación de estudios para la producción de películas en serie hasta la dependencia del exhibidor local, que necesita vender más tickets y más pochoclos con esas películas para sostener su negocio. Si a eso le sumamos que la última ley de cine obliga al exhibidor local a sostener solo una semana en cartel una producción nacional, las internas del Incaa para decidir qué films se van a filmar en la próxima temporada (presupuesto, calidad y cálculo de asistencia de público), las tarifas de publicidad en los medios de comunicación argentinos para con las producciones locales (son iguales que para una multi gringa) y la falta de sentido para el desarrollo de una industria por parte de la crítica especializada y demás ámbitos ligados a la cinematografía argentina, en lo primero que habría que pensar es en la ausencia de la idea de nación.

Un Estado que carece de leyes que protejan y estimulen las expresiones artísticas locales como una forma de territorialidad espiritual y expansión económica en todas sus áreas (literatura, pintura, danza, música, teatro, cine, etc.), y un pueblo a quien siempre se lo ve votar (en su gran mayoría) con el único interés del propio bolsillo, difícilmente puedan vivir lejos de la crispación, la ignorancia y la soberbia. La primera exigencia hacia los nuevos gobernantes debe ser la educación y la salud para todos. Gente inteligente hace cosas inteligentes. Y deja de pelear con el demonio equivocado.

Por Fito Páez Para LA NACION

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