Libros / Anticipo
La sartén por el mango
Los periodistas Diego Cabot y Francisco Olivera cuentan en el libro Hablen con Julio , que se publica la semana próxima, cómo se ejerce el poder en la era K y por qué el ministro de De Vido es uno de los mejores ejemplos de ese estilo
Callate la boca. A vos no te pedí opinión. Delante de todos, Néstor Kirchner levantó su mano y se la estampó en la cara a Julio De Vido. Era en broma, según contó después uno de los asistentes a aquella reunión de gabinete celebrada en Río Gallegos. Una de las típicas chanzas que suele tener el Presidente con sus colaboradores. El ministro se sorprendió, pero no dijo nada.
Transcurrían los primeros años de la gestión kirchnerista en Santa Cruz y De Vido era ministro de Economía y Obras Públicas de la provincia. No volvería a ocurrir después en la Casa Rosada, pero en Río Gallegos sí había reuniones de gabinete, en las que Kirchner se mostraba pleno. Siempre hubo confianza entre ambos, y una trabajada obediencia de parte del arquitecto hacia su jefe, algo que Kirchner nunca dejó de retribuir.
La relación del Presidente con sus colaboradores podría sorprender a los afiliados de partidos tradicionales. Bofetadas, bromas, humillaciones y manoseos no son anécdotas habituales de reuniones de comité. Sí, en cambio, cuando el protagonista es Néstor Kirchner. [...]
La disciplinada obediencia a Kirchner es la principal característica que refieren todos los que definen a De Vido, a quien también reconocen un trato simple y ameno.
Sólo unos pocos conocen las verdaderas aspiraciones, realizables o no, del leal funcionario. "A este ruso de mierda lo aguanto hasta que haga la mía." ¿Anhelo real o simple jactancia? La frase fue proferida por el arquitecto ante uno de los hombres que lo ha tratado con mucha frecuencia. El "ruso" era Kirchner. [...]
Todo un estilo
-¿Y por qué fuiste a ver a ese pelotudo...?
La sutil objeción impactó, a mediados de 2006, en los oídos de uno de los lobbistas más importantes que tiene la Argentina: Alejandro Macfarlane, presidente de Edenor, ex director de Repsol YFP, hábil negociador que supo plasmar en el mundo empresario, ya desde los tiempos de Carlos Menem, sus dotes de estratego medio scrum de los Pumitas y de la primera división de rugby de Belgrano Athletic. El latigazo venía de De Vido, que no podía entender cómo Macfarlane, a quien consideraba su amigo y cuya casa había visitado varias veces, había recurrido al entonces secretario de Finanzas de Felisa Miceli, Alfredo MacLaughlin.
Hasta el escándalo de los billetes en el baño de su oficina que la expulsaron del Palacio de Hacienda, Miceli fue considerada siempre una enemiga por los hombres de De Vido. Claudio Uberti, otro de los exonerados por valijas indiscretas, nunca escondió este encono en conversaciones ante empresarios.
Ese día no hubo caso. Macfarlane le explicó a De Vido que se trataba de un tema de finanzas, probablemente relacionado con la salida de Edenor a la Bolsa de Nueva York, y que por esa razón había decidido contactarse con MacLaughlin, el hombre que se encargaba de esos temas en el organigrama oficial, y que tiempo después ocupó un cargo en el directorio de Pampa Holding, el grupo que controla Edenor. Nada que hacer. De Vido no lo entendió y se lo recordó por un buen tiempo. El kirchnerismo es así: se habla con el soberano o con su corte o, sencillamente, no se habla con nadie. [...]
Edenor es una empresa de servicios públicos, un sector que el gobierno de Néstor Kirchner juzgó siempre casi como propio. Macfarlane es uno los hombres mejor informados de la Argentina, y se acercó a De Vido durante sus años en Repsol YPF y, tiempo después, a través del banquero Jorge Brito, dueño del Banco Macro. Macfarlane fue director de la entidad financiera y se hizo amigo de Brito. A Brito, en cambio, le costó más esfuerzos que el Gobierno olvidara los años en que había tenido, como la mayoría de los banqueros de la Argentina, una fluida relación con Carlos Menem.
En realidad, De Vido nunca discriminó, como podría pensarse desde lejos, a ningún funcionario o empresario de labor destacada en los 90. Acaso porque el único jefe que reconoce, Néstor Kirchner, fue el más menemista de los gobernadores en aquellos años. ¿Cómo podría explicarse, de otro modo, la recurrente colaboración que desde el Gobierno se le pidió desde el comienzo a Roberto Dromi, un tótem de la obra pública noventista y las privatizaciones?
El ministro y su mentor habían soñado siempre con meter la nariz, y si fuera posible ambas manos, en todas las empresas de servicios privatizados. Edenor es una de ellas. Repsol YPF también. Era esa la razón por la que los muchachos de Santa Cruz sienten, acaso como anticipándose a un proceso cuyos alcances y finalización están todavía lejos, que todo ese sector les pertenece de algún modo. "Quieren quedarse con toda la energía del país", oímos alguna vez en lo más alto de la Unión Industrial Argentina (UIA).
¿Hasta dónde llega la libertad operativa empresaria en la Argentina? En agosto de 2007 Edenor tuvo que aclarar a los periodistas un conflicto menor, pero acaso ilustrativo del tema que nos ocupa. Nadie podía quitarle de la cabeza a Alberto Devoto, ex secretario de Energía de Eduardo Duhalde, que su contrato de consultoría con Edenor para la revisión tarifaria integral se había terminado por razones profesionales,absolutamente distantes de una crítica nota que el analista había escrito en el diario LA NACION. Devoto, hombre del ex ministro Roberto Lavagna, decía en el texto que el Gobierno ya no podía echarle la culpa de la crisis energética al pasado. Edenor dijo después que el contrato de Devoto estaba tercerizado, que el vínculo con la compañía se había dado a través de una consultora, y que la decisión no había tenido nada que ver con el Gobierno.
-Esto no tiene gollete -se exasperaron en aquellos días, cuando consultamos sobre la discusión, en la empresa de Marcelo Mindlin-. Este tipo es un perseguido.
En realidad, cierto o no, algún antecedente había. Veamos por qué Juan Llach, uno de los intelectuales más serios y respetados que tiene la Argentina, tuvo que abandonar su cargo de director independiente en Autopistas del Sol, controlada por el grupo español Abertis, después de opiniones económicas publicadas en los diarios. El requerimiento oficial no había sido esta vez de De Vido, sino de Uberti.
¿Cómo explicarle a un académico respetuoso de las instituciones, un hombre siempre valorado también por sus calidades humanas como Llach, que no podía seguir en el cargo de una multinacional por el antojo de un secretario de Estado sobre el que ya circulaban sospechas de todo tipo?
El ingeniero Luis Freixas, presidente de Autopistas del Sol, eligió el restaurante La Rosa Negra, en San Isidro, para explicarle la novedad a Llach. Pero los astros no estaban ese mediodía del lado de Freixas: en el mismo restaurante, mesas más allá, comía también Uberti, que conocía sólo de nombre a Llach y se acercó inocentemente a saludar. Freixas los presentó.
-Cómo te va. Juan José Llach, Claudio Uberti...
La cara de Uberti se transfiguró. Inmóvil, casi ni miró a Llach, hizo un gesto de disgusto y se fue.
Uberti era un soldado que se había ganado un lugar en las primeras filas kirchneristas ya desde los tiempos de Santa Cruz. "Por acá, ese piojoso ya andaba con chofer", soltó un empresario de Río Gallegos. Uberti respondía a DeVido, pero también reportaba directamente a Kirchner.
No fue la única controversia que tuvieron Freixas y Uberti. Hubo otra mucho más cruda el día en que el grupo Abertis se disponía, como lo indicaba un acta acuerdo firmada seis meses antes con el gobierno argentino, a aumentar las tarifas de los peajes.
Una semana antes de que el incremento se concretara automáticamente, tal lo pactado, Uberti preguntó en Autopistas del Sol si tenían pensado hacerlo. Las empresas de todo el mundo están acostumbradas a no consultar pasos que ya fueron acordados. Error: en la patria kirchnerista, nadie sabe hasta un minuto antes las disposiciones del poder central.
-Sí, vamos a aumentar las tarifas porque eso es lo convenido -le contestaron a Uberti en el concesionario.
El pasajero de los vuelos venezolanos era en realidad un sumiso ejecutor. Pero, hasta el episodio de la valija maldita, siempre se encargó de enrostrar su poder operativo y sus vínculos a todos sus contactos. Y no precisamente con la humildad de San Francisco de Asís.
Uberti les dijo entonces que preguntaran otra vez en Madrid, en la casa matriz, si realmente estaban dispuestos a aplicar el aumento, justo en momentos en que las tapas de los diarios, acaso el primer desvelo kirchnerista, empezaban a instalar el tema de la inflación. La respuesta española volvió a ser sí.
No fue agradable el fin de semana siguiente para Autopistas del Sol. Recibió un ejército de inspectores que husmearon absolutamente todas las instalaciones y movimientos de la compañía. Resultado: setenta multas que sumaban más de un millón de pesos por diferentes infracciones. Todo en unas pocas horas.
Desde el Órgano de Control de Concesiones Viales (Occovi) que conducía Uberti se comunicaron con Autopistas del Sol. "La próxima empezamos con vos", le advirtieron al negociador argentino. El grupo Abertis decidió entonces postergar el aumento. [...]
Parte de la cosmovisión kirchnerista sobre el universo empresario privado fue intuida, mucho antes que nadie, por Roberto Lavagna. El ex ministro de Economía se lo había anticipado en persona, ya fuera del gobierno, a Juan Carlos Blumberg en una conversación privada en el invierno de 2006. Lavagna empezaba a ilusionarse con ser candidato a presidente y, esa mañana, durante una charla que duró cerca de dos horas, profetizó ante el padre de Axel:
-El Gobierno quiere morder en todas las privatizadas. Por eso las desgasta.
Sólo un año después, la administración de Kirchner tenía ya participación o directo control en Aeropuertos Argentina 2000, Aerolíneas Argentinas, Transener, el CorreoArgentino, los ramales de trenes San Martín, Roca y Belgrano Cargas, Thales Spectrum y AySA. .
