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Guayaquil: la regenerada

Alguna vez fue una ciudad fea, gris y peligrosa. Pero ahora se convirtió en un atractivo turístico. Tiene tres millones de habitantes, y su alcalde, Jaime Nebot, es opositor del gobierno central de Ecuador y está empecinado en que todo lleve su marca: la regeneración. LNR estuvo allí y lo cuenta en esta nota

Domingo 02 de diciembre de 2007

La del Guayas. La de la vera del río. La de casi la mar. La que fue fea. La que fue gris. La que fue peligrosa. El puerto estratégico, la ciudad en el ojo del saqueo del pirata – Cavendish en el siglo XVI, L’Heremite Clerk en el XVII, y muchos antes, y muchos después–, la incenciada de incendio natural en 1895 hasta los huesos. La que tuvo barriadas –dicen– como vórtices oscuros donde se juntaban –dicen– los robos, las miserias. La que tuvo kilómetros de vendedores callejeros.

La que ahora ya no tiene, de eso, nada. La que tiene, en cambio, una altísima proporción de malls por cabeza. La que devino ciudad de turismo. La que tiene tres millones de habitantes gobernados por un alcalde conservador enfrentado con el gobierno central, de tendencia opuesta. Un hombre que está empeñado en dejar, allí donde gobierna, su marca.

La marca se llama “regeneración”.

La ciudad se llama Guayaquil.

El alcalde se llama Jaime Nebot.

Fundada en las faldas del cerro Santa Ana en 1547, lugar de encuentro de San Martín y Bolívar en 1822, Guayaquil, capital de la provincia de Guayas, se proclama la primera ciudad de Ecuador en cantidad de habitantes y principal puerto del país: por allí entra el 83 por ciento de todo lo que entra y sale el 70 por ciento de todo lo que sale.

Guayaquil le ha dado al país algunos presidentes. Entre ellos, Abdalá Bucaram, apodado El Loco, y León Febres Cordero, presidente entre 1984 y 1988 y líder del derechista Partido Social Cristiano. La presidencia de Febres Cordero tuvo algunos logros. En 1985, la organización armada de izquierda Alfaro Vive secuestró al banquero guayaquileño Nahim Isaías Barquet. El operativo de rescate terminó con los secuestadores y la víctima muertos, la lucha contra el terrorismo se convirtió en política de Estado, y el de Febres Cordero devino el gobierno democrático con mayor cantidad de denuncias por atropellos contra los derechos humanos. Pero eso no fue obstáculo para que más tarde, desde 1992 y hasta el año 2000, fuera elegido y vuelto a elegir alcalde de Guayaquil, la ciudad que lo vio nacer. Y antes, mientras Febres Cordero gobernaba la república, la provincia de Guayas era gobernada por uno de sus discípulos. Un hombre que, se decía, era “el hijo que Febres Cordero nunca tuvo”. El hombre es Jaime Nebot Saadi, pero firma Jaime Nebot, y firma mucho. Tanto, que la ciudad de Guayaquil lleva su firma al pie.

Regeneración llegó

Hasta los años noventa, en Guayaquil, los servicios públicos eran escasos: había menos de un metro cuadrado de áreas verdes por habitante, el tránsito era un pegote y el centro histórico, un sitio vaciado de pobladores. O todo eso asegura el sitio oficial de la Municipalidad de Guayaquil. Después, se hizo la luz: Jaime Nebot bajó sobre esas calles desventradas y esparció la “Regeneración”.

La susodicha se anuncia como una herramienta por medio de la cual “se están recuperando amplias zonas del área central”. Algunos dicen que para mejor, otros que para peor, otros que para todo eso junto. A la ONU, la Regeneración le pareció muy bien, y premió a la ciudad como ejemplo de soluciones urbanas en 2004. Al jefe de gobierno electo de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, también le pareció muy bien: en agosto anunció que emprendería una serie de viajes para tomar ideas exitosas de diversas ciudades del mundo y que una de ellas sería Guayaquil, por “los excelentes resultados del plan encarado por el municipio para limpiar el contaminado río Guayas e intervenir sobre el abandonado malecón hasta convertirlos en un paseo”.

Según el propio municipio, la Regeneración ha “realizado mejoras extraordinarias (...) que han contribuido a la revalorización de todos los inmuebles colindantes”. La Regeneración ha pasado por el centro y la zona bancaria, por el cerro Santa Ana y el malecón Simón Bolívar, dejando a su paso una estela de farolas, patios de comidas, porcelanato y monumentos de hormigón. Los fondos para su ejecución provienen de los ciudadanos, que voluntariamente pueden desviar el 25% del monto que pagan en impuestos a un fondo destinado con ese fin, administrado por fundaciones privadas formadas para la ocasión: la Fundación Malecón 2000 (que tiene como finalidad “la planificación, desarrollo, construcción, administración, financiación y mantenimiento del Malecón 2000 y de otras áreas de Guayaquil”), y la Fundación Siglo XXI, que se encarga más o menos de lo mismo, pero en sitios como el cerro Santa Ana. La Regeneración también abarca planes como Más Salud, Más Seguridad, Más Alimentación y Mucho Lote. Todo sumado a la construcción de un aeropuerto internacional, una terminal de ómnibus de última generación, el ordenamiento del tránsito y la renovación de la red de transporte urbano a través de la implementación de una metrovía, hacen que hoy la ciudad sea promocionada como reina del turismo, del shopping y de la modernidad.

No todos piensan lo mismo.

Ciudad o ciudadanía

El tráfico fluye en Guayaquil. Son las cinco de la tarde de un día laboral, y no hay atascos ni tumultos. Los vagones de la Metrovía recorren silentes la avenida Boyacá y se dice que, en parte, el tránsito ordenado se debe a este dragón suave que atraviesa, cada vez más rápido. Pero la ira de los descontentos dice también que, por donde pasa, la Metrovía deja un rastro de comercios muertos, que ya no ven pasar frente a sus puertas una maraña de peatones, sino ese rayo impío. Xavier Andrade es antropólogo y profesor asociado de Flacso Ecuador.

–El simulacro es la clave de la regeneración urbana. La parte relacional de Guayaquil ha muerto. Lo positivo es que el turismo se ha desarrollado –dice Andrade–. Antes Guayaquil era la puerta de entrada a las Galápagos, pero a nadie se le ocurría pasar más de una noche aquí. Ahora ves turistas por todas partes. Pero ha sido a costa de crear un tipo de ciudadanía que no disfruta del espacio público. De todos modos, la gente celebra la nueva imagen. El alcalde articuló eso con el incremento del orgullo por la ciudad. Pero no se construye ciudadanía. Se construyen visitantes.

Por la avenida que recibe a quienes llegan desde el aeropuerto, afiches con la cara de Nebot advierten: “Lo que es con Guayaquil, es conmigo”.

Los vendedores

–Estamos jodidos. El gobierno corrió a todo el mundo de acá y los llevó a unos mercados bajo techo que quedan lejos, donde la gente no está habituada a ir, y donde no venden nada. Pero acá el alcalde no quiere esos mercados, porque vienen turistas, y quieren que esto sea para puros turistas y pelucones.

Pelucón se llama en Ecuador a eso que en Buenos Aires se menta concheto, y aquí lo pelucón es motivo de orgullo: muchos autos llevan calcomanías que aúllan, sobre la bandera de Guayaquil, la frase “100% pelucón”. Los pelucones son parte importante del electorado del alcalde Nebot.

Uno de los puntos importantes de la Regeneración fue ordenar la venta callejera, y el orden consistió, sobre todo, en quitar a los vendedores de esas áreas –turísticas– y reinstalarlos en mercados cubiertos donde tienen derecho a un puesto, baños y seguridad. Muchos se quejan: para conseguir lo que antes se obtenía en cuatro cuadras a la redonda –zapatillas, zapallos, juguetes, ajo, pollos, huevos–, ahora hay que recorrer cuatro mercados diferentes, y pocos compradores se toman el trabajo.

–A los que venden alimentos les tienen prohibido venir por aquí. No quieren que ensucien, que se vea comida botada.

Al otro lado de la calle está la joya de la corona: el Malecón 2000.

La modernidad

El Malecón 2000, que bordea el río Guayas, alza sus rejas a lo largo de tres kilómetros en los que se desgranan monumentos, el muelle del barco Pirata Morgan, juegos infantiles, McDonalds, jardines, más locales de comidas y más juegos infantiles y más jardines y canteros, laguitos, senderos que se bifurcan, todo embutido en esa modernidad un poco fatigada que imita a, digamos, Calatrava. Un gran cartel advierte que el Malecón se reserva el derecho de admisión y permanencia y que tiene un horario de atención de 7 a 24. El área, aunque es pública, está bajo supervisión de la fundación Malecón 2000, y la seguridad corre por cuenta de guardias privados que aplican, a su vez, ordenanzas municipales que prohíben, a su vez, tener conductas reñidas con la moral y entrar con mascotas cuyo cumplimiento, a su vez, produce como resultado un ruido dominador y común: el de los silbatos. Un señor y su hijo juegan a la pelota, y un guardia sopla un silbato. Una señora entra con un loro, y un guardia sopla un silbato. Un nene se arrodilla junto a un lago artificial y hace olas, y un guardia vuelve a soplar.

Ramón Sonnenholzner, dueño de Radio Tropicana, dice que algunas cosas cambiaron en su vida después de la Regeneración.

–Mi relación entre la ría, la luna y mi alma en el Malecón fue cortada por un señor que me recuerda que no debo poner mi pie descalzo sobre la baranda. Pero, claro, luego están las masas populares, que descubren como mágicos estos espacios y que, aunque limitados por la autoridad, que se reserva el derecho de admisión, tienen acceso a este mundo de hormigón. Creo que se ha sobredimensionado el logro estético y se ha olvidado el desarrollo humano, sanitario. Esta obra no hará ni de Febres Cordero ni de Nebot seres tan históricos como ellos aspiran. Su nombre morirá a la velocidad de la depreciación del hormigón y el acero.

Sea como fuere, los planes son extremos. Pronto, en Guayaquil, no quedará más que tierra regenerada.

Los planes de viviendas

Bastión Popular es uno de los barrios humildes. Allí viven 75.000 personas sin regenerar en 300 hectáreas sin servicios de agua ni luz ni calles de asfalto. Frente a Bastión Popular se desarrolla el plan de viviendas Mucho Lote, casas a bajo costo que tienen todo eso: agua, luz, calles de asfalto. Es un mediodía de pleno invierno: 34 grados, y el sol se arroja sobre los techos de chapa de casas que se amontonan sin separación ni pequeño jardín ni medianera que separe sus 56 metros cuadrados de cemento, y eso incluye el rectángulo al fondo en el que se lava la ropa. No hay, en todo el barrio, un solo árbol.

–Al principio teníamos guardia, pero ahora no –dice una mujer desde detrás de las rejas de su casa recién comprada–.Cuando uno compró esto dijeron que íbamos a tener escuelas, parque, plaza, y guardias. Y no tenemos nada. Pero tenemos agua, cloaca, luz.

A pocas cuadras, el conglomerado Villa España ofrece viviendas para la clase media: regalan asfixia de la buena a cambio de 22.000 dólares en cuotas desde 89. Los carteles aseguran: “Tus hijos juegan en cancha de césped sintético”, y cuesta entender que hablan de una ventaja. Las barriadas de Villa España se llaman Madrid, Mallorca, Barcelona, Sevilla, Valencia y Málaga, pero ni así llegan a los talones de las mansiones de Samborondón. Allí, kilómetros de barrios cerrados –Isla Sol, Las Riberas o Laguna Dorada– dejan en claro que la miseria disfrazada de cemento no es riqueza.

Por culpa de Samborondón hay quienes llaman, a Guayaquil, Guayami. Y hay quienes dicen que, cuando Guayami sea como Samborondón –cámaras que vigilan, visitantes que deben pedir permiso, esa moral, esas costumbres–, la Regeneración habrá triunfado.

El cerro Santa Ana se ve desde lejos: casas pintadas de rosa pastel y verde agua, colores que a lo largo y a lo ancho de barrios históricos de toda Latinoamérica intentan descafeinar, decir que allí viven unos seres angélicos y felices que siempre fueron angélicos y felices, porque, ¿qué cosa mala puede suceder en unas casas pintadas de rosa rococó?

–Esto era un paraíso, pero ahora, con los bares y restaurantes con música a toda hora, ya no se puede dormir –dice Klaus.

Klaus es alemán y vive en una casa trepada al lomo de un cerro en la que hasta ayer nomás podía hacer dos cosas: dormir y mirar el río. Ya no duerme, por los bares, y no ve el río, porque le montaron frente al balcón un bruto edificio que se venderá a varios miles.

Más allá, en el puerto Santa Ana, la antigua Cervecería Nacional es ahora un edificio de metal y vidrio sellado pintado de amarillo.

–Muchos de estos proyectos urbanísticos recrean un pasado con poco rigor –dice Tina Zerega, del Departamento de Investigación en Comunicación y Cultura de la Universidad Casa Grande–. “Reconstruyen” edificios que “dizque” existieron o fueron patrimonio, cuando en realidad no fue así. Las encuestas prueban que la mayoría de las personas parecen estar más contentas con la ciudad. No por eso dejo de ser crítica. Los ciudadanos hemos convertido la ciudad en una vitrina a la que hay que observar, pero de la que no podemos apropiarnos.

Pero es cerro arriba donde el paisaje se pone, digamos, expresivo. Arriba están las fotos: sobre las puertas de las casas, como sellos en la frente, cubiertas por un acrílico, las fotos muestran, sobre cada casa Regenerada, cómo era antes: el balcón cayéndose, la puerta rota. La marca: que nadie olvide en qué clase de pocilga usted vivía, señor, señora mía. Cada foto lleva una firma. La misma que llevan –pero grabada a fuego, forjada en hierro– los postes de luz. Jaime Nebot. Alcalde.

Zona no regenerada

–No pasen que los van a robar –dice la mujer.

La mujer se llama Elizabeth, y su casa está a metros de un portón de rejas. El portón está abierto, pero queda claro que divide alguna cosa porque ahí, del otro lado, las casas no son color pastel, y por las calles corren líquidos viscosos y los cielos están raídos por jirones de alambre y ropa tendida. De este lado del portón, en cambio –del lado regenerado de las cosas–, la gente no puede tender ropa, ni dejar mascotas sueltas, ni salir con el torso desnudo. Hay ordenanzas que lo reglan: “A fin de conservar la calidad de imagen del área de intervención del Plan de Regeneración del Cerro Santa Ana les está prohibido lo siguiente: Tender ropa en los balcones y ventanas (...). Mantenerse o deambular con vestimentas que atenten al decoro y las buenas costumbres en las áreas públicas (...). Desarrollar cualquier actividad recreativa, artística o cultural en las plazas del sector sin obtener autorización (...)”. Elizabeth no ve la hora de no poder hacer todas esas cosas: de que la regeneren.

–Porque es un avance. Le dan el agua, le dan seguridad. Pero usted no se puede poner a tomar trago ni a gritar con su marido, porque ya le viene la guardia.

Hay otros portones por el cerro. Esos sí: cerrados con cadena y con candado y a los que, se supone, nadie debería –ni tiene por qué– acercarse.

La voz del guardia llega despacio, por detrás.

–Qué está buscando.

–¿Esto lo cierran todo el día?

–No. A las tres de la mañana se cierra, y se abre a las seis. Pero siempre hay un guardia por si alguien tiene que salir. Pero es por ahora, porque como es aquí, va a ser allá.

–¿Y cómo es aquí?

–Hay orden. Si los vecinos se pelean uno tiene que hablar con ellos. No se puede salir sin camisa, con el torso desnudo, ni las mujeres de forma muy llamativa.

–¿Pero el candado...?

–Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada.

El guardia se llama Leonardo, tiene modos suaves y se ve convencido de ser una fuerza del bien.

El alcalde

Nebot fue elegido alcalde por primera vez para el período 2000-2004, y reelegido para el período 2004-2008 con el 70% de los votos. Hoy, según encuestas, tiene un 95% de aceptación. Detrás de ese triunfo arrasador hay un hombre, Jaime Durán Barba, artífice de la campaña de Mauricio Macri. El diario Perfil, con fecha 1° de julio, publicó una entrevista, de varias páginas, a Durán Barba. Realizada por el propio Jorge Fontevecchia, director de Perfil, la entrevista lo presentaba como “el artífice del triunfo de Macri-Michetti. Algunos políticos y la mayoría de los publicistas –sus competidores– lo acusan de chanta. Para muchos otros es el mayor gurú de la política hispanoamericana. Lo que es indudable es que se trata de una de las personas intelectualmente más formadas de la política”.

El despacho del alcalde es beige. Las paredes están patinadas de dorado. El piso es de porcelanato. Sobre su escritorio hay varias cosas, pero ni teléfono ni computadora.

–Me aprovecho de la tecnología, pero no la uso. Me gusta pensar y decidir las cosas tranquilo, y ésas ya son costumbres viejas que no voy a cambiar.

El alcalde usa guayabera blanca, muy impoluta. Parece un hombre habituado a decir lo que quiere: a no escuchar muchas preguntas.

–La ciudad hizo crisis en 1992.

–Cuando estaba Febres Cordero, que...

–Aquí había basureros abiertos con gallinazos, el comercio ambulante había tomado la calle, y había una vergüenza de pertenecer a la ciudad. Lo que hicimos fue restauración, y recreación.

–¿Y por qué...?

–Restauración se hizo solamente en el cerro Santa Ana. El resto es una recreación de distintos estilos de un costumbrismo histórico asimilado. Recreamos la ciudad, instalando el modernismo y la tecnología. Un proceso de regeneración urbana que es el más grande y el más rápidamente ejecutado de América. Y es un proyecto muy bonito porque somos los primeros empleadores de la ciudad. Usted le da trabajo al albañil, al pintor, al carpintero. Y también porque cambian para bien las costumbres de la gente. El cerro Santa Ana, el malecón, eran zonas rojas.

–Hay ordenanzas municipales que limitan las formas de comportamiento.

–Ah, por supuesto. Y eso nos permitió convertir a Guayaquil en un destino turístico. Hoy somos la primera ciudad turística de Ecuador. El turismo es un dinamizador de la economía.

–¿Por qué decidió restaurar algunas cosas, y remodelar otras?

–Porque no había qué restaurar.

–¿Y la fábrica de cerveza?

–Lo que hoy hemos hecho en el Santa Ana es parecido a lo que ustedes hicieron en Puerto Madero. Ustedes lo hicieron con un puerto abandonado; nosotros lo hicimos con una fábrica de cerveza vieja que había ahí.

–Pero no aprovecharon el edificio.

–Sí, claro que sí. Y lo reciclamos totalmente. En el cerro Santa Ana eran casas de caña, unos tugurios. Se restauró lo que se podía restaurar. Lo demás era irrestaurable y hubo que recrearlo. Y el efecto ha sido fantástico porque la ciudad hoy tiene alto grado de autoestima.

–Algunos vendedores ambulantes dicen que donde los llevaron no venden nada.

–Todo proceso de cambio tiene una resistencia. A nosotros, ese ordenamiento nos trajo el turismo. En las encuestas tengo entre 90 y 97% de aprobación. Debo de tener algunas críticas, pero no muchas. Algunas dicen que soy muy autoritario. Obviamente, la señora que viene de otro sitio a ver cómo puede ganarse la vida en Guayaquil, y pone un fogón en una esquina para vender su comida, y usted le dice que el fogón no lo puede tener en la calle y no le entiende a la primera vez, a la segunda, a la tercera, hay que llevarse el fogón, y a la cuarta al fogón y a la señora. Y seguro que no le gusta.

–¿Por qué tienen puertas con rejas y candados en el cerro Santa Ana?

–Sí, las vamos ampliando cada vez más. Pero las puertas son transitables. Para todo el mundo.

–¿Para qué las pusieron?

–Para demarcar. Le dimos una forma estética a demarcar. Nunca están cerradas. El turista puede ir al callejón y ver que termina allí, pero no es que el que está al otro lado no puede pasar.

–No las cierran con candados...

–Con nada.

–Muchos dicen que lo que usted hace es maquillaje.

–Esas son tonterías. Mire estas fotos.

El alcalde saca un libro –Guayaquil, La regeneración urbana– y pasa páginas de fotos y muestra que así era antes, que así es después. El antes es una foto chiquita y cochambrosa, y el después es aplastante, grande y luminoso.

–Mire. Esto se caía al suelo. Esto era un fumadero de marihuana, un expendio de droga. Y hoy son sitios turísticos. Mire.

–¿Pero no hay cosas que forman parte de la personalidad de una ciudad?

–Esto no es personalidad. Esto es Calcuta. Eso es algo que he hablado con un viejo amigo mío, que es el nuevo intendente de ustedes, Mauricio Macri. El ha estado acá un par de veces.

–¿De qué habla con Macri?

–De educación. Nosotros entregamos libros gratuitos a los niños. Y eso que nadie nos obliga porque es responsabilidad del gobierno, y con el gobierno no tenemos la mejor relación. Acá el Estado no hizo nada en décadas. Acá lo que esperamos del Estado es que no nos moleste.

Jaime Nebot ya no es el hijo que Febres Cordero siempre quiso tener, y por cuestiones políticas están distanciados. Pero al otro lado de este despacho está el Salón Ciudad, y en el Salón Ciudad hay una cúpula, y en esa cúpula hay un fresco: una pintura en tonos pastel que recuerda la Creación: desde un ángulo, Febres Cordero contempla; desde el otro, Jaime Nebot extiende la mano que sostiene un papiro que reza Más ciudad.

–Ah. Sí. Ese fresco. Me lo regalaron.

Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar las intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada.

Por Leila Guerriero lguerriero@lanacion.com.ar

Para saber más: www.experimentosculturales.com/full-dollar/home.htmlwww.guayaquil.gov.echttp://riorevuelto.blogspot.com/2006/04/reflexin-y-resistencia-dilogos-del.html

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