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Generación patera

En su mayoría son jóvenes que no pasan de los 25 años, provenientes de los países del Africa subsahariana. Un periodista estuvo en la zona y pudo entrevistar a algunos de los que una y otra vez suben a embarcaciones precarias (pateras) y arriesgan su vida en el intento de cruzar a Europa. ¿Qué buscan? Un trabajo, una casa, un destino...

Domingo 09 de diciembre de 2007

Ahmed, 27 años, desempleado, tuvo el infortunio de haber nacido en Marruecos, en el noroeste de Africa (aunque los magrebíes no se consideren africanos, ya que el gentilicio continental sólo cabe a los negros, según dicen allí). Sin embargo, la desgracia que él siente es la más aventajada de todo el continente. Alá, su Dios, le dio vida en la ciudad costera de Tarfaya, en el inicio del desierto del Sahara, a noventa kilómetros de Fuerteventura, la isla del archipiélago de las Canarias más cercana a Africa. Noventa kilómetros de agua y sal que conducen al mundo de las mujeres bellas sin velo musulmán, del libertinaje sexual, de los futbolistas famosos y otros atractivos de la sociedad del capital que la antena parabólica ha vendido con un éxito rotundo al resto del mundo. ¡Sólo noventa kilómetros de donde, supuestamente, hay trabajo remunerado en euros para todos! Noventa kilómetros que separan al planeta rico del planeta pobre.

Los relatos falseados de algunos familiares y amigos de Ahmed que ya se han radicado en las islas Canarias o en la España peninsular acaban de modelar una Europa perfecta en su cajón de los deseos. A lo que se debe añadir el aburrimiento que soporta tras años sin trabajar por voluntad propia dado que, en Marruecos, los jóvenes pueden conseguir empleos poco calificados, pero éstos son muy mal pagos: entre 30 y 100 dólares mensuales por jornadas laborales de hasta 14 horas. Así lleva mucho tiempo Ahmed, sin nada qué hacer: es éste el principal motivo que lo ha llevado a tomar la decisión de subir a una patera, una embarcación de madera que se fabrica específicamente para la inmigración clandestina. Alimento no ha faltado jamás en su mesa.

“En Tarfaya, todos los jóvenes tienen quinientos euros bien preparaditos debajo del colchón para cuando se presente la posibilidad y ¡zas! subir a una patera a medianoche”, cuenta Ahmed. El 28 de agosto de 1994 partió desde Tarfaya hacia las islas Canarias la primera embarcación con inmigrantes clandestinos. Se trataba de dos saharauis que arribaron a la isla de Fuerteventura. Desde esa fecha, más de 70.000 inmigrantes llegaron al archipiélago canario. Poco menos de la mitad se registró en un solo año, en 2006. “Si el viento y la marea son favorables y el motor está en condiciones, en cuatro horas se pueden alcanzar las costas españolas”, recuerda Ahmed. En Tarfaya cohabitan de una manera pacífica y cómplice los gendarmes del ejército marroquí y los clanes familiares, o “mafias” –según la prensa europea–, de las pateras. Por unos 500 euros, los uniformados son capaces de hacerse los dormidos de madrugada en las costas contiguas a Tarfaya, cuando las pateras abarrotadas de gente sin papeles (en un primer momento por marroquíes, luego por subsaharianos: senegaleses, ghaneses y guineanos, entre otros) parten hacia un mundo mejor.

Las pateras se construyen en la ciudad de Tan-Tan o Ifni, 200 kilómetros al norte de Tarfaya, donde aún no hay pesquisas policiales, o las embarcaciones se roban del mismo puerto de Tarfaya. Apuesta arriesgada esta última, puesto que ya hay más vigilancia que hace unos años. Ibrahim es el guardia nocturno del puerto, y cuenta que una noche que se quedó dormido (anestesiado por un whisky de marca y tabaco fuerte esnifado, reconoce), desaparecieron dos lanchas de pescadores que también se utilizan como pateras. La embarcación construida con madera de cedro y pintada de verde cuesta 600 euros y el motor, como mínimo, otros 2000 euros.

Generación riesgo

En enero de 2002, Ahmed fue contratado por el patrón de una patera. Era su gran posibilidad. Tenía que llevar el barco hasta la costa de la isla de Fuerteventura y, al regresar, lo aguardarían unos tentadores 1500 euros, lo que equivale al ingreso anual de un ciudadano medio en Tarfaya. Ahmed aceptó. Conocedor de la ruta y de las mareas de la zona, no tuvo mayores problemas para alcanzar el más allá. Su idea era, una vez en la isla, abandonar la lancha y lanzarse a correr en busca de una nueva vida. No volvió a Tarfaya ni tampoco pudo llegar al Edén: una patrulla de la Protección Civil española interceptó la patera a pocos kilómetros de la costa. Ahmed fue identificado fácilmente como uno de los conductores de la embarcación. Llevaba teléfono celular y su tez, mucho más clara que la de los 28 senegaleses que transportaba, lo delató. Por fin pudo ver a sus ídolos del Fútbol Club Barcelona desde más cerca, el Penitenciario de Valladolid. Lo condenaron a cuatro años de prisión por tráfico ilícito de seres humanos. A los negros, en pocos días, los enviaron de nuevo a casa. Durante su estancia en prisión, su sueño no se deterioró ni mucho menos. Una vez liberado en Marruecos, lo volvió a intentar, pero ya como pasajero. Fueron tres travesías de ida y vuelta. De la patera a la carpa de auxilio de la Cruz Roja en Tenerife, luego el centro de acogida de inmigrantes, donde le dieron en mano la orden de expulsión firmada por el Ministerio del Interior español. De allí al aeropuerto y, finalmente, de nuevo al desierto. “En cuanto tenga la chance, me vuelvo a subir a una patera. Sé que alguna vez lo voy a lograr...”, dice.

Historias como la de Ahmed las hay de a miles. Según un informe elaborado por la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDH-A), más de 33.000 inmigrantes fueron detenidos en las islas Canarias durante el año pasado –el triple que en 2005 y cuatro veces más que en 2004– cuando pretendían comenzar a construirse un nuevo camino. Diez mil de ellos fueron expulsados, como Ahmed, en cuestión de días. Para 2007, las autoridades españolas agilizaron los trámites de repatriación. En sólo una semana, del 13 al 20 de mayo último, 750 subsaharianos fueron trasladados en avión a sus países de origen. En algunos casos, el regreso fue traumático: el 9 de junio pasado, el nigeriano Osamuyia, de 23 años, partió del aeropuerto madrileño de Barajas en un vuelo con destino a Lagos, Nigeria. Murió de súbito en la aeronave.

Hamad, de 25 años y amigo de Ahmed, es un paradigma. Ostenta el récord de llegadas en patera a las Canarias sin haber sido nunca descubierto por los uniformados españoles: siete cruces invictos ya lleva. Tiene buenos contactos con familias propietarias de pateras en El Aiuón, la capital del Sahara Occidental, ex colonia española (región en litigio entre Marruecos y el Frente Polisario independentista del Sahara). Una llamada le basta para encontrar, en un plazo máximo de 48 horas, una patera disponible. Desde hace siete años, cada verano europeo cruza desde El Aiuón hasta las Canarias –de doce horas a tres días de travesía– para trabajar en la costa de Málaga. La patera es su medio regular de transporte a España.

–¿No te da miedo arriesgar tu vida cada año? , le pregunté.

–Conocemos bien el camino, tenemos teléfonos celulares, algunas veces GPS. No hay peligro.

Sí que lo hay. Según reveló la propia

APDH-A, 1167 inmigrantes desaparecieron o murieron mientras intentaban alcanzar las costas españolas de forma clandestina en 2006. Datos de diversas ONG, en cambio, elevan la cifra a 7000, mientras que la ONU y la Cruz Roja internacional precisan, por su parte, que fueron, en realidad, cerca de 3000. De esa fría y banalizada expresión numérica sólo se recuperaron 18 cadáveres de alta mar y las costas canarias. En el primer semestre de 2007, los cuerpos contabilizados fueron dieciséis. No son alentadores los augurios de cara al final de año. Salvo para el gobierno español: “El número de inmigrantes que llegaron a las costas españolas entre enero y junio últimos se redujo en un 70 por ciento”, informó.

La desesperación

El grado de desinformación en los países africanos acerca del peligro que acarrea esta apuesta es alarmante. La web más popular de Senegal, www.senegalaisement.com, ofrece el particular pack “Día D”. El sitio sugiere a los jóvenes de ese país que la forma más aconsejable de emigrar a Europa en patera es a través de la ruta a Canarias, ya que “el riesgo es nulo si las condiciones de seguridad son respetadas”. Este sitio, a su vez, alienta a que se formen grupos para adquirir una barca y lanzarse a las aguas, dado que “las distancias marítimas no son muy importantes”. Asimismo recomienda que jamás lleven encima documentación, ya que los “policías fascistas europeos no conocen su nacionalidad y así no pueden repatriarlos”. Una vez del otro lado, Senegalaisement se refiere a la forma de conseguir la ciudadanía europea de la forma más sencilla y rápida posible. Sabiendo que los africanos son muy cotizados sexualmente en el mundo blanco, el senegalés debe fingir amor y casarse con un europeo de edad media.

Ahora, los archipiélagos más cercanos a la costa de Marruecos están controlados a través de estaciones sensoras con radares de visión diurna y nocturna, cámaras térmicas, helicópteros y hasta pantallas a todo color para detectar las pateras. Hecha la ley, hecha la trampa. Un saharaui descubrió que lo que delataba a las pateras frente a los radares era una placa metálica del interior del motor. “Una vez que se quita esta partícula –explica un ensamblador de motores en Tan-Tan– el motor puede seguir funcionando a pocas revoluciones y la patera es invisible a las autoridades españolas.” Los cabecillas del tráfico de personas también han aprendido, a fuerza de detenciones y dinero echado al fondo del Atlántico, cuáles costas canarias, además, disponen de patrullas de Protección Civil permanentes para, así, apostar por nuevas rutas. De los 90 kilómetros que separan Taryafa de Fuerteventura, los viajes de las pateras llegan a recorrer hasta cuatro mil kilómetros, es decir, una semana o más de aventura. Son las que parten de Ghana, por ejemplo, y hacen escala en Senegal, las islas Madeira y Mauritania para, finalmente, asaltar las costas canarias desde la región de Tarfaya.

En los tres mil kilómetros de costa marroquí y del Sahara Occidental la seguridad presenta un diagnóstico muy diferente. Un vigilante de la costa del Sahara controla desde un improvisado puesto con su arcaico sistema de radar de Luis de Funes (no distingue entre una ola y una embarcación). Además, en muchas ocasiones transcurre una hora hasta que se avisa a la Marina Real marroquí cuando avista una patera. Por lo pronto, estas fuerzas de seguridad no disponen de vehículos todoterreno y algunos caminos se hacen a caballo e incluso a pie. Tampoco disponen de teléfonos celulares. Se comunican mediante walkie-talkies con baterías bajas, como se pudo comprobar en la playa de El Aiuón.

Generación soñadora

La familia de Mahmud, 32 años, saharaui de El Aiuón, administraba pateras hasta hace dos años. Es un negocio de los más rentables de la región, además de la producción de harina de pescado y la explotación del fosfato. Entre 1998 y 2005 enviaron unas setenta pateras al año, algunas con éxito, otras con varias muertos –reconocen, cabizbajos–, cuyos huesos descansan en el fondo del océano Atlántico. Cada una trasladaba una media de treinta inmigrantes subsaharianos. Por viajero se abonaban en metálico entre 1000 y 1500 euros. Para un trabajador medio de Senegal o Ghana, aquel dinero sólo puede conseguirse tras un mínimo de siete años de ahorro y supervivencia ajustada. La suma exigida para subir al barco con destino a “Europa, la vida mejor” (frase pintada en muchas pateras) variaba de acuerdo con el tiempo que el patrón tuviera para contar los billetes de francos africanos, a las dos y media de la madrugada, con el viento de la playa despeinándolo minutos antes de zarpar. La madre de la familia persuadió al padre de Mahmud para que dejara de traficar subsaharianos. Todo ello, pese a que el patrón tenía compradas a las patrullas costeras de la policía marroquí mediante botellas de whisky importado.

En Mauritania, una de las puertas del Africa negra (postal: coches destartalados, caos de tráfico, venta ambulante masiva, niños que vagan en las calles), medio millón de subsaharianos que trabajan en el mercado negro aguardan su oportunidad para lanzarse al Atlántico desde ese país, según diversas fuentes diplomáticas. Dos de ellos son Michael y Francis, ghaneses de 34 años que viven hoy en Nouadibou, en la frontera atlántica del Norte. El primero fue repatriado desde Tenerife (“He visto un lugar por donde escaparme en el centro de detención; la próxima vez la haré”, asegura), luego de haber sido asistido de urgencia por la Cruz Roja. No es para menos: había estado ocho días en un cayuco. Partió de Ghana y recorrió unos cuatro mil kilómetros hasta las Canarias, siempre siguiendo la costa de los países del equinoccio. La embarcación transportaba sesenta ghaneses y marfileños, más dos toneladas de combustible. Protección Civil española los sorprendió cuando ya estaban pataleando a toda velocidad a metros de la orilla de la playa de La Gomera, en Tenerife.

Michael cumplió el sueño: vivió tres años en Amsterdam. Por meterse en una riña relacionada con el tráfico de cocaína fue detenido y expulsado de Holanda. Había viajado en patera a Fuerteventura y desde allí, con sus ahorros, los de su prima y los de su vecino, fue infiltrándose de puerto en puerto hasta los Países Bajos. ¿Qué balance hizo de su experiencia en Europa? “Bueno, es difícil. Sin papeles tienes que trabajar mucho y no cobras igual que los europeos. El jefe te puede echar a la calle cuando le dé la gana; no tienes ningún derecho. Y en invierno hace mucho frío”. Algunos subsaharianos han estado hasta siete años de idas y venidas entre Africa y Europa. Siete años hasta alcanzar la meta. O la muerte.

Generación lágrimas

Rashid y Kareem, senegaleses de 16 y 17 años respectivamente, llevan meses a la deriva junto a otros treinta niños de su país en el Sahara. Partieron de Dakar, la capital de Senegal, en julio de 2006, en una embarcación con destino a la isla de Lanzarote. El cayuco bordeó la costa, alcanzó Mauritania y hasta cruzó al Sahara Occidental. Llevaban tres días sobre las aguas, con muy poco alimento a disposición, cuando el motor dejó de funcionar. Estuvieron dos días a la espera de auxilio. Tuvieron la fortuna de haberse parado a sólo seis kilómetros de Ad-Dakhla (Cabo Cisneros durante la colonia española). La policía costera los remolcó hasta la orilla y, posteriormente, los pobres senegaleses fueron encerrados con candado en una cancha de fútbol abandonada. Unos duermen en la platea, otros en la tribuna popular. Las autoridades marroquíes negociaron con Senegal la repatriación de estos jóvenes. Ni un gobierno ni el otro quiso costear los traslados aéreos. Quién sabe, aún están allí, maltratados, faltos de ropa y alimentándose como mendigos. Rashid no habla con su madre desde que salió de casa y Kareem perdió en la aventura a su hermana Fátima, de 19 años. Una noche de lluvia y vientos intensos, la piragua volcó. Ella no sabía nadar. El tampoco, pero aun así se sostuvo con toda su fuerza a una soga que salía de la barca y nunca la soltó. A la hermana no pudo ni sepultarla.

El drama parece no tener fin. El 11 de junio último, una mujer senegalesa abortó en plena patera camino a Fuerteventura. El feto tuvo que ser tirado por la borda por dos compatriotas.

¿Cómo se explica este masivo éxodo desde el Africa subsahariana? Primero cabe mencionar que las sequías en el interior del Sahel (Malí, Níger, Burkina Faso) y el monopolio que sustentan las empresas extranjeras respecto a las licencias de pesca en los países costeros (desde Senegal hasta Ghana) amputaron en los últimos años las oportunidades de trabajo para los jóvenes de la región. Por otra parte, los intermitentes conflictos armados en el sur de Senegal, Guinea –Conakry–, Sierra Leona, Liberia y Costa de Marfil también han colaborado con un constante empobrecimiento de sus economías. Un informe de Iñigo Moré, analista español especializado en economía internacional, indica que en 1980, el PBI medio de los países más ricos del Africa occidental era ocho veces superior al de las Canarias. En la actualidad, el archipiélago iguala a la quinta economía africana y es tan sólo superado por Sudáfrica, Argelia, Nigeria y Marruecos.

Una vez llegados al presunto paraíso, el destino de la mayoría de los bienaventurados se ramifica así: recolectores en los campos de cultivos de Andalucía y Extremadura (11 horas más extras por día; 700 euros al mes, sin contrato); vendedores ambulantes de música y películas en DVD, anteojos de sol y telas traídas del Africa añorada –escapan sin cesar de la policía en Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla–; mujeres que deben entregar su sexualidad a mafiosos que controlan casinos y todo tipo de establecimientos de ocio nocturno (1200 euros al mes). Los más afortunados son los que llegan a conseguir “los papeles”: 12 horas como peones de construcción, feriados inclusive, 800 euros mensuales.

Simon, 34 años, es originario de Sierra Leona, el país con el peor índice de desarrollo humano en el mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), así como una nación rica en minerales y frutas, pero arrasada y saqueada por las guerrillas, las empresas multinacionales, la corrupción y el paludismo. Simon duerme en la estación de subte Ciutadella-Villa Olímpica de Barcelona. Viste un traje en mal estado y no pide limosna. “Mire, aquí soy ignorado completamente –cuenta–, no tengo ni a mi familia ni a mis amigos. Nadie me da trabajo porque no tengo papeles. ¡Estoy peor que en Africa! Allí, en Monrovia (la capital de Sierra Leona), lo compartíamos todo. En Europa me voy a morir de hambre.”

Por Diego Gueler

revista@lanacion.com.ar

La otra frontera de la muerte

De acuerdo con estimaciones de diversos organismos, una media de 2000 subsaharianos acampan desde mediados de 2006 en campos y bosques de la zona comprendida entre Melilla (jurisdicción española) y Oujda, en el nordeste de Marruecos. Esperan su chance para saltar la valla limítrofe o subir a una patera para alcanzar la costa andaluza, las Baleares u otras islas del Mediterráneo (Cerdeña, Ajaccio, Sicilia). En octubre y noviembre de 2005, una aluvión de inmigrantes pretendió traspasar los enrejados que separan Melilla del territorio marroquí. Hubo disparos de la policía de Marruecos, corridas y hasta subsaharianos muertos. Todo quedó grabado por cámaras de seguridad y en pocas horas se armó un revuelo entre Madrid y Rabat.

Para saber más:

www.undp.org.ec/publicaciones/IAR06_SP.pdf

www.gefweb.org/Outreach/outreach-Publications/Project_factsheet/Africa-buil-4-cc-undp-spa.pdf

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