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De Chávez a Kirchner: vidas paralelas

Mariano Grondona

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LA NACION
Domingo 09 de diciembre de 2007

El escritor griego Plutarco (46-119) escribió en el siglo II de nuestra era Vidas paralelas , un largo ensayo en el que comparó grandes figuras griegas con grandes figuras romanas (por ejemplo, Alejandro Magno con Julio César, o Demóstenes con Cicerón). "Conocer" implica "comparar": no sabríamos que un hombre es alto si no hubiera bajos o que una mujer es rubia si no hubiera morochas. Por eso, el método comparativo de Plutarco ha servido para evaluar los personajes y los países más diversos a lo largo de la historia. ¿Podríamos aplicarlo a nuestras circunstancias? ¿Podríamos aplicarlo, por ejemplo, a esos dos polémicos presidentes latinoamericanos que son el venezolano Hugo Chávez y el argentino Néstor Kirchner?

Ambos presidentes aspiran, por lo pronto, a un poder ilimitado. Pero esta intención absolutista, inconciliable con una visión republicana de la democracia, no se dio del mismo modo entre ellos. En Chávez se acaba de expresar de un modo directo y brutal, hasta grosero, el último domingo, cuando puso a los venezolanos en la disyuntiva de rechazarlo ahora o aceptarlo para siempre pese a que ya tenía mandato hasta 2013.

La ambición de poder de Kirchner, pese a ser probablemente tan intensa como la de su par venezolano, contiene en cambio una ambigüedad importante desde el momento en que, al delegar la presidencia en su esposa a partir de mañana, Kirchner no ha aclarado si intentará volver en 2011, en 2015, y ni se sabe siquiera si la Corte Suprema lo aceptaría si éste fuera el caso.

La Constitución de 1994 prohíbe tres mandatos presidenciales consecutivos. El mandato que inicia Cristina Kirchner hoy después de haber sido nominada exclusivamente por su esposo, convertido de este modo en el gran elector, ¿sería considerado por la Corte un mandato nuevo, enteramente independiente, o la reelección implícita del propio Kirchner? Cuando Carlos Menem intentó en 1999 lo que dio en llamarse la "re-reelección" -esto es, un tercer mandato consecutivo-, la Corte de entonces se lo impidió con infinitas demoras, advirtiéndole en secreto que las encuestas de popularidad ya no lo favorecían. Se supone que la Corte de 1995 era menemista, pero nadie dijo que fuera miope. ¿Seguiría la nueva Corte en 2011 el mismo criterio de la vieja Corte en 1999? ¿Todo dependería, en tal caso, de las encuestas?

El político y el militar

La negra noche en que supo que había perdido, Chávez exclamó a los gritos que los colaboradores que le aseguraban que ganaría lo habían engañado. No es infrecuente que los asesores de los personajes autoritarios les oculten la verdad por temor a caer en desgracia por ser sinceros. Como se puede apreciar en el film La caída , en sus días finales Hitler daba órdenes sin ton ni son porque no sabía que los regimientos a los que se las daba ya no existían. Nadie se había animado a comunicárselo.

A Chávez, ¿también lo habrán engañado por temor sus asesores? Que el presidente venezolano también estaba rodeado por un círculo militar se vio en todo caso a las pocas horas de los comicios. En la larga noche que siguió al cierre de las urnas, cuando el descontrolado presidente quiso proclamar que había ganado pese a haber perdido, el mando militar se lo impidió. Aparentemente había perdido por más de lo que informaron las autoridades electorales, pero la falsa información acerca de una derrota reñida en vez de amplia habría sido el resultado de un pacto entre el presidente y los militares, que le permitieron salvar la cara con cifras "dignas" a cambio de que reconociera "democráticamente" su derrota. ¿Quién manda entonces, dicho sea de paso, en la Venezuela de hoy? ¿Chávez, el pueblo o los militares?

Debe reconocerse en todo caso que el manejo electoral es un arduo trabajo práctico que ejercitan los políticos, pero no los militares. Al lanzar el plebiscito que lo puso en camino a la derrota, Chávez hizo lo único que podía haber hecho para salvar a sus opositores porque en vez de dispersarlos en varias listas que reflejaran su diversidad los unió en torno de un único vocablo de nuestra lengua: el adverbio "no". ¿Qué le habría pasado a Chávez si hubiera convocado a una elección "normal", con muchas listas, en vez de a un referendo? Simplemente, que habría ganado.

Más de la mitad de los argentinos votó el 28 de octubre contra Cristina. El no, aquí, también triunfó. Pero Kirchner no es un militar como Chávez, sino un político. ¿Qué hizo entonces antes de las elecciones de octubre? Dividió a sus opositores en lugar de unirlos, tentando a muchos de ellos con la generosa caja "K" de la "borocotización". El resultado en la Argentina fue inverso al de Venezuela porque, en tanto que la oposición venezolana fue "sumada" por la impericia de Chávez, la oposición argentina, cuantitativamente equiparable a la venezolana, concurrió dividida frente a un gobierno que utilizó cuantas "colectoras" pudo imaginar para juntar sus propios votos.

La política es, después de todo, un arte. Al dejar en la ambigüedad el futuro al que probablemente aspira, una "diarquía" matrimonial con Cristina, al unir a los suyos y dividir a sus adversarios, Kirchner le demostró a Chávez que, si bien ambos coinciden en la ambición de un poder absoluto, mientras éste apelaba al método ingenuo de una carga frontal de caballería, aquél se internó cautelosamente en la selva guerrillera.

Perspectivas

Cada cual por su camino, Chávez y Kirchner no han aspirado al poder limitado de las repúblicas, sino al poder vitalicio de las monarquías. Pero, al escoger mediante el referendo un único campo de batalla donde todo se decidiría, Chávez acaba de poner a Venezuela al borde de una guerra civil entre sus dos mitades, de la cual es difícil que pueda salir sin violencia o, al menos, sin que los militares den un paso más en la dirección que insinuaron el domingo.

Las opciones del matrimonio Kirchner son mas amplias y, algunas de ellas, más benignas. Debe recordarse en tal sentido que Kirchner había intentado en Misiones, a través del reeleccionismo ilimitado que pretendía el gobernador Rovira, un camino similar al que Chávez acaba de probar, también sin éxito, el domingo. Pero la astucia lo llevó a experimentar primero en cabeza ajena los peligros que corría. Después del fracaso de Rovira derivó entonces por una vía lateral, más sutil, de retener el poder a través de su esposa.

Esta vía alternativa tiene la ventaja de que permitiría, en caso de desgaste, un aterrizaje suave en vez del aterrizaje de emergencia que ahora arriesga Chávez. Si las encuestas bajaran en los próximos años, siempre Kirchner y su esposa podrían apelar a las instituciones republicanas, volviendo mansamente a la oposición si así lo decidiera la ciudadanía.

La estrategia kirchnerista del poder total es más sutil pero tiene, también, su lado oscuro. Ocurre que aquí, a la inversa que en Venezuela, no cuentan los militares. El propio Kirchner se encargó de asegurarlo con una purga nunca vista a pocas horas de asumir. ¿Qué pasaría entonces si en alguna crisis, viéndose perdida, el ala "ultra" del kirchnerismo intentara un asalto directo al poder? ¿Quiénes la contendrían? Sin Fuerzas Armadas a la vista, sólo quedarían con las armas en la mano esos piqueteros a los que Chávez no ha hecho otra cosa que financiar.

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