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El tiempo es lo de menos

Verdaderas obras de arte sobre ruedas, más de sesenta autos clásicos llegaron a Bariloche para correr una atípica carrera en la que no gana el que llega primero ni cuenta la velocidad

Domingo 16 de diciembre de 2007

Cansada, sin un peso y con una mochila de 70 kilos ya incrustada en la espalda llegué a Bariloche una madrugada de febrero hace más de diez años. Aquella noche en la que decidimos directamente dormir en el Centro Cívico, a la intemperie, fue el fin de mi primera e increíble aventura como viajera. Ahora, sin mochila y con ropa limpia, vuelvo al mismo Centro Cívico a punto de iniciar una aventura muy diferente de aquella que me tuvo en las rutas patagónicas haciendo dedo.

Más de sesenta autos clásicos llegan de a dos a estas calles con vista al lago Nahuel Huapi para dar largada a la carrera de las 500 Millas del Sur, una competencia que me llevará a reencontrarme por tres días con estas rutas de montaña.

“Esto parece Montecarlo”, dice Ricardo, un cordobés que anda por acá de vacaciones con su mujer, Graciela. Y la comparación no es arbitraria. Porsche, Mercedes-Benz de todos los modelos y colores, Chevrolet Corvette y Camaro, un par de Bugatti post-Primera Guerra Mundial, Mustang y Jaguar descapotables son algunos de los fierros que poco se ven por las calles de Buenos Aires, pero que, en su mayoría, desde allá llegaron para desquitarse de tanto encierro.

Gianni Celli, en el Bugatti 43 de 1927 que posee una historia casi fantástica: hace unos años consiguió desenterrarlo de la tumba de su antiguo dueño
Gianni Celli, en el Bugatti 43 de 1927 que posee una historia casi fantástica: hace unos años consiguió desenterrarlo de la tumba de su antiguo dueño. Foto: gentileza Organización Carrera de las 500 millas

PRIMERA JORNADA: ¿a qué jugamos?

Subo a una camioneta dispuesta por el Hotel Panamericano Bariloche, centro de operaciones del evento y residencia de los pilotos, para seguir de cerca la competencia. Y ya desde el vamos poco entiendo de la dinámica de todo esto. Al ser una “carrera” de autos clásicos, no es la velocidad lo que cuenta, sino la precisión y regularidad. ¿Cómo se mide esto? “Fácil”, me dirá el corredor Marcelo Diedrichs, antes de subir a su Porsche 914 del año 70. “¿Viste las tres mangueras (o gomitas) que atraviesan la calle en la largada? Bueno, éstas tienen unos sensores que detectan el cruce de los neumáticos. Desde ahí, el auto tiene que pasar sobre la próxima manguera en, por ejemplo, seis segundos exactos. Para contarlos, tenés este reloj especial (un ladrillo negro con un montón de botones y contadores digitales). En el momento en que cruzás la primera manguera, pulsás este botón rojo, ¿ves? Ahí comienza una cuenta regresiva hasta cruzar la próxima manguera. ¿Entendiste?” Para qué le iba a decir que “apenas”. En realidad, lo que ahora no entendía demasiado era el sentido de todo esto. Algo que terminaría de captar sólo después de convivir más de 72 horas con esta horda de fierreros y fierreras.

La primera jornada comenzó pasadas las 18.30 y los autos arrancaron desde el centro hacia el Circuito Chico. En el camino hubo una segunda prueba de precisión, luego de la cual Miko Marashio y Francisco García, pilotos de un Ford T Speedseter de 1917, rompieron embrague y ahí se quedaron. Una lástima, ya que estos conductores habían sido de los más aplaudidos por la pequeña multitud que presenciaba la largada. Miko y Francisco, ambos de Bariloche, aparecieron vestidos de época: mamelucos blancos, capuchas de lona hechas con bolsas de harina, antiparras originales y las puntas del tupido bigote de Francisco onduladas hacia arriba: “No es un disfraz. Es un homenaje a todo aquello que viene desde la Revolución Industrial, una época romántica en la que todo era posible”.

Con el Ford T ya trepado a la grúa de la organización, abandonamos a los muchachos de overol y alcanzamos la carrera. Algo fácil, ya que una de las pruebas de regularidad consiste en mantener en ciertos tramos, una velocidad sostenida de, por ejemplo, 60 km/h. La ruta atraviesa un pinar y, a lo lejos, puede verse el lago. Aunque los autos van tranquilos, veo uno parecido a un Topolino (en realidad, es un MGB Roadster 1978) que rebasa con pericia a un auto, luego a otro, y se pierde de vista. Llego a ver el número y me fijo en el listado que asocia vehículo con nombre. El piloto: Karina Rabolini. Aunque anularon su largada, la ex modelo y actual empresaria hizo un intento por “competir por la cola. ¡Está muy peleada!”, dirá, entre risas, una vez en tierra y al final de la primera jornada marcada por un ágape de cervezas artesanales en el pub Bleast. “¿Y la alcoholemia?”, pregunto, entre ingenua y malvada, a un grupo de conductores. “¡Ya me pido un café!”, ríe uno. “Yo sólo tomé gaseosa”, miente otro. Miro a mi alrededor: mesas largas, gente de edades dispares, hombres y mujeres comparando tiempos, hablando del día que pasó y del que vendrá. Comienzo a entender: esto no sólo es una competencia deportiva, es un evento social.

SEGUNDA JORNADA: todo frío, todo húmedo

Desayuno, entre otros, con el general manager de los hoteles Panamericano, Roberto Ferrari, que me invita a “vivir la carrera desde adentro”. Llueve, hace frío y agradezco al universo que el Mercedes-Benz del ’78 al que subo no sea descapotable. El copiloto, Claudio Molina, flamante gerente del Panamericano Bariloche, baja a sincronizar el contador del ladrillo negro con el reloj “oficial” de la carrera montado en la entrada del hotel. “Creo que lo logré pero, la verdad, no me doy mucha cuenta”, dice al volver, a lo que Roberto pregunta:

–¿No consultaste?

–Estaba por hacerlo cuando cuatro tipos me preguntaron lo mismo.

Largamos y vamos por nuestro primer objetivo: llegar en menos de 15 minutos a una chocolatería para que nos firmen un papel. Ahí nomás, ya la pifiamos. Nos equivocamos de local y nos atrasamos más de diez minutos. “¡No importa!”, dice Roberto, con una sonrisa que calma a su copiloto. “Esto lo hacemos para divertirnos y para manejar estos autos que admirábamos de chicos. ¡Cumplimos nuestro sueño de pibes!”

Rumbo a Villa La Angostura, y por culpa de la lluvia, pasamos de largo el primer set de mangueras que atraviesan la ruta en plena estepa. No bajamos la velocidad ni contamos los segundos. No hay caso, entre todos los que estamos dentro del auto número 60 no hacemos uno.

Pasa el almuerzo y el clima empeora. Al superar a un Jaguar plateado sin capota, miro con compasión a sus conductoras, Marlene Thyssen Zichy y Florencia Bellasi, que, junto con sus amigas Claudia Pistarini y Elena Tedaldi al mando de un Triumph Spitfire del ’58, conforman el cuarteto de las autodenominadas “Chicas Bond” y dan un toque de glamour femenino a la competencia. Pero, al llegar a la última parada del día, el Lodge & Resort Peñón del Lago, me doy cuenta de que nada necesitan estas mujeres de mi compasión. Empapadas como están, bailan al ritmo de una banda de jazz en vivo que, junto a una mesa dulce, champán y habanos, armoniza el fin de una jornada muy dura.

TERCERA JORNADA y final de juego

Hoy, por suerte, brilla el sol. Y menos mal, porque gran parte del día se pasará fuera de los autos. De vuelta en la camioneta, nos dirigimos hacia la zona de lago Escondido cerca de El Bolsón. Al llegar, nos encontramos con una espectacular estancia de 11.000 hectáreas dentro de la que funciona la Fundación Lago Escondido, un predio que incluye cancha de fútbol, helipuerto y un autódromo. Todo, en el medio de la Cordillera. Los vehículos ya están en la pista, a punto de comenzar las diferentes pruebas. Miro el conjunto: autos casi de ficción (“obras de arte”, me dirá el mecánico y restaurador de muchos de ellos, Javier Lantarón), en una pista enmarcada por picos nevados, y me pregunto: ¿es esto real? Tengo como respuesta un ruido fuerte y seco, muy “real”, que proviene de un Chevrolet Corvette amarillo conducido por los hermanos Alexia y Maximiliano Keglevich (ver recuadro). En medio de una de las pruebas, se torció una de las ruedas traseras, que quedó en chanfle. El otro Corvette, uno rojo, pertenece a Keglevich padres. “Salimos en familia y, te digo la verdad, con Maxi sospechamos que fueron nuestros viejos quienes nos sabotearon el auto porque siempre les ganamos”, dice Alexia en broma mientras, con señas y a los gritos, pide disculpas al resto de los corredores por retrasarlos.

Y no son los únicos que llegaron en plan familiar. De vuelta en Bariloche y en la comida de cierre y entrega de premios, me encuentro con Claudio Burbarella, segundo puesto en la categoría general. Por primera vez vino con su hija Delfina, de 19 años, que para orgullo de su papá se destapó como gran copiloto y se llevó el segundo premio como tal. “La verdad es que mucho no hice. Sólo apreté un botón y le marcaba a mi viejo a qué velocidad tenía que ir”, dice con humildad, pero una, que estuvo ahí intentando descifrar el funcionamiento del bendito ladrillo negro/reloj y fallando en contar segundos, sabe que no es poco.

Por Constanza Guariglia

revista@lanacion.com.ar

Historias singulares

Lo que sí pude entender a lo largo de esta carrera es que, para esta gente, los autos no son sólo cuatro ruedas y una carrocería. O, quizás, sólo un símbolo de status. Para muchos, los autos vienen con una historia propia, y sus dueños intentan convertirse en parte de ella. Los socios Martín Gregorio y Gabriel Cassinotti encontraron su WTU 960 (apodado en la carrera como el auto “Harry Potter”) en Bahía Blanca. “Estaba subido a una vereda, todo oxidado. Lo vi y me enamoré de él. Lo compramos con Gabriel y comenzamos a reconstruirlo de a poco. Tardamos como un año y, antes de terminarlo, lo sacamos a la ruta y nos fuimos a la costa.”

El coleccionista Gianni Celli se acerca deseoso de contar su historia. Una historia que roza lo macabro. “¿Usted sabe dónde encontré este auto? En una tumba en el norte de la provincia de Buenos Aires.” Celli estaba en el circuito de las 500 Millas de Rafaela, provincia de Santa Fe. Miraba unas fotos antiguas donde aparecía una Bugatti, y un hombre le contó la historia sobre ese bólido apodado “El Pajarón”, que, a su vez, él me cuenta a mí: “El piloto, Adolfo Scandroglio, murió en 1949 al intentar batir un récord de velocidad en las 500 Millas de Rafaela. Dejó pedido por escrito que enterraran el auto junto a él, y ahí estuvo por 50 años. En 1999, después de muchos problemas legales con la familia, logré desenterrarlo y agregarlo a mi colección. Fue muy impresionante escuchar el ruido del metal cuando la pala del de­senterrador por fin dio con el auto. Sólo se pudieron rescatar el chasis, la transmisión, los ejes y el motor. Tardaron cinco años en restaurarlo, pero, con semejante historia, no podía dejar de incorporarlo a mi colección”.

Miko Marashio y Francisco García encontraron el Ford T en un garaje. “Es un auto original del año ’17. Era de un corredor y corre desde entonces, pero nunca ganó nada. Se lo compramos al nieto del piloto, y todo es original: las chapas, los pedales, etc. Por eso lo rompimos a los 20 km de largar. Sabíamos que íbamos a exigirlo, pero había que intentarlo: se nos rompió el corazón... y la billetera.”

Percances

Aunque todos los autos están calibrados, chequeados y probados por la organización antes de aceptarlos en la carrera, como diría Tu Sam, “esto puede fallar”. El Chevrolet Corvette conducido por los hermanos Keglevich rompió un eje trasero a ínfima velocidad y en una de las pruebas de precisión. “Nos podría haber pasado en la ruta de montaña y no sé qué hubiera pasado”, expresó, con algo de susto, Alexia. En la misma pista, mientras hacía la prueba de promedio impuesto (PPI), que consiste en realizar en el menor tiempo posible un circuito de varias curvas que se recorre en no más de un minuto, el piloto Marcelo Diedrichs se fue de la pista en una de las curvas más cerradas.

Claudia Pistarini y Elena Tedaldi también se las vieron difíciles. “Tuvimos dos momentos de peligro. El primero fue cuando salimos a probar el auto tras haber llegado de Buenos Aires. Estábamos en la ruta y sentí que el auto coleaba. Al bajarme vi que a una de las ruedas de atrás le faltaban casi todas las tuercas. Si no bajaba perdíamos la rueda y andá a saber qué podría haber pasado. El segundo momento de peligro fue en el ascenso al cerro Bayo. Llovía mucho y, como la capota no era muy buena, con una mano la sostenía y manejaba con la otra. En un momento entró mucha agua y me dio en la cara. Volanteé y casi nos vamos por un precipicio. Decí que nosotras no nos dimos cuenta: me lo dijeron unos chicos que venían detrás.”

Las posiciones

Categoría general

Primer puesto Marcelo Dalessio y Juan Pablo Giancristiano

Segundo puesto Claudio Burbarella y Delfina Burbarella

Tercer puesto Pedro Bellora y José Bellora

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