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El continente negro, hoy: tierra de contrastes y desafíos

Violencia y pobreza, dos flagelos que Africa no logra erradicar

El Mundo

La llegada de nuevos líderes tropieza con viejos escollos que traban su despegue

NAIROBI.- Tiene algunas de las villas miserias más grandes de Africa, pobladas de hambre, de desempleo, de casas de madera en mal estado y de desesperanza. Sus calles son caóticas. Allí, para los conductores de los miles de autos destartalados, los semáforos, como las reglas, son apenas parte del decorado. Sus carteles, en las afueras, dan la bienvenida a Nairobi, aunque, por la inseguridad, muchos llaman, a la capital de Kenya, "Nairobbery".

Sin embargo, su industria, su comercio exterior, su turismo son la envidia del resto del Africa subsahariana. Sus universidades y hospitales, al igual que los de Johannesburgo, Durban o Ciudad del Cabo, reciben a todo africano con dinero. Sus alimentos elaborados y su petróleo llegan a toda la región.

Como Sudáfrica, hasta hace casi diez días, Kenya era el motor económico de Africa subsahariana. Pero, con la violencia, los caminos fueron cortados y el comercio se paralizó.

Era también un modelo al que sus vecinos apuntaban, el de la estabilidad política, la convivencia étnica y la calma civil. Pero, con los muertos, desplazados, las sospechas políticas de la semana pasada, ahora Kenya se asemeja a sus vecinos.

Pasadas las sangrientas dictaduras de los 70 y 80, las guerras civiles y genocidios de los 90 y primeros años del siglo, hoy el Africa subsahariana intenta levantarse, despojarse de ese mito de muerte y hambre. Su economía comenzó a crecer y una nueva generación de líderes la comanda.

Pero, una y otra vez, vuelve a caer, gracias a su fórmula de siempre: pobreza, corrupción, avidez de poder, rivalidades tribales y una desigualdad cada vez mayor y más visible.

A diferencia de otros países tribales, Kenya nunca tuvo un enfrentamiento entre sus 42 grupos étnicos. Desde la independencia de Gran Bretaña, en 1963, hubo sólo tres presidentes que lograron contener la rivalidad tribal. Hoy, ese antagonismo, es en todo caso de utilidad para los líderes.

"Este es un país único porque no ha sufrido una guerra civil. Pero la de ahora, no es una guerra étnica, es de pobreza, entre los que tienen y los que no. Y también una guerra de caciques que pagan a jóvenes sin esperanza", explicó a LA NACION Susan Linnee, una periodista norteamericana que vive en Nairobi hace años.

Esos caciques son los líderes políticos, entre ellos el mandatario Mwai Kibaki y su contrincante en las elecciones del 27 de diciembre y también ex ministro, Raila Odinga. Aunque Kibaki insistió con que está dispuesto a formar un gobierno de unidad nacional, la propuesta fue rechazada por Odinga y le exigió dimitir antes de negociar.

El primero, ansioso por retener el poder, y el segundo, deseoso de alcanzarlo, movilizaron a sus respectivas tribus, los kikuyus y los luos. Los movilizados fueron los jóvenes de las villas miserias, los del desguarnecido interior, los que viven con menos de un dólar diario.

Son los jóvenes de una Kenya con contrastes, de una Nairobi que "en un lugar parece Europa y, un kilómetro y medio más allá, es el infierno", opinó Linnee.

"La violencia no es sorprendente; los jóvenes tienen bronca porque viven mal y no son ricos", añadió.

Así como el crecimiento evidenció la desigualdad, las elecciones dejaron al descubierto la fragilidad de una transición democrática que, hasta hace poco, suscitaba elogios.

La llegada de Kibaki

En 2002, Kibaki, con la ayuda de Odinga, reemplazó en el poder a Daniel Arap Moi, el presidente que había gobernado Kenya, con mano dura y bajo acusaciones de corrupción, durante 24 años.

Hace cinco años, Kibaki fue recibido como el abanderado de una nueva era democrática. El domingo pasado, asumió su segundo mandato de la misma sospechosa manera con que lo hacía Moi.

La violencia que estalló ese mismo día alarmó a Occidente y al resto del Africa. No sólo porque Kenya llevaba la delantera a sus vecinos en la transición democrática, sino también porque la matanza de la iglesia de Eldoret, el martes pasado, revivió un temor. El de otro genocidio en Africa, uno como el de Ruanda.

Casi un millón de personas, en su mayoría tutsis, murieron entre abril y mayo de 1994 en Ruanda, al sudoeste de Kenya. Con un odio alimentado por los medios y un gobierno dictatorial, miles de hutus tomaron las calles del país y masacraron a quienes, decían, eran su tribu enemiga, "unas cucarachas humanas".

Lejos de reaccionar, la comunidad internacional se paralizó, Ruanda colapsó y, con recelo, los países vecinos recibieron olas y olas de refugiados.

Hoy, a fuerza de un sistema de justicia popular y millones de dólares de ayuda internacional, una economía que despega y muchos contrastes, Ruanda busca recuperarse.

"Cuando hay un genocidio, se alcanza el límite de todo. Nada peor puede ocurrir; cualquier cosa que suceda será mejor. En esa época había malos líderes, no había instituciones, la gente actuaba como robots, era el gobierno de una sola persona. Por eso hoy nos concentramos en la construcción de instituciones", dijo a LA NACION el ministro de Justicia de Ruanda, Tharcisse Karugarama, hace unos meses, en Kigali.

Las calles de la capital ruandesa ya no están cubiertas de cuerpos como en 1994; son ordenadas, limpias, silenciosas. Hay edificios en construcción de empresas que llegan para invertir. El interior, en cambio es el Africa profunda, la de los niños de cuatro años que trabajan, la de la ausencia de agua potable y escuelas.

Continúa el miedo al odio

Hay contrastes y miedo a más odio pero no hay violencia; contingentes de policías y de militares se encargan de prevenirla en todo el país. Jefe de los rebeldes tutsis y alguna vez comandante en las fuerzas armadas de la vecina Uganda, Paul Kagame gobierna Ruanda desde 1994.

El fue uno de los encargados de poner fin al genocidio y, una vez en el poder, también fue alabado como miembro de la nueva generación de líderes de Africa.

Su administración, como dijo el ministro Karugarama, se concentra en fortalecer la economía, la Justicia, el Parlamento. Pero, para no pocos en la comunidad internacional, Kagame es un gobernante autocrático.

El mismo escenario de pobreza, desigualdad, miedo a estallidos de violencia y un presidente aferrado al poder se repite en Uganda.

Yoweri Museveni preside el país desde 1986. No lo hace con la mano dura con la que gobernaron sus predecesores, Milton Obote e Idi Amín, pero sí con poco afán democrático. Sólo en 2005 permitió un sistema multipartidario pero, en las elecciones de 2006, obtuvo la reelección.

Las guerras civiles y entre vecinos eran una constante en esta región de Africa hasta hace menos de una década. Hoy hay conflictos aislados; en el norte de Uganda, se concentra uno. Allí, el rebelde Ejército de Resistencia del Señor combate contra fuerzas oficiales para imponer un Estado regido por los 10 mandamientos.

La popularidad que todavía le queda a Museveni se basa en la lucha contra ese frente y los votos que permitieron a Joseph Kabila ser elegido, en 2006, presidente, en las primeras elecciones en 40 años en Congo, vinieron del norte y del este del país.

Allí, miles de rebeldes y mercenarios combaten contra las fuerzas oficiales, a pesar de la presencia de 17.000 cascos azules de Naciones Unidas.

Kabila, en realidad, heredó el poder en 2001, luego de que su padre y entonces presidente, Laurent, fue asesinado. Fue él quien puso fin a la corrupta dictadura de Mobutu Sese Seco.

En su momento, Kibaki, Kagame, Museveni o Kabila fueron celebrados como héroes de la democracia y la libertad. Hubo alguien que los precedió en esa pomposa posición.

Hace 28 años, un líder fue recibido como padre de la independencia de su país, la ex Rhodesia, de Gran Bretaña. Y Robert Mugabe se aferró al poder, se convirtió en el Estado mismo.

Hoy Zimbabwe tiene atroces indicadores, incluso para Africa: 7000% de inflación anual; una esperanza de vida de 37 años, diez años menos que en el resto de la región; 3000 personas dejan el país diariamente.

Lejos está Zimbabwe, sin embargo, de ser la salvaje anarquía de la norteña Somalia, o de generar muertos y refugiados como Sudán. Pero, aun así, los tres sirven como señal de alerta para el resto de sus vecinos. .

Por Inés Capdevila Para LA NACION
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