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Tres alumnas ejemplares, la abuela, la hija y la nieta

Las tres mujeres terminaron juntas el colegio secundario

Viernes 11 de enero de 2008
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Todos los días, durante tres años, Sara, Edith y Débora fueron juntas al colegio. Se reunían para estudiar, se ayudaban durante los exámenes y finalmente se graduaron de bachilleres contables, con promedios altísimos, en la escuela para adultos Joaquín V. Gónzalez, de Quilmes, en diciembre último. Pero, a diferencia de sus otras compañeras, en las clases ellas se dirigían hacia la otra como "tía", "abuela" o "mamá".

Sara Sconza, de 67 años; su hija, Edith Beraldi, de 42, y su nieta Débora, de 19, son tres generaciones de una familia que en 2005 decidieron juntarse para terminar lo que alguna vez no pudieron.

Nacido en Italia, el padre de Sara le decía a su hija que las mujeres servían para bordar y coser, y que eran los hombres quienes debían estudiar. Siguiendo ese mandato, Sara sólo concurrió hasta 6° grado de la escuela, se casó joven y durante 43 años se dedicó a su familia. Hace unos años, se separó. "O me quedaba en casa llorando o hacía algo", confesó Sara a LA NACION.

Edith Beraldi, Débora Beraldi y Sara Sconza lucen con orgullo sus diplomas de egresadas
Edith Beraldi, Débora Beraldi y Sara Sconza lucen con orgullo sus diplomas de egresadas. Foto: Mariana Araujo

Su hija Edith, en tanto, abandonó la misma escuela en la que después terminaría sus estudios hace casi 30 años, por problemas de salud y, luego, por falta de tiempo. "Siempre quise volver a empezar. Pero por una u otra cosa nunca podía", recordó. En 2005, el deseo de profundizar sus estudios en grafología, frenado por la falta de un título secundario, le hizo un clic en la cabeza.

La escuela para adultos de Don Bosco es la única en el partido de Quilmes que ofrece un turno tarde para cursar los estudios. Así, a Edith se le ocurrió juntar a su madre y a su sobrina, que un año antes había abandonado el colegio porque no quería seguir estudiando, y terminar lo que habían empezado. "Yo era la vaga, pero me sedujo el programa de a tres", contó Débora.

Dificultades y medallas

En el camino, cada una tuvo sus dificultades. Para Sara, matemática e inglés fueron las materias más problemáticas. "Durante tres años tomé clases particulares", dijo, mientras las miradas cómplices de su hija y su nieta delataban un sinfín de anécdotas sobre palabras mal dichas, en el idioma anglosajón, que provocaron en el aula la risa de más de un compañero.

Edith, en cambio, debió reorganizar su tiempo y repartirse entre sus tareas de mamá, esposa y estudiante. "Fue un reciclaje y un volver a la adolescencia. Y quería cortar con el mandato que venía de mis abuelos y que yo también, sin quererlo, estaba siguiendo", cuenta.

Para Débora, lo más peculiar fue estar sentada, en las clases, al lado de su tía y detrás de su abuela. "No podía faltar nunca porque mi tía le contaba enseguida a mi papá. Tuvieron que estar encima de mí, pero hoy estoy feliz de haber terminado", dijo bromeando la más chica de las tres.

Según datos del Ministerio de Educación, más de 48.000 personas se matricularon en escuelas para adultos entre 2002 y 2006. "Los adolescentes van al colegio porque los mandan. Los que tenemos más décadas lo elegimos", resumió Edith.

Pero los esfuerzos valieron la pena. Sara y su nieta se graduaron con promedios de 9,22 y 9,15, y el 10 de promedio con el que egresó Edith le valió una medalla de honor por ser la portadora del mejor resultado en toda la historia de ese colegio.

"Queremos que nuestra historia sirva para que nadie se ancle en el tiempo. Siempre se puede aprender más, y la edad no debe ser nunca un impedimento", reflexionó Edith. Y continuó: "Fueron tres años colmados de satisfacción, esfuerzo y alegría. Cada una tiene una historia diferente, pero la cultura nos unió más allá del vínculo parental".

Las tres mostraron orgullosas y risueñas sus diplomas y medallas. Para algunas, además, ir a la escuela fue sólo un comienzo. Edith planea especializarse en grafología criminalística. Sara, en tanto, descubrió su talento para el dibujo, curiosamente, en las clases de lengua y este año empezará un curso. Para ella, la mayor, en su nueva vida sólo queda una asignatura pendiente: "Encontrar mi alma gemela. Pero, además de bailarín, debe ser también estudioso".

Por Nathalie Kantt De la Redacción de LA NACION

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