Cuestión de tiempo
Esa mala costumbre de hacerse esperar
Expertos en dar excusas, los impuntuales dicen no poder evitarlo
Cuando Juanma llegó 40 minutos tarde a un encuentro con una antigua novia no tuvo más remedio que idear una "historia fantástica" para justificar su impuntualidad. "Inventé que había estado a punto de chocar con otro auto y que el conductor, furioso, se había bajado y había comenzado a insultarme hasta terminar a las trompadas, y que la pelea había sido tal que incluso tuvo que venir la policía." Ella, inocente, le creyó.
Juan Manuel Bernal es actor, tiene 30 años y es un impuntual empedernido, que como todos los de su calaña , asegura que llegar tarde es algo que no puede evitar, porque forma parte de su naturaleza. Podría decirse que para estas personas, el tiempo rige de forma distinta que para el resto de los mortales. La suya es una realidad diferente.
"Lo que me pasa antes de salir es que pienso que todavía tengo un ratito más, entonces, en lugar de salir con tiempo, me pongo a hacer algo, me distraigo y termino retrasándome 10 o 15 minutos. Eso hace que pierda el tren, y ahí empieza la cadena de contratiempos", admite Juanma.
A Silvana Martín le sucede algo similar: "Me cuesta salir de donde estoy", dice esta profesora de metalofón, de 33 años, para quien el tiempo "parece estirase". "Fantaseo con que llegaré en 10 minutos al subte, pero siempre tardo más", confiesa con culpa.
Y no es para menos, ya que esta distorsionada percepción del tiempo que caracteriza a los impuntuales muchos la entienden como una falta de consideración hacia el que espera. Esto habla, en opinión de la médica psicoanalista Claudia Borensztejn, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), de la relación que estas personas establecen con la realidad: "La gente que cree que llegará a los lugares más rápidamente o que no considera, por ejemplo, el tránsito, es como si viviera en un mundo en el cual no hay escollos, lo que significa que no hay otros a los que tener en cuenta; otros que pueden hacer que uno se demore. Se creen únicos", sentencia.
La psicoanalista opina que sentir la impuntualidad como un maltrato es razonable, "ya que en un encuentro de pares, ¿por qué uno llega y el otro no?"
De estos maltratos, Miguel Fernández, un diseñador de moda español, de 35 años, sabe mucho, puesto que le ha tocado esperar a su amigo Enrique infinidad de veces. "Después de esperarle durante media hora, lo que siento es ¡ganas de matarlo! A veces me he enfadado tanto que se me arruina el programa", reconoce alterado. Y explica que para él la impuntualidad esconde mucho de egoísmo y egocentrismo, porque lo que el tardón transmite cuando llega tarde es: el que quiere verme, que espere ". Enrique Esteve, guionista español, de 25 años -Fernández y él viven en Madrid-, cuya impuntualidad es tal que trasciende fronteras, se defiende y, aunque es consciente de la falta de respeto que representa su mala costumbre, trata de encontrar una explicación a sus recurrentes tardanzas. "Para mí es como un posponer responsabilidades", reflexiona, y recuerda una simbólica anécdota de cuando tuvo que repetir el primer año de la carrera de cine. "El primer día del segundo primer año me retrasé media hora, convencido de que la clase empezaba a las 10.30. Al verme entrar, el profesor, ya acostumbrado a mi impuntualidad del año anterior, me echó una mirada fulminante y me dijo: Sabes perfectamente que la clase es a las 10. Que no se vuelva a repetir . La lectura que yo hago de esto es que fue una mala pasada del inconsciente: me autoconvencí de que el horario era a las 10.30, porque quería retrasar ese momento".
Malas experiencias
A veces son sólo malas pasadas que se quedan en simpáticas historias; otras, la impuntualidad tiene consecuencias más graves, como perder un avión o incluso el ¡trabajo!
Silvana perdió, a causa de su mal manejo de los tiempos, nada menos que dos vuelos en un mismo día, el de ida y el de vuelta, y a Enrique lo despidieron de un trabajo que tenía en una lavandería, en Edimburgo, Escocia, a la que siempre llegaba 10 o 15 minutos tarde. Al cabo de dos semanas lo echaron. "Estamos profundamente defraudados", le dijeron en inglés. Hoy, escarmentado, Enrique llega con prontitud a su trabajo, uno de los pocos ámbitos en el que los impuntuales dicen poner todo su esmero en llegar a tiempo.
Pero la impuntualidad no se reduce a la esfera privada. Como sostiene Pilar Cosentino, autora del libro Gozar de la vida y mejorar la imagen , y especializada en cortesía social, el llegar tarde se ha instalado como un problema de tipo cultural generalizado, y con frecuencia "somos víctimas de personajes impuntuales en diversos ámbitos".
"La puntualidad es una buena costumbre que deberíamos recuperar, tanto en los encuentros de amigos y familia como en los actos más solemnes", afirma Cosentino. Y señala que si bien en los actos de tipo oficial, diplomático y político suelen indicarse los horarios de inicio y finalización, estos detalles del protocolo se han visto descuidados en los últimos años.
Tal vez lo más curioso del asunto es que, contrariamente a lo que uno podría pensar, los propios impuntuales sufren, valga la redundancia, su impuntualidad. Ellos viven, aseguran, siempre estresados, "porque les importa llegar tarde".
"Paso un mal momento en esa incertidumbre de saber si llegaré con mucho retraso o no. También me estresa saber que se me puede armar lío", dice Juanma.
Y claro, antes de tener lío , prefieren inventarse pretextos o, peor, poner en práctica extraños subterfugios en lugar de, simplemente, salir antes de casa o de donde estén. También los puntuales arman estrategias defensivas para amenizar la espera. Verónica Tufró, abogada, de 29 años, y novia de Juanma, asegura que cuando tiene que encontrarse con él lo cita media hora antes, y si de verdad quiere llegar puntual, va sola. Pero su principal táctica ha sido relajarse: "Al principio me molestaba mucho tener que esperarlo, hasta que comprendí que no lo hacía a propósito, sino que es parte de su personalidad. Su universo tiene otros tiempos". .
Paloma Gil Estrada