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Las FARC, un decadente club de narcos y bandidos

Por Joaquín Villalobos El País, de Madrid

Viernes 18 de enero de 2008
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Cuando comencé a conocer el conflicto colombiano me costó creer que los jefes de las FARC viajaran en vehículos con aire acondicionado y que sus campamentos tuvieran muchas comodidades; también me sorprendió el evidente sobrepeso de algunos de sus comandantes.

La guerra civil salvadoreña se explicaba por el exceso de poder del Estado; contrariamente, el conflicto colombiano se explica, esencialmente, por la debilidad del Estado en el control de su propio territorio. Colombia tiene lugares donde no hubo gobierno durante más de 40 años. Este vacío lo llenaron paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y bandidos, que se convertían automáticamente en autoridad, ante la indiferencia o anuencia de los gobiernos.

Los guerrilleros salvadoreños disputamos en combate cada metro cuadrado de nuestro pequeño país a gobiernos autoritarios sostenidos militarmente por los Estados Unidos.

Frente a la embajada venezolana en Bogotá, manifestantes repudiaron el pedido de Chávez para que las FARC no sean consideradas terroristas
Frente a la embajada venezolana en Bogotá, manifestantes repudiaron el pedido de Chávez para que las FARC no sean consideradas terroristas. Foto: AFP

En Colombia, por el contrario, las FARC han sido una guerrilla sedentaria que sin combatir mucho controló extensos territorios en los que no había gobierno. Por ello llevan 43 años en el monte y algunos de sus jefes han muerto de viejos. Sin embargo, en Colombia misma el Movimiento 19 de Abril (M-19) fue la primera guerrilla latinoamericana que, a costa de muchos muertos, negoció reformas políticas democráticas. Ahora el M-19, como parte del Polo Democrático, es la segunda fuerza del país. Es decir, que en Colombia la izquierda podría ganar las próximas elecciones, como ya ocurrió en Chile, la Argentina, Uruguay, Ecuador, Bolivia, Brasil, Perú, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Guatemala y Nicaragua.

Hay quienes continúan viendo a los países de América latina como repúblicas bananeras en las que la violencia política es legítima. El mapa, los tiempos y el dinero de la cocaína coinciden con el crecimiento de la violencia de las FARC en los 90. Antes de eso eran una insurgencia perezosa y, por lo tanto, poco relevante.

En 1990, al morir su líder político Jacobo Arenas, las FARC se quedaron sin contención ideológica frente a los cultivos de coca que proliferaban en sus territorios. Comenzaron extorsionando narcotraficantes y terminaron siendo dueños de la mayor producción de cocaína del mundo. Transitaron de última guerrilla política latinoamericana a primer ejército irregular del narcotráfico, convirtiéndose en un reto real para el Estado colombiano.

Los gobiernos de los últimos 20 años tuvieron que comenzar a revertir la debilidad del Estado y a corregir abusos pasados.

Primero acordaron la paz con las insurgencias políticas; luego desarticularon a los grandes carteles de narcotraficantes que dirigía Pablo Escobar; seguidamente un gobierno bogotano inventó formas exitosas de combatir la cultura de violencia, y finalmente iniciaron la recuperación del campo.

Propusieron negociaciones a las FARC, que fracasaron debido al secuestro de 12 parlamentarios que fueron ejecutados en junio de 2007. La fuerza del ejército y la policía crecieron y se desplegaron de forma permanente en los 1120 municipios de Colombia.

Los paramilitares empezaron a ser combatidos y desmovilizados. Los jefes guerrilleros perdieron sus vehículos con aire acondicionado y sus campamentos con heladera. Acorralados, incurrieron en el terrorismo. Unos 117 pobladores murieron refugiados en la iglesia de Bellavista cuando ésta fue destruida por las FARC; un coche bomba con 200 kilos de explosivos demolió un club bogotano lleno de familias. Esto se volvió cotidiano, y los civiles muertos y heridos sumaron miles.

Secuestro y narcotráfico

Sin embargo, ahora la violencia de las FARC es decadente y, en 2007, no pudieron realizar una sola toma u hostigamiento a los poblados que controla el Estado. Sus combatientes se desmovilizan masiva y voluntariamente, 2400 sólo el año pasado, y hay evidencia pública de que algunos jefes guerrilleros han recuperado las comodidades perdidas en el territorio venezolano.

Las FARC no tienen futuro como guerrilla, aunque lo tengan como narcotraficantes. La inmensa selva colombiana les facilita mantener a los rehenes que secuestraron en el pasado y usarlos como su último cartucho político. Las duras condiciones en las que mantienen a éstos evidencian desmoralización y pérdida de control; ni siquiera sabían dónde estaba el niño Emmanuel.

Las FARC hicieron del secuestro, la extorsión y el narcotráfico sus principales actividades. Son los mayores secuestradores del planeta. Una insurgencia negocia a partir de la legitimidad política de sus demandas o de la fuerza militar que detenta, pero exigir legitimidad a cambio de rehenes maltratados y amenazados de muerte equivale a pedir respeto por ser malvado.

El antineoliberalismo no justifica explotar el dolor de las familias de los rehenes. Si Chávez estuviera sólo ayudando a salvar rehenes sería positivo, pero su reconocimiento político a las FARC reaviva la violencia colombiana, le abre las puertas de su país a la cocaína y lo convierte en protector de unos crueles narcoterroristas.

El autor es un ex guerrillero salvadoreño, cofundador del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Hoy mantiene una postura crítica sobre la izquierda de la región y se desempeña como consultor internacional para la resolución de conflictos.

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