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Claves

Psicología del poder: la condición política

Enfoques

¿En qué medida influye la estructura psíquica de un dirigente político en su estilo de liderazgo? ¿Puede el estudio de su personalidad brindar indicios sobre la actualidad nacional? Reconocidos psicoanalistas y psiquiatras argentinos ofrecen pistas al respecto y analizan los rasgos de carácter de nuestros máximos líderes

Un líder político responde a su ideología o a su personalidad? ¿Se es de derecha o de izquierda por portar determinadas ideas o, por el contrario, esas ideas encuentran el envase ideal en una determinada forma de ser en el mundo? ¿El mundo es como es o como somos nosotros? ¿Cerebro o corazón?

Referente y pionero del psicoanálisis en Argentina, el médico psicoanalista Fernando Ulloa ofrece una pista: "El liderazgo político corresponde más a la personalidad que a la ideología; y en todo caso, es una determinada personalidad la que soporta a esa ideología".

Entonces, ¿en qué medida influye la estructura psíquica de un político en la producción de su propia política?

Los especialistas consultados aquí -médicos psiquiatras y psicoanalistas- parecen sugerir que también desde la "interioridad" del alma de los líderes políticos puede explicarse una parte de la historia, aunque se trate de un territorio casi inexplorado, cuando no subevaluado, en los análisis políticos.

Es fácil recordar a Néstor Kirchner accionando sin medir consecuencias. Tan fácil como difícil resulta vincular su personalidad de locomotora con el arte de la política zen. Ni siquiera podemos evocarlo cediendo algo de su propio territorio en aras de trabar alianzas delicadas: definitivamente, la paciencia no ha sido hecha para el ex presidente.

Pensemos ahora en Fernando de la Rúa y en diciembre de 2001: ¿habría terminado igual aquella historia triste si De la Rúa no hubiera sido un presidente devorado por la duda? Quizá sí, pero cuesta imaginarlo.

Los especialistas coinciden en este punto: no a todo el mundo le sienta la soledad ni la adrenalina del poder. Hay personalidades que, según dicen ellos, no digieren el odio que provoca en los demás llegar a lo más alto. Por otra parte, las decisiones de alto riesgo y la retención de secretos explosivos son, también, patrimonio de ese perfil de líderes que deben decidir, en la más absoluta intimidad, si, por ejemplo, van o no a una guerra. Decisiones donde, además, se juega el futuro individual o colectivo a cara o cruz.

En pocas palabra: habitar la cima no es para cualquiera, y este asunto, al parecer, trasciende el mundo de las ideas y se mete, de lleno, en el de las emociones. ¿Cuántos líderes habrán quedado, entonces, a mitad de camino porque los asustaba demasiado el primer plano? ¿Cuántos habrán retrocedido, en la verdad más profunda de sus corazones, ante el pánico de la crítica, las envidias cruzadas, los odios de los opositores y el amor ciego de los seguidores?

Los investigadores coinciden en que la contracara de un líder como De la Rúa -aquel que por sobre todas las cosas teme equivocarse- es el hacedor o el líder personalista, según la mirada de Ulloa. Los politicólogos suelen catalogar a estos tipos de políticos como decisionistas, por su tendencia a prescindir de ámbitos de debate, como son los parlamentos.

Según el médico psicoanalista Sergio Rodríguez, integrante de Psyche Anudamientos -un espacio de intercambio clínico dedicado a la sociedad y la cultura-, se trata de un líder de tipo obsesivo-decidido, que no teme enfrentar situaciones, aunque en su marcha no mida ni las formas ni las consecuencias. Néstor Kirchner o Juan Perón podrían ser un ejemplo de estos presidentes, con impronta de personalismo.

En la otra vereda, tenemos las "posiciones histéricas". Son los quejosos y en general suelen oficiar de opositores. Son los que están en reclamo permanente, procurando voltear al poder de turno, aunque rara vez se hagan cargo de ese poder. Elisa Carrió o Luis Zamora podrían ser ejemplos identificables de este espacio, según el lacaniano Rodríguez, también director del portal Televerdades, donde analiza el discurso público de los dirigentes.

En nombre de las neurociencias, la presidenta de la Asociación Argentina de Psiquiatría Biológica (AAPB), la médica psiquiatra Andrea López Mato acota que este perfil de liderazgo "histérico" necesita de la aprobación externa, lo que se da de patadas con encarar directamente el poder, que siempre entraña someterse a juicios que no siempre resultan un lecho de rosas.

"Viven más en anchura que en profundidad; no es que hagan teatro sino que se sienten parte de obras que van de la tragedia a la comedia, según en qué papel serán más aplaudidos. El caso de Lilita Carrió es peculiar porque no le importaba mostrarse muy excedida de peso", apunta López Mato, que tanto como Ulloa y Rodríguez trata habitualmente a hombres y mujeres vinculados con el poder, la política y el mundo empresario.

Bajo la lupa de los popes del diván, Cristina Kirchner reúne características de ambos cuadros de personalidad. De la histeria, dice Rodríguez, la pasión por seducir, y de los caracteres obsesivos-decididos, "una gran capacidad de pasar al acto, de realizar". A estos liderazgos, como el de Cristina, se los llama "caracteres de borde", y es común en el liderazgo femenino.

López Mato coloca a Cristina como ejemplo de la ambivalencia. "Exagera las características del género femenino, pero con accionar y discurso masculino. Pasa de la emocionalidad, la percepción, la creatividad y la intuición femenina a la autoridad, necesidad de orden y pensamiento lógico y secuencial masculino", señala.

Claro que si nos estamos preguntando qué prevalece más, si la personalidad o la ideología, es imposible excluir en este corte las diferencias de género, mucho más cuando es una mujer quien hoy gobierna la Argentina. Para López Mato, el liderazgo masculino y femenino puede resumirse en un viejo axioma. "Cuando están sometidos a presión, los hombres beben alcohol o invaden otros países -por ejemplo, George Bush- mientras que las mujeres prefieren comer chocolate (Elisa Carrió) e ir de compras (Cristina Fernández)".

A esta grilla debemos agregarle los eternos segundones y, por otro lado, quienes fueron preparados para ser príncipes. En el otro extremo de esta saga, revistan los líderes paranoicos y los perversos. Pero esos son harina de otro costal.

La política, al diván

En el consultorio de la calle Cavia, frente a la Plaza Alemania, Fernando Ulloa, tiene su mítico diván. En él se han recostado y se siguen recostando empresarios, políticos, operadores y todo tipo de líderes en la cima. Contemporáneo y colega de Enrique Pichon-Rivière y de Marie Langer -discípula de Freud y pionera del psicoanálisis en Argentina-, Ulloa no duda: "La condición política es constitutiva de todo sujeto humano, lo sepa o no lo sepa". Y mejor que lo sepa, aclara, si es que no quiere ser sólo un objeto manipulable de la política.

Para este médico psicoanalista quien, junto con Pichon-Rivière, fue un pionero del campo grupal y de la vinculación entre psicoanálisis y política, en todo grupo hay cinco tipos de líderes: el carismático, el pensador, el gestor, el control de calidad, y el realizador práctico.

Veamos con ejemplos: en una asamblea estudiantil se discute un cambio de fecha para los exámenes, entonces será el líder carismático quien se pasará de la raya y propondrá tomar el decanato. Luego, el líder pensador, que en cambio es callado, pero toma ideas del resto y en la próxima asamblea tiene el mejor paper . El gestor es el que provee, el que trae soluciones de afuera, y se queja de que no es tenido en cuenta, pero cuando el grupo toma finalmente sus ideas, siente que se las han robado. El líder control de calidad puede, en cambio, transformarse en un capanga que tiene al trote a todo el mundo. Finalmente, tenemos al realizador práctico, el caballo de tiro, el que trabaja pero siente que no es reconocido.

Para Ulloa, los líderes personalistas asumen todos estos roles juntos, menos el del realizador práctico (para eso tienen personajes en la sombra que cumplen esa función). Tampoco delegan. Y, sobre todo, no se abren al debate crítico. Para Ulloa, a estos líderes personalistas -a los que Rodríguez llama obsesivos-decididos y ejemplifica con Kirchner y con Perón- tampoco les interesa formar descendencia. Es decir, referentes que continúen con su tarea.

Pero, ¿por qué el líder personalista rehúye el debate? Porque la ideología, responde Ulloa, está soportada en la personalidad del sujeto, pero la personalidad se va cambiando en los debates críticos. En las resonancias, hay consenso, pero es en la disidencia donde hay enriquecimiento. El problema con los personalistas es que, ante la disidencia, tienen como respuesta la intimidación: imponen su punto de vista sobre el de los demás, descontando que es superador.

Para Rodríguez, existe otro tipo de liderazgo obsesivo, dependiente siempre de otros, de su equipo político o de consultores que lo rodean. Allí se podría ubicar a Mauricio Macri, sugiere el especialista. Ulloa pone un matiz: son los líderes que fueron preparados para ser príncipes y heredan, de algún modo, el poder transferido del padre.

López Mato asegura que Macri encuentra su perfecta contraparte en el liderazgo de claro sesgo femenino que practica la vicejefa porteña, Gabriela Michetti. "Michetti no exagera la frivolidad del cuidado corporal, aunque repite que le interesa que le confirmen que está linda. Su imagen apunta a ser ejemplo de resiliencia -una persona capaz de atravesar una crisis y salir fortalecida de ella- y es un buen contrapunto para el ideal de "vida regalada" que la gente atribuye a Macri".

Otros perfiles de liderazgo obsesivo son, para Rodríguez, los que dudan y quedan paralizados ante el poder, estilo De la Rúa. "Por definición, es menos común que lleguen a posiciones cimeras pero no imposible; es un tipo de obsesivo que gusta del poder, pero en tal grado que no soporta equivocarse. Queda atrapado entonces en sus devaneos y ese síntoma, la duda, lo devora". Otros ejemplos que podría abonar este perfil son, para el psicoanalista, Arturo Illia, o Irigoyen en su segunda presidencia.

También están los que siempre se ubican segundos en la línea de fuego. Gobiernan en la sombras, aunque detentan el poder sin ostentarlo, asegura López Mato. En las sombras no perciben los castigos, pero se sienten merecedores de los premios. Al no exponerla, no permiten que se juzgue su conducta. Tienen una gran influencia sobre los que figuran como primeros, a los que aconsejan, orientan y envidian en secreto. "Les gusta sentir la sensualidad del poder pero sin arriesgar -observa Rodríguez-, razón por la cual se las ingenian inconscientemente para ocupar siempre segundos lugares; disfrutan así de los efluvios de las alturas, pero no sufren sus consecuencias".

Aunque más raramente, también pueden llegar a fuertes posiciones de liderazgo los líderes paranoicos, como podrían ser Stalin, Hitler o Ben Laden. "Los paranoicos no sólo necesitan del poder sino que se sienten siempre perseguidos por fuerzas imaginarias o sobrevaluadas", señala López Mato. "Esto les sirve para justificar sus locos ideales de superioridad", añade.

Y no es infrecuente en la política la aparición de líderes perversos. Y aquí hay coincidencia en la definición: estos líderes sólo buscan satisfacción pura y propia, sin tener en cuenta ningún ideal colectivo, aunque le hagan creer al resto del mundo que responden a un interés superior. La linterna de sus vidas es su propia conveniencia.

Los líderes perversos son los realmente psicópatas, cree López Mato. En lo personal sus relaciones son desafiantes, inconclusas y poco gratificantes. Y tampoco es casual que muchas veces pongan a sus hijas en posición de primeras damas. El líder político perverso o psicópata no tiene sentimientos de responsabilidad, ni de culpa, y esto puede llevarlo, finalmente, a cometer defraudaciones y estafas, y a ser defenestrado por los mismos a quienes dirigió.

* * *

La entrevista termina y Fernando Ulloa parece dudar, parado detrás de un retrato donde aparece con su amigo, Pichon-Rivière. "Yo me he preguntado muchas veces -dice inesperadamente-, ¿es Cristina hechura de Kirchner o es al revés?"

-¿Y usted qué cree?

-Yo creo que es al revés. Porque soy de los que creen que, detrás de todo gran hombre, hay una mujer sorprendida, que pregunta: ¿y a este qué le vieron? .

Por Laura Di Marco
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