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La mirada de Ezequiel Fernández Moores

"Hi mister Fischer"

Deportiva

Está mal, el problema es serio", me confesaba Bragi Kristjonsson hace más de dos meses. Huersfigatif, su hermosa librería, está en la esquina de las calles Klapparstigur y Bokavardan, a cincuenta metros de la casa de Bobby Fischer. Pleno corazón de 101, como se conoce al Down Town de Reykjavik, la capital más septentrional del mundo, el lugar que Fischer, fallecido ayer, eligió como último refugio de su vida atormentada.

Kristjonsson era uno de los pocos que sabían en 101 que Fischer ya no dormía desde hacía varias semanas en su bonito departamento de la calle Klapparstigur, con vista al océano Atlántico. "Los médicos no saben qué tiene, pero es algo más que paranoia", me dijo Kristjonsson, un buen hombre. Primero se negó a responder sobre Fischer. Pero luego, cuando comenzamos a hablar de Jorge Luis Borges y las sagas islandesas, aflojó su dura postura inicial, contó su afecto por Fischer y algunas anécdotas. Sugirió que ya era suficiente y volvió a encuadernar libros del siglo XIX.

Hasta la revelación de Kristjonsson, tenía la esperanza de encontrarme en la calle con Fischer. Viajé a la pequeña Reykjavik con Pablo Vignone, de Página 12 , invitados al congreso Play the Game. El 2 de noviembre del año último, apenas terminó el congreso, caminamos a 101. Ni siquiera sé jugar al ajedrez, pero fuimos atraídos por la leyenda de Fischer, que estaba recluido en la capital de Islandia, que lo coronó campeón mundial en 1972 al derrotar a Boris Spassky y donde recibió asilo en abril de 2005, luego de que los Estados Unidos quisieron enviarlo a prisión.

La librería de Kristjonsson tal vez fue el último descanso de Fischer. Buscaba libros de historia y biografías sobre personajes "fuera de la ley", para escribir su propio libro sobre el tema. Leía inclusive mucho sobre Hitler. "Buscaba saber qué había en la cabeza de esa gente" , me contó Kristjonsson. Pero la mayoría de las veces Fischer se quedaba dormido sobre una silla de la librería. Rodeado de paredes que hablaban de él. En una estaba el afiche de su partida histórica ante Spassky. En otra, un boleto de aquel duelo, el asiento 3910, de la partida 18, jugada el 24 de agosto de 1972. Debajo de la espalda desnuda de Marylin Monroe y encima de una fotografía de Condoleeza Rice, estaba otra vez él: "Bobby Fischer teaches chess" (Bobby Fischer enseña ajedrez), decía la tapa de uno de los libros.

La empleada rubia y linda del Center Hotel, en la esquina de enfrente, no sabía que Fischer estaba en problemas. "Lo veo seguido, siempre pasa con su abrigo de cuero y su gorro de béisbol. Todos lo reconocemos, pero nadie lo molesta. Sé que es un personaje muy excéntrico. Le digo « Hi mister Fischer» y él siempre dice «hola »." Todos los vecinos con los que hablamos aquella tarde de cero grado en el 101 fueron cuidadosos, pero muy amables.

Superadas las reservas iniciales, cada uno tenía su propia anécdota sobre el hombre que revolucionó el ajedrez mundial. El hombre que a los 64 años pasaba los que serían los últimos meses de su vida caminando y caminando por las calles de 101. Saltando de un colectivo a otro. Y que, en su paranoia cada vez más grave, se había peleado hasta con sus mejores amigos de Reykjavik. Creía que ellos también eran agentes de la CIA dispuestos a envenenarlo.

Mi vuelo hacia Londres salía pocas horas después. Debía partir. No había podido hablar con Fischer, ni siquiera cruzármelo por la calle. Pero sabía que estaba grave e internado. De regreso a Buenos Aires terminé de leer "Bobby Fischer se fue a la Guerra" , el libro fabuloso de los periodistas ingleses David Edmonds y John Eidinow. Su infancia difícil. Sin padre, con una madre obsesiva, vigilada por el FBI por sus simpatías comunistas. Su mundo fijado en un tablero de ajedrez. Su paranoia. Su anticomunismo y luego su odio hacia las mujeres, los judíos, los negros y los Estados Unidos, el país que lo había convertido en un ícono en tiempos de la Guerra Fría, cuando destrozó a la maquinaria del ajedrez soviético.

La japonesa Miyoko Watai, su pareja, no atendía en el número telefónico que me habían dado. Sus amigos islandeses del Comité de Ayuda a Fischer me respondieron amables, pero cortantes. No hablarían públicamente del tema. Una mentira piadosa me permitió obtener la confirmación del Landspitalis: Bobby Fischer estaba internado. "¿Es grave?, ¿Puede decirme cuál es su enfermedad?", pregunté, sabiendo que no obtendría respuesta. Ayer se supo el desenlace: Bobby Fischer ha muerto. .

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