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Investigación

Basurales clandestinos: la amenaza de la contaminación a cielo abierto

Enfoques

Mientras los municipios de la Capital y del Conurbano discuten acerca del destino de 500 mil toneladas de basura producidas mensualmente, casi 150 basurales clandestinos contaminan la región metropolitana.
Por Lorena Oliva

Contracara nada marketinera del consumo, es frecuente que la basura genere lo que los expertos llaman el síndrome NIMBY ( Not in my backyard , o "No en mi patio trasero"): nadie la quiere cerca. Prueba de ello es la actual pulseada entre macristas y sciolistas para determinar cuál debe ser el destino final de ese kilo diario de desechos que cada habitante de la capital y del Conurbano genera.

Pero mientras los funcionarios discuten sobre cánones, rellenos sanitarios y hasta sobre la posibilidad de una futura incineración de esos residuos, cerca de 150 basurales clandestinos repartidos entre ambos distritos demuestran con absoluta claridad que la disposición final de la basura es apenas una pieza de un complicado y preocupante rompecabezas que pone en juego la salud de todo el entorno.

Lejos de ser excepcional, la escena del Conurbano es parte de una película de la que también forman parte unos dos mil basurales en todo el país, en los que se acumulan tanto residuos domiciliarios como peligrosos, a pesar de que difícilmente a alguien escape ya que esta situación no sólo vulnera el medioambiente sino también la salud de miles de personas que, en numerosas ocasiones, se encuentran habitando peligrosamente cerca de la basura. O incluso, a veces, viviendo sobre ella.

La causa de la existencia de estos basurales o vertederos es, en algunos casos, la simple negligencia de empresas que buscan evitar el pago a los operadores sanitarios correspondientes, lo que los convierte en clandestinos. Pero también se dan otros casos, en numerosas comunidades del país, en los que la falta de una política sustentable en materia de gestión de residuos los convierte en la única alternativa con la que sus habitantes cuentan para verter sus desechos.

De acuerdo con la Asociación para el Estudio de Residuos Sólidos, sólo el cuarenta por ciento de todos los residuos que se generan en nuestro país son desechados bajo ciertas normas de protección a la salud y el medioambiente, lo que significa que terminan en rellenos sanitarios como los operados por la Coordinación Ecológica del Area Metropolitana (mejor conocida como Ceamse), donde se concentran la basura de la Capital y la de 32 municipios del Conurbano.

Del sesenta por ciento restante sólo se conoce el destino final. Pero la cantidad de desechos que se concentran en estos dos mil basurales es un gran interrogante. Debido a que se trata de una actividad que roza la clandestinidad y la desidia, nadie se atreve a dar una cifra, siquiera aproximada. Pero si pensamos que el año último la Ceamse recibió más de cinco millones de toneladas de basura provenientes sólo de la ciudad y 32 partidos del Conurbano, este simple dato puede dar una idea de la magnitud en juego a nivel nacional.

El geólogo y consultor ambiental Ricardo Pérez García menciona algunas razones para la proliferación y permanencia de estos basurales, a pesar de que su peligrosidad sea por todos conocida. "Principalmente, por su bajo costo de mantenimiento: ninguno. También hay otros factores, como el colapso de los actuales rellenos sanitarios, deficiencias o ineptitud en los servicios urbanos de recolección, la ocupación de mano de obra informal y hasta la falta de recursos para el control, ya sea por el interés de algunos sectores para que la situación no cambie o por inoperancia estatal."

En la provincia de Buenos Aires, más allá del segundo cordón del Conurbano, el destino final de los residuos suele ser el basural municipal. En los hechos, se trata de un espacio en el que se dispone la basura sin demasiado tratamiento previo o posterior, bajo el conocimiento -y el consentimiento- de los propios municipios. De todas maneras, a los basurales municipales les quedaría una corta vida si se cumple la ley sancionada a fines del año último que prohíbe su existencia y establece un plazo de cinco años para que los municipios afectados reviertan tal situación.

"Hasta no hace mucho, en buena parte de los municipios del país, lo único que importaba era la recolección de los residuos. En dónde terminaban esos desechos era otra historia de la que nadie se quería enterar", explica Sofía Bordenave, responsable del plan nacional que lleva adelante la secretaría de Medio Ambiente de la Nación que apunta a cambiar esa costumbre histórica de amontonar la basura por otras más sustentables.

La funcionaria cita como ejemplo el caso de la ciudad de Mar de Plata, en donde hay, dice, un "dantesco" basural de 45 metros de altura. Pero la Perla del Atlántico hoy es una de las ciudades que, de acuerdo con Bordenave, está más avanzada en la búsqueda de una estrategia de residuos más amigable con el medio ambiente. También Rosario y las provincias de Chubut, Mendoza, Tucumán y Jujuy.

Amenaza permanente

Mientras tanto, los perjuicios de la convivencia sin control entre los seres humanos y sus desechos son múltiples. Al estar sometidos a la acción de las aguas de lluvia que lavan los residuos (muchos de ellos de carácter corrosivo, tóxico y reactivo), en los basurales a cielo abierto se generan líquidos a veces cargados de compuestos peligrosos o tóxicos. Estos líquidos no sólo contaminan el suelo sino que también pueden afectar las napas subterráneas.

"A estos sitios arriban habitualmente numerosas aves en busca de alimento -contaminado- y constituyen el alojamiento de plagas animales como roedores e insectos, que suelen comportarse como vectores de enfermedades. Aún más: el vertido clandestino de residuos patogénicos constituye una amenaza permanente para la salud de la población inmediata y para los mismos recolectores informales que los manipulan", continúa Pérez García.

La gente de la Ceamse (que gestiona tres rellenos sanitarios ubicados en Ensenada, González Catán y el Camino del Buen Ayre) cuenta con estimaciones no muy alejadas a las de la ARS. El organismo contabiliza el sesenta por ciento de los 134 municipios del Conurbano con basurales o vertederos, en lugar de rellenos sanitarios. A nivel nacional, estiman, la proporción es cincuenta-cincuenta.

En todos los casos, de lo que se trata es de enterrar la basura (otras opciones utilizadas en otros países son reciclarla, incinerarla o desarrollar estrategias que impliquen un mix de todas estas opciones). Pero los rellenos sanitarios son los espacios que mayores garantías de protección de la salud y el medio ambiente ofrecen en la medida en que estén bien operados.

Pero ¿cuáles son las diferencias entre un relleno sanitario y un basural a cielo abierto?

"El relleno es una obra de ingeniería con membrana de protección en su base; tiene suelo impermeabilizado, monitoreos ambientales y análisis periódicos tanto del aire como del agua circundante. Además cuenta con una barrera forestal y tiene el acceso restringido. Ninguna de estas condiciones se cumple en un basural clandestino o un vertedero", explica Rosalba Sarafian, jefa del departamento de Ingeniería de Proyectos y Asistencia Técnica de la Ceamse.

La eficiencia en cuanto a la construcción y posterior operación de estos rellenos genera debates -y todo tipo de resquemores- en el mundo del activismo ambiental. Nadie quiere la basura cerca, sobre todo después de 2002, cuando las denuncias de los vecinos -por daños a la salud- lograron hacer cerrar el relleno sanitario de Villa Domínico.

En forma bastante reciente, los habitantes de Brandsen se manifestaron con cortes de ruta en señal de rechazo a la instalación de un relleno en su municipio "¿En dónde termina actualmente la basura de esa gente? En un basural que no cumple con ninguna norma de control", se pregunta y se responde Carlos Hurst, ex director de la Ceamse.

Lo cierto es que aún en las zonas que han establecido convenios con algún operador de rellenos sanitarios, un porcentaje de sus residuos se queda en el camino y engorda los basurales clandestinos.

Mario Módica, de la Fundación Ambiente y Sociedad, calcula -siendo muy conservador, aclara- que los basurales clandestinos de la capital y el Conurbano absorben un veinte por ciento extra, además de las 15.000 toneladas diarias que esos distritos producen y terminan en la Ceamse. "Buena parte de esos desechos la aportan los volqueteros, así como los residuos que se generan en la construcción y las demoliciones, cuyos generadores prefieren dejar estos desechos en cualquier parte y así ahorrarse el pago al operador del relleno sanitario. Basta que se arroje un volquete en una zona descampada para que eso la habilite como un basural", explica el experto.

También las villas de emergencia suelen ser grandes generadoras de basurales a cielo abierto. La razón es muy simple: los camiones recolectores de residuos no transitan sus calles por obvias cuestiones de seguridad. Entonces, la basura acaba amontonada en terrenos baldíos para nada alejados de su población. Hasta pueden llegar a ser los cimientos sobre los que se asientan viviendas precarias, como es el caso de la villa 21/24, al sur de la ciudad, en la que en los últimos meses se instalaron nuevos habitantes a la orilla del Riachuelo sobre montañas de basura.

Es bastante conocida la estrecha relación entre el Riachuelo y la basura. Y la estrategia de saneamiento que, por orden de la Justicia, la secretaría de Medio Ambiente lleva adelante parece, al menos, contemplarla. El plan, llevado adelante por la secretaría y los intendentes de los municipios afectados, contempla la erradicación de los poco más de cien basurales diseminados alrededor de la cuenca Matanza-Riachuelo.

Hasta el momento, el organismo identificó 61 basurales; 26 de ellos con más de 57 mil toneladas de residuos peligrosos que afectaban en forma directa la vida de 950.000 personas. Para su erradicación se llamó a una licitación pública, en tanto que la limpieza de los 35 vertederos restantes, principalmente compuestos por residuos domiciliarios, correrá por cuenta de los municipios afectados con el soporte de la secretaría de Medio Ambiente.

Marcelo Vensentini, actual integrante de la Fundación Ambiente y Sociedad y ex subsecretario de Medio Ambiente de la Ciudad durante la anterior gestión, cree, sin embargo, que, en la medida en que no se modifique la gestión integral de los residuos, cualquier estrategia de saneamiento es un despilfarro de recursos. "Si se implementara una verdadera política de separación en origen y de recuperación, yo creo que en dos o tres años el caudal de desechos podría reducirse a la mitad. Pero para esto hay que reordenar el sistema externo de residuos; promover una gestión participativa, o sea, comprometer a cada intendente, y lograr que haya una apropiación social de todo esto."

Con él coincide Andreína de Caraballo, presidenta de la Fundación Ciudad. "A pesar del rechazo que los centros de disposición final generan, una consideración equilibrada de los factores económicos, tecnológicos y ambientales confirma la conveniencia de un modelo de gestión con relleno sanitario como instancia final, sólo que para un volumen sustancialmente menor. Es necesario encaminarse hacia una menor producción de residuos. Esto implica cambios importantes en los hábitos ciudadanos."

Generalmente confinados a la punta del pueblo, en lo posible cerca de algún curso de agua que se encargue de limpiarlos con alguna periodicidad, los grandes basurales que hasta hoy funcionan en numerosas ciudades del país nos hablan no sólo de una falta de política ambiental y de la puja por un negocio millonario, también desnudan una falta de conciencia general, que habrá que modificar con políticas públicas. Porque si no, como advierte Ricardo Rollandi, presidente de la Asociación para el Estudio de Residuos Sólidos, los basurales se seguirán regenerando. .

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