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Nota de Tapa

Cara a cara con el Aconcagua

LA NACION revista

La aventura de dos periodistas de LA NACION en la montaña más alta del continente. La provocación del cerro es infinita: glaciares imponentes, falta de oxígeno, paisajes de belleza conmovedora y la sensación de fragilidad que uno siente cuando queda expuesto día y noche a la voluntad de fuerzas superiores

Atreverse a la cumbre del Aconcagua, la montaña más alta del continente y del hemisferio sur, es como ir a golpear a las puertas del cielo sin haber sido invitado. A casi 7000 metros sobre el nivel del mar, con poco oxígeno, bajas temperaturas y un clima que tiene reputación en el alpinismo mundial por lo caprichoso y extremo, nadie puede decir de antemano que tiene asegurado el derecho de admisión.

Lo comprobamos en carne propia poco antes de Navidad, la mañana en que salimos en busca de la cima después de llevar una semana y media escalando y haciendo excursiones de aclimatación. Fue una lección inesperada y, en más de un sentido, brutal.

Las dos noches previas habíamos dormido a 5930 metros, demorados por una tormenta de nieve, dentro de una pequeña carpa amarilla sacudida sin tregua por ráfagas de viento llegadas desde el Pacífico que amenazaban con arrancarla de las piedras a las que estaba amarrada y hacerla rodar con inquilinos y todo sobre las rocas que cubren el suelo congelado de Berlín, el último campamento antes de la Cumbre Norte. Al amanecer del tercer día, algo debilitados porque no teníamos ganar de comer y por el sueño (a esa altura es difícil dormir más de media hora seguida), supimos que la espera había terminado. El cielo estaba limpio, de un azul intenso, irreal, como pintado, y el nuevo parte meteorológico era optimista. Dos buenos motivos para creer que la foto en la cima, el sueño de todo montañista, estaba un paso más cerca.

Dejamos la carpa vestidos con tres capas de ropa, botas dobles, camperas de duvet, máscaras, dos pares de guantes y cargados con botellones térmicos que habíamos llenado con nieve derretida. Pusimos también en las mochilas los picos de escalar, por si había que atravesar campos de hielo. Las siluetas abultadas por los abrigos y los movimientos lentos nos daban el aspecto de astronautas desembarcados en alguna geografía hostil.

Bajo el cielo despejado y a la luz del amanecer, el campamento ahora parecía otro: las cinco o seis carpas levantadas al borde del abismo se destacaban como la única nota de color en medio del paisaje sin límites, silencioso, tan ajeno a cualquier escala humana que provoca vértigo, y rodeado por montañas cuyos picos asoman distraídamente por encima de las nubes.

El grupo era reducido, de sólo cuatro personas: Pablo Pilotta, un guía de Mar del Plata con varias cumbres en diferentes países, carácter y gran sentido del humor; Juan Manuel Raselli, su discípulo y asistente; Daniel Merle, editor de fotografía de La Nacion y que intentaba por segunda vez el Aconcagua, y este cronista. En el momento en que decidimos por fin ir por la cumbre, Juan Manuel no pudo acompañarnos. Tuvo que quedarse acostado en la bolsa de dormir, solo, convaleciente, después de pasar una noche miserable afectado por la altura, entre mareos y vómitos. Su único consuelo fue que ya no estaba en la fragilidad de la carpa, sino en el refugio de madera de Berlín, abandonado la noche previa por una expedición ecuatoriana. Sólo tres de nosotros intentaríamos entonces llegar hasta el final.

La regla de las tres D

Lo que sucedió más tarde en el tramo superior de la llamada ruta normal, que conduce de Berlín a la Cumbre Norte, es algo que Daniel no podrá olvidar, aunque lo intente. Tampoco nosotros. Los hechos, a grandes rasgos, ocurrieron así.

Unas dos horas después de dejar el campamento, mientras encarábamos una pendiente pronunciada y cubierta de nieve, en la que distinguíamos las huellas de un grupo que nos precedía, Daniel se detuvo de golpe sin decir palabra. Una tregua, pensamos; seguro que el esfuerzo lo dejó sin aliento y necesita cambiar el ritmo de la respiración. Pero tiró los bastones y se dejó caer sobre la nieve sin siquiera quitarse la mochila. Desde el suelo trató de explicar algo, pero no le entendimos. Estaba agotado, confundido. Era evidente el esfuerzo que hacía para tragar bocanadas de aire y compensar la pobreza de oxígeno de la atmósfera enrarecida. El guía hizo un gesto para que nos alejáramos unos pasos. Su diagnóstico fue una cachetada. "No sólo no va a dar un paso más hacia arriba -dijo-; tampoco creo que pueda bajar."

Daniel había cambiado de posición y estaba recostado sobre la mochila en un intento por amortiguar el peso del cuerpo. Tenía la mirada perdida y el gesto de agobio de alguien que está exhausto. Los labios le habían cambiado de color. Durante el entrenamiento, yo había leído varios artículos acerca del mal agudo de montaña y sus efectos impredecibles, pero por primera vez me encontraba ante una víctima real que no sólo seguía allí, acostada en la nieve, sino que, además, no parecía comprender lo que sucedía a su alrededor.

Inmovilizados a 6200 metros, la ausencia de Juan Manuel empeoraba las cosas. No sabíamos si Daniel volvería a ponerse de pie, ni cuándo; tampoco si soportaría el peso de la mochila. El médico más cercano estaba unos dos mil metros más abajo. El único helicóptero que opera en el Parque Aconcagua no había aparecido todavía esta temporada; además, estábamos a demasiada altura para un rescate en helicóptero.

El guía decidió que no había otra salida que "seguir la regla de las tres D". Descender, descender y descender, explicó: son las tres únicas cosas que uno puede hacer cuando alguien está en problemas. Después se acercó a su mochila, la abrió y mientras buscaba algo en su interior preguntó. "¿Sabés cómo se conectan los tubos? Tengo uno acá, el otro quedó en Berlín."

Hablaba de los tubos con oxígeno comprimido, sobre los cuales habíamos hecho bromas sin parar durante el ascenso y que en un comienzo nos habíamos negado a traer. Los considerábamos una excentricidad, como salir de casa cada mañana con paraguas. Son de aluminio ultraliviano, del tamaño de un termo grande, y tienen una capacidad de 400 litros cada uno. Los especialistas en medicina aeronáutica que nos ayudaron a entrenar para el ascenso (ver recuadro) fueron los que dieron el alerta: no llevar oxígeno arriba de los 5000 metros es como jugar a la ruleta rusa con un revólver cargado con todas las balas. Al final cedimos, aunque sabíamos que casi nadie va al Aconcagua con oxígeno.

Alquilamos los tubos en Avellaneda y los transportamos en auto más de mil kilómetros porque las compañías aéreas y de ómnibus prohíben llevarlos en las bodegas. Lo consideran "material peligroso". A lomo de mula primero y con la ayuda de porteadores después, fueron subidos desde la entrada del Parque Provincial Aconcagua hasta cada campamento de altura.

Una noche de insomnio alguien hizo una pregunta para la que nadie tenía respuesta: qué pasaría con la pobre mula que cargaba los tubos si se despeñaba en un barranco.

Un descenso contra reloj

El oxígeno tuvo en Daniel un efecto mágico. Quince minutos después de introducirle dos pequeñas cánulas de plástico en la nariz y de abrir la válvula de paso, su aspecto empezó a mejorar y sus frases a tener sentido. Pero el guía señaló otro peligro. Continuábamos a 6000 metros, sometidos a la voluntad de una meteorología implacable y en el mejor de los casos el oxígeno duraría unas ocho horas. Con o sin su colaboración a Daniel teníamos que evacuarlo, ayudarlo a llegar a Berlín, confiar en que Juan Manuel estuviese recuperado, desarmar rápido el campamento, cargar el equipo y seguir hacia abajo.

Como siempre, la montaña imponía el ritmo. La ilusión del día de cumbre, los preparativos y los meses de duro entrenamiento ya eran parte del pasado. En el presente sólo había lugar para un descenso en estampida parando en todas: Berlín (5930 metros), Nido de Cóndores (5550), Cambio de Pendiente (5300), Plaza Canadá (5050), Piedra Conway (4750) y Plaza de Mulas (4300). Un porteador con paciencia de monje nos esperó a mitad de camino, bajo una suave nevada, y liberó a Daniel del peso de su equipo.

Esa noche y en esas circunstancias Plaza de Mulas fue mucho más que el modesto asentamiento de frontera que abre sólo cuatro meses al año, el único lugar civilizado en la montaña: nos pareció un oasis en medio de la nada. El bullicio que escapaba de las carpas y el hecho de que en muchas se hablaran idiomas diferentes acentuaba esta impresión. La alegría de estar allí, sin embargo, no fue la suficiente como para olvidar los precios exorbitantes que nos habían cobrado días antes, cuando iniciábamos el ascenso. Quince dólares por una ducha caliente. Cinco por una toalla. Diez por una llamada de teléfono de cinco minutos. Quince por otros tantos minutos de Internet. Cada vez que uno paga siente que está comprando la última Coca-Cola del desierto.

El capítulo final de la retirada fue al día siguiente, a lomo de mula. Guiados esta vez por un arriero, volvimos a hacer de un tirón los treinta kilómetros hasta la entrada del parque. Las mulas, para ser honestos, se encargaron de todo: los jinetes nos limitábamos a juntar coraje o a cerrar los ojos cuando los animales encaraban un sendero pegado al precipicio o vadeaban arroyos de verano desbordados por una furiosa corriente de agua espesa y color chocolate. El camino era un magnífico catálogo de paisajes cordilleranos: el caluroso desierto de Playa Ancha, la temida Cuesta Brava, los infinitos obeliscos de hielo de los penitentes y la rumorosa quebrada del río Horcones, cubierta de manchones de flores silvestres que aroman el aire, y cuyos pasos por momentos son tan estrechos que podíamos escuchar el tintineo de los estribos al golpear contra las rocas. Fue en esa quebrada donde Daniel decidió darse el alta. Cuando las mulas pararon a tomar agua en un cauce, gritó: "El año que viene vuelvo".

Entre el coraje y la modestia

Es más fácil decir que uno juega al rugby, pesca con mosca o hace yoga que explicar por qué va a la montaña. Lo saben, entre otros, los siete mil escaladores, la mayoría de ellos extranjeros, que esta temporada intentan conquistar la cumbre. Pero no es un caso de mala prensa. Se trata más bien de una percepción bastante extendida y errónea que asocia sin excepción y como si fuesen partes de un todo a los escaladores con el sufrimiento, los accidentes y la tragedia.

Es verdad que la lista de víctimas fatales en el Aconcagua ya registra cien nombres. También es cierto que pasar la noche en la altura puede convertirse en una pesadilla porque todo se congela, desde el dentífrico y el protector solar hasta el circuito de las cámaras de fotos, y es necesario orinar dentro de la carpa en botellones de boca ancha porque hacerlo a la intemperie implica riesgos adicionales. Además, para no deshidratarse, hay que beber agua como un camello hasta consumir de tres a cinco litros diarios. La consulta permanente con el oxímetro aporta otra cuota de estrés. Es un instrumento del tamaño de un reloj que detecta cómo se reduce la cantidad de oxígeno en la sangre a medida que se asciende y cómo se acelera el ritmo cardíaco en la altura.

Sin embargo, las conversaciones que se escuchan en los campamentos al final del día son el reverso de la moneda. Los rigores de escalar son aceptados como lo que son: parte de las reglas de juego. El ambiente es de optimismo y la certeza compartida es que no existe obstáculo que no pueda ser vencido. El coraje no parece ser el sentimiento dominante en la montaña, sino más bien la prudencia y la curiosidad.

Sebastián Letemendía, uno de los alpinistas argentinos más respetados, está convencido de que escalar es, en definitiva, un ejercicio de humildad. En un libro reciente que documenta sus numerosos ascensos lo explica con estas palabras: "Los grandes espacios, al exponernos durante períodos prolongados a fuerzas superiores, nos hacen replantear nuestra confianza ciega en lo humano. Nos inducen a la modestia, algo de lo que definitivamente carecemos como especie".

Es comprensible que la montaña, inspiradora de las catedrales, siga siendo un escenario propicio para la reflexión, tanto para creyentes como para escépticos y hombres de acción. Hay escaladores que recuerdan su paso por el Aconcagua como un recreo espiritual que demanda más esfuerzo y concentración. Para otros, es la posibilidad de internarse en vastos paisajes de silencio en donde se puede deambular durante días sin encontrar una sola señal del tercer milenio.

No hay dos montañistas iguales

Los franceses que encontramos una mañana caminando rumbo a Plaza Francia pertenecen, sin duda, al grupo de quienes buscan algo más en la montaña. Ella era joven, atractiva, y fue la primera que vimos aparecer en el sendero. El marchaba detrás, era ciego y la doblaba en edad. El hombre la sujetaba de la cintura con una mano mientras que con la otra aferraba un bastón blanco con el que tanteaba las piedras. Le pidieron al guía precisiones sobre las dificultades que encontrarían más adelante. Estaban orgullosos de haber alcanzado los 4000 metros. Se sentaron los dos sobre una roca a tomar agua y, si no fuera por el bastón y el hecho de que llevaban sólo una mochila liviana, era fácil confundirlos con una pareja más de escaladores. El hombre comentó que se sentía muy feliz y que pensaban regresar esa misma tarde a Confluencia, donde habían dejado la carpa. "El murmullo del río Horcones -nos dijo- es una gran compañía. La única molestia que siento es en las rodillas cuando bajo pendientes en las que hay piedras sueltas."

La admiración que despertó la pareja de franceses, cuyos nombres jamás supimos, duró lo que demoraron en marcharse. El guía, tal vez con la intención de darnos un baño de realidad, recordó algunas historias de los llamados "clientes imposibles".

Mencionó primero el caso del comerciante que vendió su casa y su auto para financiar sucesivas expediciones y convertirse en una celebridad en su país: ser el primer cubano en subir al Aconcagua. Estaba convencido de que ese récord de alguna manera lo haría millonario. Nunca lo logró. Luego recordó a la empresaria coreana que, agotada y al borde del colapso, despidió al guía que había contratado porque éste se negaba a llevarla en ese estado a la cumbre. Dos guardias tuvieron que subir hasta el campamento en el que ella estaba moribunda pero atrincherada y la escoltaron hasta un lugar seguro. El caso más incomprensible, sin duda, es el del hombre que decidió subir desnudo a la cima. Ningún guía quiso ascender con él. Era alguien al que Joaquín Sabina hubiera considerado el mejor dotado de los alpinistas suicidas.

La ironía de la cumbre que alienta estos desvaríos es que es un páramo helado, del tamaño de dos canchas de tenis, de aspecto hostil y cubierto de rocas. Digamos que tiene el encanto de una playa de estacionamiento vacía bajo el sol de febrero. Pero, ya se sabe, la cumbre no es otra cosa que lo que cada uno pone en ella.

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Por Héctor D´Amico
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