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Editorial I

La histórica mediación papal de 1978

Opinión

En el curso de este año se cumplirán tres décadas de un acontecimiento de extraordinaria proyección histórica y moral: la decisión de Juan Pablo II de ofrecerse como mediador en el gravísimo conflicto de soberanía que Chile y la Argentina mantenían, hacia 1978, por la posesión de las islas situadas al sur del canal de Beagle y por el dominio de los espacios marítimos adyacentes. El extremo sur del continente estaba convulsionado, en esos días, por el preocupante clima de belicosidad que se había instalado entre esas dos naciones hermanas y por la inminencia de un enfrentamiento armado que a juicio de muchos observadores se presentaba como inevitable.

En las vísperas de Navidad de 1978 la relación entre los gobiernos de Santiago y Buenos Aires -ambos integrados por jefes militares que habían tomado el poder por la fuerza y que carecían, por lo tanto, de legitimidad democrática e institucional- se había tensado al máximo. Las autoridades argentinas habían rechazado de plano el laudo arbitral británico de 1977, que favorecía las pretensiones de Chile sobre las islas Picton, Lennox y Nueva. Y se empezaban a oír declaraciones arrogantes y decididamente belicosas de algunos de los jefes militares involucrados en el conflicto, todo lo cual creaba un ambiente que parecía escapar a todo control y que prenunciaba días aciagos para ambos pueblos.

En ese sombrío contexto, Juan Pablo II formuló el ofrecimiento de que la Santa Sede actuara como mediadora para encontrar una solución pacífica al litigio. En la noche del 21 al 22 de diciembre de 1978, las fuerzas militares de los dos países se mostraban dispuestas a enfrentarse en las aguas del Beagle, ante la mirada impotente de los más prestigiosos agentes de la comunidad internacional. Las dificultades climáticas imperantes determinaron que se demorara el choque de los efectivos y ese retraso dio tiempo para que en la mañana del 22 se realizara una reunión de emergencia en el Vaticano, durante la cual el Sumo Pontífice realizó un dramático llamado en favor de la paz ante el Sacro Colegio Cardenalicio de Roma, en presencia de los embajadores de las dos naciones beligerantes. "Es motivo de profundo dolor y de íntima preocupación -dijo en esa oportunidad Juan Pablo II- el enfrentamiento entre la Argentina y Chile que se ha ido agudizando en este último período, a pesar de las vibrantes invocaciones a la paz formuladas por los Episcopados de los dos países."

De inmediato, el Papa designó al cardenal Antonio Samoré figura clave para la negociación que debía desarrollarse a fin de que cesaran las hostilidades y los dos gobiernos se decidieran a entablar una nueva ronda de conversaciones. Se decidió que Samoré viajaría sin más demora a entrevistarse con las autoridades de ambas naciones y que el día 27 estaría ya en Buenos Aires para dialogar, en primer término, con los gobernantes argentinos.

Se sucedieron quince días de vértigo, durante los cuales resonó como una mínima señal de esperanza una frase tímidamente alentadora del cardenal elegido por el Papa: "Alcanzo a divisar una lucecita al final del túnel", declaró en aquel momento Samoré, tras haber concretado sus primeras gestiones de paz. Finalmente, el 8 de enero de 1979, los cancilleres de Chile y de la Argentina, reunidos en el Palacio Taranco, en la capital uruguaya, estamparon su firma al pie de lo que se conoció como el Acta de Montevideo, en virtud del cual ambos países pedían formalmente la intervención de la Santa Sede para encontrar una solución que zanjara sus diferencias en el canal de Beagle. Junto con ellos firmó el cardenal Samoré, ejemplo singularísimo de prudencia y sabiduría diplomática, quien en pocos días había logrado aplacar a los grupos militares más exaltados de ambos países y había conseguido que se reabrieran las negociaciones encaminadas a posibilitar una solución pacífica. La lucecita que el veterano cardenal había entrevisto continuaba encendida.

El resto de la historia es conocida. Juan Pablo II presentó su propuesta final de acuerdo el 12 de diciembre de 1980. El laudo papal, sin embargo, no fue definitivamente aceptado por nuestro país hasta que el presidente Raúl Alfonsín, ya restaurada la democracia, convocó a una consulta popular para que los argentinos apoyaran o rechazaran el texto pontificio. En la votación, la propuesta de Juan Pablo II obtuvo el apoyo del 82 por ciento de la población. En noviembre de 1984, los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle firmaron en el Vaticano el tratado definitivo de paz y amistad. Por último, en 1991, los presidentes Carlos Menem y Patricio Alwin dieron por superado el conflicto de límites entre Chile y la Argentina.

Se ha dicho muchas veces, con plena razón, que la mediación del papa Karol Wojtyla llegó en el momento justo y aportó la fuerza moral necesaria para evitar que dos pueblos hermanos se desangraran en una guerra de inimaginables consecuencias. Chilenos y argentinos debemos conmemorar, a treinta años de distancia, la providencial intervención de Juan Pablo II, que debería quedar en nuestra memoria como uno de los grandes regalos que nos deparó la historia. .

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