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Editorial I

El fenómeno Lavagna

Opinión

El ex ministro de Economía Roberto Lavagna sabía a lo que se exponía cuando se anunció, desde el escenario de la residencia presidencial de Olivos, su retorno activo al Partido Justicialista. No por haber carecido entre sus antecedentes de una carrera política clásica o de un cargo asignado por la voluntad popular hay algo que autorice a amenguar el papel protagónico que ha desempeñado en la política nacional en los últimos años o a subestimar la experiencia por él adquirida como funcionario, diplomático y economista de varios gobiernos. Entre otros, los de los presidentes radicales Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa.

Menos sorprendente que el cinematográfico anuncio de anteayer, con una distribuidora que seleccionó con libertades de empresa privada las salas de estreno de la proyección -dónde sí, dónde no-, había sido el ascenso del doctor Lavagna a los primeros puestos en la esfera pública. Se podrán discutir, como se ha hecho desde estas columnas de opinión editorial, sus criterios como técnico y economista, pero no podrá decirse que haya sido un arribista que trepó, de la noche a la mañana, a empinadas posiciones gubernamentales desprovisto de mundo y de conocimientos académicos.

Tampoco pareció nunca ser del caso, al menos con la perspectiva más que centenaria desde la cual se juzga aquí el acontecer nacional, atribuirle un estilo que debiera ser desparasitado de las causas de irritabilidad, incontinencia verbal y temeridad que han ido caracterizando algunas formas de conducir los negocios públicos del país. En todo caso, su nombre ha sido garantía, aun en decisiones inevitablemente erróneas, de un carácter templado en la reflexión y la prudencia por las que se ha reclamado sin mayor eco. Y si alguna vez se ha imputado al doctor Lavagna una compostura algo más altiva de lo conveniente, eso no servirá más que para enardecer a lo que queda de la oposición al matrimonio gobernante y enrostrarle a aquél que ha demostrado, al fin, tener los vicios propios del "gran hombre que no fue", según la aguda imprecación de Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos , contra el gran escritor alemán Hermann Hesse.

No es éste, además, el lugar para enjuiciar al doctor Lavagna por la decisión que ha tomado sin conocimiento de sus aliados, por así decirlo, hasta ayer mismo: los radicales. O para que nos hagamos cargo, a pesar de la sorpresa natural que produjo en todos la imprevista comunicación oficial de anteayer, de la estupefacción con la que habrá asistido a todo esto por lo menos una franja considerable de los más de tres millones de argentinos que pusieron en las urnas la boleta presidencial con su nombre.

Es ese último un problema del doctor Lavagna con los radicales y con sus votantes. O del doctor Kirchner con el doctor Lavagna, en el supuesto remoto de que aquél, con olvido de todo lo que ha aprendido en una vida de política práctica, se hubiera sentido seducido por la posibilidad de sumar a la causa oficialista, en futuras compulsas electorales, los tres millones de votos obtenidos por el ex ministro.

La política es por esencia dinámica y ya se verá qué ocurre con esos millones de votos. Así lo comprueban, seguramente con la perplejidad predicha, no pocos de entre quienes acompañaron en octubre la candidatura presidencial del doctor Lavagna. Sin embargo, no más de veinticuatro horas después del rimbombante anuncio, el ex ministro ha dicho que siguen en pie los desacuerdos que mantenía con el Gobierno.

Como él no los ha recordado específicamente, vale la pena enumerar algunos de ellos de acuerdo con las apelaciones metafóricas que utilizó en su momento: "La izquierda revanchista ha vaciado de contenido al peronismo", "Si Cristina Kirchner va al supermercado, se va a dar cuenta de que vive en una torre de marfil" (por la manipulación de las cifras del Indec, si no, ¿por qué iba a cuestionarse dónde vive la Presidenta?), "La Argentina fue furgón de cola de Chávez" (sin duda, por el desaire incurrido en el precipitado viaje del ex presidente y del actual canciller a la selva colombiana y el consiguiente retorno con las manos vacías).

En el recuento no pueden faltar otras dudas que seguramente serán dilucidadas en el futuro. ¿Qué dirá ahora Lavagna del "capitalismo de amigos" que les reprochaba a los Kirchner? ¿Insistirá en que la venta del 14,9 por ciento de YPF no debió haber sido facilitada a los Eskenazi, amigos de los Kirchner, sino a Enarsa, propiedad del Estado? ¿Cómo será su relación con el ministro Julio De Vido, a quien acusó antes de irse del Gobierno? Y, por último, ¿qué explicación dio a sus seguidores?

Vale igualmente tener presente la desazón con la cual el ex ministro de Economía asistió, en sus últimos días como tal, a la IV Cumbre de las Américas. En Mar del Plata, la Argentina, país anfitrión, se había prestado, contra reglas elementales de la diplomacia y la hospitalidad, a la realización de una contracumbre de hostilidad abierta a los Estados Unidos y su presidente. De estas cosas hasta el Partido Demócrata toma nota.

Por si fuera poco, Lavagna ha utilizado expresiones mordaces para referirse a la política vigente en materia de obras públicas y se ha encolumnado entre quienes vienen advirtiendo al Gobierno sobre las consecuencias de una política que lleva al desabastecimiento energético. De modo que si sus diferencias, explicitadas públicamente desde fines de 2005, con aspectos negativos de la administración nacional subsisten, el tema en debate para quienes votaron por su candidatura sería desde qué lugar seguir formulando esas críticas. Esto es, si desde Una Nación Avanzada (UNA), la agrupación que él mismo fundó tiempo atrás, o si desde la conducción del Partido Justicialista, en reorganización bajo la jefatura del ex presidente Kirchner.

En rigor de verdad, el doctor Lavagna nunca dejó de ser peronista. La marcha partidaria que cantó en plena campaña y su exaltación de los íconos principales del peronismo constituyeron motivo suficiente de atracción para un cierto tipo de sufragios y para la retracción de otros. Además, fue el único candidato presidencial que se atrevió a felicitar por el triunfo a la señora Cristina Fernández de Kirchner, con lo que estableció un matiz diferenciador dentro del espectro que compitió contra el Frente para la Victoria.

Claro que si nada de lo que el doctor Lavagna dijo o hizo en estos dos años resultó, como ha dicho ahora, ajeno a una actitud opositora, sino que ha sido más bien parte de un juego de alternativa al statu quo reinante, vuelve a ser una cuestión sobre la que deberán responderse a sí mismos quienes, habiéndolo votado en octubre, sientan hoy el peso de un desconcierto agobiante. En un ensimismamiento que Shakespeare podría seguramente describir mejor que nadie habrán entrado también a estas horas aquellos que decidieron en su momento, en nombre de la Unión Cívica Radical, que nadie representaría mejor al partido de Alem e Yrigoyen en los recientes comicios que el ex ministro de Economía.

El tipo de fenómenos al que asistimos no suele ocurrir sino en beneficio de las fuerzas políticas en ascenso o en estado de consolidación de su ascendiente efectivo. De modo que la primera conclusión central e inmediata es que estamos frente a un hecho político demostrativo de la magnitud del peso gubernamental, hoy por hoy al menos. La segunda conclusión es la probanza, una vez más, de que el contenido ideológico del peronismo es periférico o secundario a su tejido central; lo dominante del peronismo es el sentido hiperrealista de la política. Se ha objetivado de tal modo con el posicionamiento de viejos líderes gremiales, con el de los cuadros bonaerenses que se suponían leales al ex presidente Duhalde y pasaron, sin embargo, en bloque al kirchnerismo y con el de todos aquellos que, habiendo sido ejecutores de las políticas neoliberales de los años 90, las denuestan como si nada subidos a la última ola de la moda política. Y como lo ha confirmado el hecho que comenta ahora mismo la opinión pública. Maquiavelo, un niño.

En tiempos de desconcierto financiero y económico internacional, no es una mala noticia la aproximación formal al elenco gobernante de un hombre cuya experiencia y renombre exceden los de todos aquellos que han estado a mano de la Casa Rosada en los dos últimos años. Ese valor implícito, tanto hacia afuera como hacia adentro, han de haberlo apreciado quienes intervinieron, con discreción admirable, es cierto, en las gestiones de aproximación que han incluido, por añadidura, al último de los duhaldistas recalcitrantes, el ex diputado Eduardo Camaño.

Tal tipo de observación alcanza, en principio, a la nueva definición, hecha por el doctor Kirchner, de un peronismo situado en el "centro progresista". Suena desde aquí mejor, como se comprenderá, que la asunción de una "izquierda progresista", pero han sido tantas y tan contradictorias las variantes recorridas en nombre de aquel sentimiento político en los últimos sesenta años -del fascismo y el trotskismo al social cristianismo y la social democracia y el liberalismo- que hubiera sido, acaso, más apropiada a las posibilidades reales la fórmula de un "centro evolutivo".

En definitiva, en un contexto político en el que la precipitación ha sido escuela que podría hacer estragos en el mediano y largo plazo en el país, el retorno, aunque crítico, del doctor Lavagna al PJ debe verse como la verificación de que también hay un espacio activo para la negociación y el consenso con personalidades provenientes de escuelas de otra naturaleza.

Si a raíz de tal acercamiento no ha habido una reconciliación, porque nunca había habido una pelea -para decirlo con palabras del doctor Lavagna-, eso concierne más que a nadie, repetimos, a quienes lo habían votado creyendo lo contrario. O a las marionetas que, en el siempre triste papel de los obsecuentes con el poder de turno, pretendieron sepultar políticamente en estos dos años al hombre de la semana y hoy deben, no habiendo sido advertidas a tiempo, tapar a las apuradas su impresentable desnudez. .

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