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La guerra del Paraguay: precisar la historia

Por Pacho O´Donnell Para LA NACION

Martes 05 de febrero de 2008
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La Guerra del Paraguay (como la Conquista del Desierto de Roca) despierta pasiones que muchas veces transgreden los límites del rigor historiográfico, transformándose en un campo de liza entre mitristas y antimitristas, liberales y antiliberales, unitarios y federales. Trataremos de despejar, con la mayor objetividad reclamable, incógnitas de aquella conflagración, que se inscribe entre las más sangrientas de la historia mundial.

Hacia 1862, y tras la enigmática batalla de Pavón, nuestro país buscaba su destino bajo las riendas de la triunfante provincia de Buenos Aires. Su líder, el general Bartolomé Mitre, tendría, ya con el cargo de presidente de la nueva nación -terminado el conflicto con la confederación provincial- la enorme responsabilidad de organizar una república. La tarea no era sencilla. En los "trece ranchos", como despectivamente algunos unitarios porteños, rebautizados liberales, denominaban a las provincias "bárbaras", las ideas del puerto eran vistas con desconfianza, dándose por sentado que la pregonada campaña "civilizatoria", sostenida en la acción del flamante ejército nacional, escondía intereses perjudiciales para las provincias.

Está claro que el conflicto con Paraguay, contrariamente a lo que algunos afirman, fue un accidente indeseado por Mitre y los suyos, pues no sólo interrumpió y complicó la consolidación de su proyecto de organización nacional sino que lo puso en riesgo, por la impopularidad de la contienda. Es también insostenible la hipótesis de que la Guerra de la Triple Alianza fue promovida por Gran Bretaña y que los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay acataron sumisamente su interés de que Paraguay se incorporara al libre comercio, y así disponer del algodón que las hilanderías industriales inglesas necesitaban, a partir de las dificultades con su habitual proveedor, Texas. Porque lo cierto es que éste había sido reemplazado, a cañonazos, por Egipto. Y las relaciones entre Brasil y Gran Bretaña estaban rotas desde que esta última bloqueara la bahía de Guanabara y apresara varios buques.

Francisco Solano López, quien había sucedido a su padre, Carlos Antonio, en la presidencia del Paraguay, asumió una actitud agresiva como forma de superar la asfixia provocada por sus inmensos vecinos, Brasil y Argentina. Por ejemplo, erigiendo la fortaleza de Humaitá, que amenazaba con controlar la libre navegación del Paraná. En diciembre de 1864 y enero de 1865, tropas paraguayas tomaron posesión de varias fortalezas y poblaciones del Mato Grosso brasileño y, en abril de 1865, ocuparon la ciudad de Corrientes. Las acciones bélicas fueron iniciadas por López. Tanto fue así, que el secreto Tratado de la Triple Alianza se firmó recién el 1º de mayo de 1865.

La situación política interior de Paraguay fue, y eso no aparece justamente valorado en los principales estudios sobre el conflicto, una de las principales causas de la guerra, pues López intentó, al mejor estilo de toda dictadura, una "huida hacia adelante" cuando se sintió presionado por una creciente opinión pública que reclamaba una organización constitucional, lo que hubiera significado renunciar a porciones importantes de su poder omnímodo.

¿Por qué ingresó la Argentina en la guerra? Lo cierto es que no tuvo otra alternativa. Sabiendo que Brasil estaba decidido a ella, lo que el futuro auguraba a nuestro país era un Paraguay ocupado por el Imperio y un Uruguay que, inevitablemente, sería devorado por tan insaciable expansionismo y, por ende, un desbalance geopolítico en la región intolerablemente desfavorable para nuestro país. Esas distintas motivaciones marcaron el espíritu bélico en ambos países: Brasil, galvanizado por la concreción de un antiguo proyecto expansionista; la Argentina, beligerante a contrapelo, obligada a serlo contra su voluntad.

Muchos provincianos antiporteños, ansiando revancha por su derrota en la guerra civil, esperaron que el general Urquiza encabezara la reacción, soñando con otra triple alianza, esta vez entre los blancos uruguayos, las tropas federales argentinas y el Paraguay de López. Todo indica que hubo un guiño del entrerriano en ese sentido.

Pero el arte de la guerra enseña la necesidad de debilitar al enemigo y el astuto Mitre sabía cómo conjurar a Urquiza. El imperio brasileño, su cómplice en Caseros, también conocía el punto débil del líder entrerriano. Diría un historiador brasileño: Urquiza, embora inmensamente rico, tinha pela fortuna amor inmoderado . Según José María Rosa, el jefe de la caballería imperial, general Manuel Osorio, le ofreció excesivos 13 pesos fuertes por cada uno de los 30.000 caballos que necesitaba para sus tropas. La emblemática caballería entrerriana se transformaría de un plumazo en un inofensivo grupo de jinetes desmontados. Negocio cerrado. Casi 400.000 patacones irían a las arcas del Palacio de San José.

El apoyo popular al conflicto sólo se pudo lograr en Buenos Aires, donde sus notables se comprometieron, a tal punto de que los hijos del vicepresidente Marcos Paz y de Domingo Sarmiento perecieron en el campo de batalla. Las provincias, en cambio, consideraron que era un asunto ajeno a sus intereses. En Entre Ríos, el pendulante Urquiza convocó con engaños a algunos centenares de hombres que, advertidos de que su destino era el ejército, se sublevaron y desbandaron. Ricardo López Jordán, oficial de su máxima confianza y futuro verdugo, le escribiría: "Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general. Ese es nuestro amigo. Llámenos para pelear a los porteños o a los brasileños. Estaremos prontos: esos son nuestros enemigos...".

A principios de 1867 Mitre dejó el mando de las tropas aliadas al marqués de Caxias. Regresó a Buenos Aires obligado por la muerte de su vicepresidente Paz y las complejidades políticas de la sucesión presidencial.  El creciente rechazo de la ciudadanía argentina al horror de la contienda, que se prolongaría a lo largo de un quinquenio, convenció al nuevo presidente, Sarmiento, de que era hora de retirarse. Una visión historiográficamente demagógica pretende consagrar a López como un héroe romántico, contrapuesto a la inhumanidad feroz de sus enemigos. Como si toda guerra no fuera inhumana y feroz y no consistiera en vencer y destruir al enemigo. Como si las hubiera humanitarias y moderadas. Lo cierto es que el Mariscal llevó la masacre de sus compatriotas más allá del límite que la lógica indicaba, por su obstinada negación a aceptar la derrota y rendirse. Su encuentro con Mitre en Yatayti Corá, el 12 de septiembre de 1866 no fue una propuesta de rendición, sino un inaceptable intento de acordar un armisticio en términos de igualdad, que le hubiera permitido consolidar sus conquistas territoriales cuando el resultado de la contienda era ya irreversible.

No puede ni debe obviarse que su última frase, "¡Muero con la patria!", adquirió una realidad devastadora, ya que su obstinación suicida precipitó al Paraguay a una catástrofe social y demográfica: antes del inicio de la guerra, su población era de 1.300.000 personas; al final del conflicto sólo sobrevivían unas 200.000, de las que sólo 28.000 eran hombres, la mayoría niños, ancianos y extranjeros. Del poderoso ejército paraguayo de 100.000 soldados, en los últimos días sólo quedaban cuatrocientos. En la retirada, la paranoica sospecha de traiciones y conspiraciones contra su vida arrastró a López a cometer torturas, degüellos y fusilamientos de familiares, altos oficiales de su ejército y respetables asunceños que abogaban por la rendición.

Para el imperio brasileño, que llevaría el peso de lo que restaba de la guerra y terminaría con la vida del mariscal López en Cerro Corá, el 1º de marzo de 1870, el paso siguiente fue adueñarse de los territorios en disputa y lo hizo, aprovechando su posición dominante, a espaldas del Tratado de Triple Alianza, que prohibía la negociación individual de los aliados una vez finalizada la guerra. En Buenos Aires ello provocó indignación y se llegó al riesgo de una guerra entre los ex socios, que pudo conjurar Mitre, ahora en funciones diplomáticas. La Argentina sólo obtuvo, después de difíciles negociaciones y como magro premio, el reconocimiento de sus derechos indubitables al territorio enmarcado por los ríos Pilcomayo y Bermejo: la actual provincia de Formosa.

Años después, en una polémica decisión, se devolvieron trofeos de guerra conquistados por nuestro país, con lo que se condenó al sinsentido a los 25.000 muertos y los más de 100.000 tullidos, al gasto de nueve millones de libras esterlinas, que dejó exangües las arcas de nuestra patria, y a los miles de inmolados por la peste, importada por nuestros soldados sobrevivientes, que asoló a Buenos Aires.

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