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León, el rey

Respetado, talentoso, comprometido. Este año, Sólo le pido a Dios "su himno ya universal" cumple 20 años. La intimidad de un líder de la cultura que nació en un pueblo y se convirtió en referente de millones, en un perfil escrito por Roberto Guareschi, con fotos de Diego Goldberg

Domingo 10 de febrero de 2008

Morón. Ultimo aniversario del golpe militar. León ha llegado al recital sobre la hora. Está en una carpa de plástico blanco, de cuatro metros por cuatro, junto al escenario. En una mesa sobre caballetes hay un lunch de sánguches de miga, gaseosas de litro y medio y vasos de plástico. Hay una hilera de sillas plegables contra las paredes y allí hay ropa, estuches de guitarras, fotocopias de textos sobre el 76-83, todo bajo una luz fluorescente. La gente está enterada de que León ha llegado y se agolpa en la puerta. León se prepara rápido. Primero un cinturón con ocho armónicas de distinta afinación.

El que cuida la puerta no cuida demasiado: conoce a León.

Aparece una criolla de ojos azules: “Dice don Sixto que no se puede comunicar con vos. Que lo llames. Tiene listas las patas en salmuera”. Don Sixto es Palavecino, legendario violinista santiagueño. Las patas son de chancho, un manjar que los viene uniendo desde hace treinta años. “Mañana lo llamo.”

León, durante el concierto que ofreció en la Mansión Seré, ante miles de personas
León, durante el concierto que ofreció en la Mansión Seré, ante miles de personas. Foto: Diego Goldberg

Después de las armónicas, se coloca el atril Lee Oskar, el mismo que usa Bob Dylan, un simple alambre que se apoya debajo de la nuca y sostiene la armónica junto a la boca. Después, la guitarra fileteada que lo acompaña desde hace 25 años. “El mango lo hizo Sekine, un luthier japonés en la Argentina; el fileteado es de Luis Zors; en esa época era mucha guita para mí.”

* * *

La primera guitarra que se compró, hace 42 años, también había sido cara para él, muchísimo más cara que ésta. Tenía siete años y dos trabajos; tres, si contamos la escuela. A la mañana muy temprano repartía carne en su pueblo –Cañada del Rosquín, Santa Fe– y luego, de 10 a 12, le hacía los mandados a una señora inválida. “Mis padres se peleaban porque no había guita nunca; entonces se ve que algún impulso me amparó y, en vez de sufrir la cosa, me puse a trabajar para pagarle las cuentas a mi vieja. La misión era pagárselas para que no se peleara con mi viejo.”

Entonces aparece la guitarra. “Fue una de las cosas más lúcidas que tuve en mi vida. Fui a una de esas tiendas de ramos generales de una manzana donde se compraban autos con una libreta”:

–Te la vendo, pero vení con tu papá; sos muy chiquito –me dijo el tipo.

–No, pero si yo gano más plata que mi papá.

–¿Quién te dijo eso?

–Mi mamá.

“El tipo fue a hablar con mis viejos y a los siete años ya tenía mi guitarra.” León no se siente un predestinado. Se compró la guitarra “por vanidad, por querer ser ganador”, y cuando la tuvo no le quedó otra que aprender canciones y salir a cantar. “Empecé en el colegio, y fue con mucho éxito.” Folklore cantaba.

* * *

León se mira la panza, se ajusta el cinto con las armónicas, se estira la remera negra. No hay caso. “El mes que viene me voy a Diquecito y bajo unos kilos.” La luz vertical blanquísima también resalta las bolsas bajo los ojos y el pelo aún rubio pero raleado. Hay una fila frente a él esperando un autógrafo.

–¿Ese es el León? –dice un nene. No tiene más de cinco años. Flaquito, pelo chuzo; un criollito.

Sí –le dice su hermana, pocos años mayor; lo tiene de la mano.

–No –dice el chico.

La nena insiste:

–Ese es el León de verdad.

Luego ella le alcanza a Gieco un póster de uno de sus discos.

–No –dice León–, el de verdad es éste –y señala su cara sonriente en el póster y estampa su firma con marcador indeleble.

* * *

–Parece que hay otro delante mío que va haciendo las cosas y yo vengo de atrás reparando o gozando; algo así. Es como un desdoblamiento.

–Hay una distancia.

–Un metro, más o menos. Como que yo voy atrás. El tipo consciente va atrás. El inconsciente va adelante. Y salen las cosas. Yo le llamo suerte. Otra gente le dirá destino. Miles de cosas que me han pasado las laburó el inconsciente y después las voy reparando, las mejoro o las cambio.

León llama inconsciente a esa parte de él que crea en libertad; total, él viene un metro atrás, cuidándolo. ¿Pero cuál es el verdadero León?

* * *

El material de León son las alegrías, las tristezas y las desgracias de la historia vistas por las personas que las sufren. El también habla de cuestiones íntimas, lejanas de lo social. Pero es reconocido sobre todo porque canta historias que identifican a un sector muy amplio de la sociedad, y porque les presta su voz y su apoyo a minorías que de otro modo no se escucharían, como algunos músicos del norte argentino. Su diferencia con otros artistas preocupados por lo social es, posiblemente, la intensidad y la persistencia del afecto que suscita. Y quizá también su credibilidad e influencia social.

Atahualpa Yupanqui ha creado temas que forman parte de nuestra cultura; pero su persona nunca suscitó tanto cariño. Jorge Cafrune tuvo afecto y credibilidad, pero no tuvo tiempo: murió a los 40 años.

Hay una estrofa que muestra la magia de León Gieco, más allá del momento histórico en que fue creada y más allá de los géneros:

La realidad duerme sola en un entierro y camina triste por el sueño del más bueno; La realidad baila sola en la mentira y en un bolsillo tiene amor y alegrías, un dios de fantasías, la guerra y la poesía.

No es un texto fácil para una canción popular. ¿Quién dijo que la calidad no es popular? La calidad es, también y en todo sentido, la base de la influencia social que se le reconoce a León Gieco.

* * *

Ya ha empezado el recital en el polideportivo de la municipalidad. Está anunciada lluvia y cinco mil personas cantan con León, empapadas de sudor. Están en trance, prendidas de la voz simple y esforzada de León.

En el aire pesado y caliente de la noche, la armónica y los acordeones construyen una música de infancia buena y banda de plaza. La voz de Gieco es a veces una mano tibia en el hombro y otras una ráfaga caliente en el corazón.

Los cinco mil saltan y cantan frente al escenario, a los gritos. Pero parecen ausentes. Quizás el cantor se los ha llevado a otro lugar donde lo más difícil es posible, donde son más buenos y más valientes, y ahora están en una libertad suspendida en el tiempo y pueden imaginar la felicidad y también la muerte.

Soy como un tren que atraviesa las tempestades camino al sol. Llevo la marca de todos estos tiempos libres o de encierros. o de encierros.

Hay madres y abuelas de Plaza de Mayo, hay políticos. Pero los cinco mil que cantan detrás de las vallas son sobre todo jóvenes, veintipico y menos. ¿Cuántos de ellos saben de qué habla León? Algunos han sufrido muy de cerca el zarpazo de aquellos encierros: han perdido a sus padres. ¿Pero cuántos son esta noche aquí? La mayoría sabe porque se lo han contado. Pero con León pueden acercarse a ese mundo horroroso y volver a salvo con algo parecido a una experiencia política colectiva.

Allí está León, alto en el escenario, vestido de negro y con borceguíes, poderoso y confiable como un hermano mayor.

En un país de heridas, donde nunca se las cierra dormimos todos juntos sobre penas nuevas.

* * *

Ahora León canta Chau Cachito, el Himno Nacional del Chamamé. Estalla la alegría. Empiezan las primeras gotas. En el escenario, junto a él, dos adolescentes bailan sus canciones: él en silla de ruedas; ella se deplaza en torno de él, envuelta en tules. La imagen podría ser patética, pero es bella. Lo es por la coreografía y por los bailarines –alta, delgada y flexible ella; atlético el torso desnudo de él, la silla apoyada sobre una sola rueda en un ángulo imposible. Y es bella, también, por la autenticidad que León le otorga al acontecimiento.

–León es el ídolo de los quemados. Se le acercan todos los que tienen una carencia, los que están marcados por el sufrimiento –dice Alicia, su compañera de toda la vida. La frase le pertenece y hoy es un verso en una canción de León.

Bajo la lluvia ahora más fuerte la gente salta junto a las vallas, absorta en León y su historia. Todos son quemados: la chica de la sonrisa sin dos dientes y la señora que ha venido con sus dos hijos adolescentes y quizás ha dejado su auto estacionado a pocas cuadras.

El chamamé despierta una fiesta. Cachito es un respiro después de los desaparecidos y los militares. Pero el círculo se cierra en el dolor: el boxeador pierde y es descartado.

Llora, Corrientes, llora  la derrota de su campeón.   El jueves llega Cachito  en el micro de las dos,   y ese señor del auto  no aparece por Corrientes  porque dice que es suficiente  el dinero que ganó.  

* * *

“Mi viejo era mi inspiración; me hacía continuar su carrera.” Onildo era cantor de una orquesta de pueblo; alcohólico, siempre pobre; alegre, casi más amigo que padre.

“Mi vieja me atendía como a un artista.” Agraviada, silenciosa, Elda lo acicalaba cuando iba a actuar, primero en la orquesta de su padre, luego en una propia, en la adolescencia.

Los dos estaban orgullosos del éxito de León: en los actos de la escuela, en las efemérides del pueblo, en los bailes. Sólo en eso coincidían.

“La relación de ellos era una porquería.” Había violencia.

“Mi viejo me animó a irme. Y yo tuve la gran valentía y la lucidez de tomármelas. Fue lo mejor que hice. Fue el mayor acierto de mi vida: el de agarrar un tren bien de abajo con una valija y una guitarra y venirme acá. Nada de lo que pase llegará al diez por ciento de lo contento que estoy por estar acá. Si yo estuviese enterrado en Cañada no me habría gustado estudiar. Sería un gordo que toca la guitarra en los asados. Ya estaría sin dientes. Y mi mujer también…”

¿Hace falta más?

–…y me metería los cuernos como hacen ahí…

León no se apegó al sufrimiento. La música, el destino indicado por el padre, fue su alegría y su salvación.

* * *

La historia de León ya ha sido contada muchas veces. El éxito temprano, la censura, las amenazas, el exilio. Sus canciones fueron creciendo en la gente, marcando momentos históricos en el país –El fantasma de Canterville y Hombres de hierro (la dictadura), Sólo le pido a Dios (la guerra), por nombrar algunas– y creando una misteriosa relación con otras historias en otros países bien lejanos.

Cuando volvió la democracia ya no sabía qué escribir. Tal vez fue el desgarramiento del exilio. Tal vez fue el dolor de su padre que lo perseguía desde que dejó Cañada del Rosquín. Tal vez la bisagra histórica se combinó con la conciencia del paso del tiempo: había nacido su segunda hija.

–Yo tomaba mucho alcohol, estaba medio perdido. Fue una etapa medio rara hasta el ’92. Concretamente, me estaba volviendo como mi viejo. Tomaba muchas anfetaminas. Mucha cocaína también; te da la sensación de que podés y no podés: lo que escribís es una cagada. Es más, me interné gracias a Mercedes Sosa, que me marcó un lugar cerca de Paraná para drogadictos y alcohólicos. Fue maravilloso porque tomé conciencia de que con la droga no iba la cosa, pero estaba tan envalentonado con eso que seguí consumiendo con culpa hasta el año ’91.

Según Alicia, un quemado es alguien que tiene una carencia profunda, no siempre económica. León tiene la experiencia del quemado y la capacidad de sobreponerse. Esta es, posiblemente, otra clave para comprender su lugar en la sociedad.

* * *

Un cambio se produce en León cuando su padre se enferma grave por tantos años de alcohol.

–Ahí dejo todo. Fue una toma de conciencia muy profunda y me empiezan a salir unas canciones que estaban guardadas vaya a saber dónde. Pero empiezo a componer otro tipo de canciones.

Es la diferencia entre Sólo le pido a Dios, que la puede usar un español o un hindú, y Somos los Salieris de Charly, que dice “... compramos el Página, leemos a Galeano, cantamos con la Negra...” La diferencia entre mencionar la guerra y hablar de los crímenes de la dictadura militar. De aludir a nombrar.

Para usar sus palabras, sus canciones hablan “del ángel rudo de la muerte”. Pero para seguir metiéndose con ese ángel León decide encarar ahora temas más controvertidos y más ligados a la actualidad. En Santa Tejerina pide piedad para aquella adolescente jujeña que asesinó a su hijo recién nacido, concebido, dijo, en una violación. En Un minuto sale contra quienes les decían asesinos a Callejeros, el grupo que actuaba cuando ardió Cromañón; el tema lo grabó junto con el líder del grupo, el Pato Fontanet, y después lo retiró del disco. Se lo pidieron algunos padres de las víctimas. “No pude… Yo iba derecho a enfrentarlos porque me habían dicho que eran tipos pesados, que iban a apretarme mal, y terminé llorando con ellos. Es difícil cuando alguien te dice: Yo ya me morí”, le confió Gieco a la revista Rolling Stone. El sufrimiento, otra vez; y Gieco entre la espada y la pared.

No hay nadie en la música popular argentina que haya asumido como él el rol de ser un cronista de su época. Una denuncia por apología del delito por Santa Tejerina y sus vacilaciones con Un minuto muestran el riesgo.

León ha tocado en la Casa Rosada, ha participado en actos oficiales por derechos humanos. ¿No teme ser absorbido por el poder, quedar envuelto en las construcciones de imágenes del oficialismo?

–No; porque confío en mí.

Gieco intenta mantener distancia. Le alegra que Cristina esté en la presidencia, pero no fue, como Mercedes Sosa y Alejandro Lerner, al recital con que se festejó su asunción –estaba en un acto por los derechos humanos en Tucumán–. Dice que no asiste a actos políticos ni de campaña; sólo participa cuando hay cuestiones “que nos pertenecen a todos, como los derechos humanos”. Sin embargo, prestó su foto para un cartel de Filmus en las elecciones para la Ciudad de Buenos Aires. Intenta explicar: “Eso fue porque me parecía mucho mejor que Macri”.

* * *

Hay una discusión entre los músicos acerca de este momento en la carrera de León. Es la vieja discusión sobre si el arte debe tener una función más allá del arte mismo. Se desarrolla en silencio; nadie quiere aparecer discutiendo a León. Algunos porque lo quieren y otros porque temen su popularidad. Sólo Spinetta salió hace tiempo en público: dijo que León era el periodista del rock. Se refería, quizá con mordacidad, a que sacaba sus temas de la crónica diaria. (Es cierto que León lee los diarios todos los días; y que a veces eso le inspira un tema.)

Consultado para este retrato, Claudio Kleiman, guitarrista, crítico de rock, dice:

–El que quiera ponerle un corralito al arte es un pelotudo. Me parece muy bien lo que hace Spinetta, pero no lo tomo como un credo. En la obra de León vas a encontrar de todo. Si la canción tiene fuerza, una buena melodía y una buena poesía, se sostiene. Por ejemplo, Los Orozco: ¿en qué tipo de periodismo lo ponés, Spinetta? –Ese tema muy conocido es una especie de rap construido con palabras que sólo usan una vocal, la o.

–Ese vuelco de León lo ha empobrecido –dice otro músico; no quiere que se conozca su nombre. –Santa Tejerina sólo se entiende si se conoce el caso. No estoy en contra de que haga temas con las cosas que ocurren todos los días, como la gente que se muere de hambre. Pero él hace el tema de Tejerina, luego la va a ver a Tejerina, viene la prensa y le saca la foto con Tejerina; es como un funcionario. Y después, al día siguiente, va una comitiva oficial a verla. Entonces hay un problema. Cuál es la rebeldía de hoy.

* * *

León parece ajeno a esa discusión. Prepara su próximo disco. Ya ha escrito varias letras en su ómnibus mientras gira por el interior del país. Esos son temas íntimos y no sabe de qué tratarán los que vengan. No tiene un plan. Unos de esos versos nuevos sugieren su estado de ánimo:

Hoy bailaré sin importarme nada nada de ayer sin pretender del mañana tener algún camino señalado.

Hoy bailaré sin mi presente y sin pasado también sin bienvenidas, sin adioses, sin ser alguien que a cuatro vientos diga por qué atrapa sueños solitarios.

Uno puede pensar que en la madurez de su vida Gieco quiere ser libre: de las expectativas que la gente y los músicos tienen de él, de su propia carrera, de sus éxitos y de su rol social. Para buscar nuevos caminos le bastan su instinto –“el inconsciente que va adelante”– y la alegría de vivir:

–Todo lo hago por el escenario. Es un deseo y una sensación que siento. Me fluye una adrenalina que es perfecta. Para mí, el escenario es una caja de contención y de resguardo. Estoy haciendo una cosa en mi salsa, por la que estoy recibiendo un calor de la gente que es espectacular. Me cuesta creer lo que pasó el otro día, que se largó a llover y a la gente no le importaba; todo el mundo como si no pasara nada. Eso es algo que equipara lo mío. Yo lo provoco, digamos, sin querer.

Más allá del uso que se le dará a su música, más allá de su rol social, León compone para estar en el escenario, posiblemente porque esa experiencia tan fuerte es antigua e íntima: de cuando cantar era algo lindo contra la desdicha familiar.

* * *

Claudio Kleiman dice:

–Lo que lo hace único a León es que ha trascendido las barreras de los géneros para convertirse en un artista popular y punto. Eso no lo ha logrado nadie en el rock ni en el folklore.

–Una de las cosas más importantes que aportó León es su apertura hacia el folklore argentino y latinoamericano. Ahora, eso es parte del lenguaje común. Cuando él lo hizo, fue un absoluto pionero. Yo te diría que ocupa un lugar importante en la música popular argentina. Y por su proyección internacional está entre los más importantes, junto a Mercedes Sosa, Argerich, Barenboim y Santaolalla.

–¿Y en cuanto al rock?

–Charly García tiene importancia en la Argentina y tal vez en España y América latina. Ahora Calamaro la tiene en España, Colombia y México. León puede ir a cualquier país, Alemania, España, Japón, y concitar adhesión por su carisma y por su música, que une el rock y el folklore argentinos, y es atractiva incluso para gente que jamás escuchó nuestro folklore.

–¿Y acá?

–No es Soda Stereo, que junta estadios de River. Pero no hay una relación directa entre eso y su trayectoria. Bob Dylan, junto con los Beatles, es el artista más importante del siglo XX, pero por ahí no junta cinco estadios.

* * *

León va a ser “soporte“ de Dylan en pocas semanas más en el estadio de Vélez. Tocará antes que él; será el único artista argentino en el recital. Dice:

–Hace 37 años que hablo de Bob Dylan. Es la persona de quien más he hablado. Es mi estrella, así como la suya fue Woody Guthrie. Un día iba en bicicleta y escuché por los altoparlantes de mi pueblo una canción que me erizó la piel; yo tenía trece años. A los dieciocho, en Buenos Aires, caminando por Rivadavia, escucho esa misma canción, que salía de una disquería, y siento la misma emoción. Quiero ése, le dije al disquero. Era un simple, Mister Tambourine, por The Birds. Al día siguiente vuelvo y el tipo no tenía nada más del grupo, pero sí del autor del tema que me había llegado tan hondo, Bob Dylan. Ahí lo conocí. Empecé a tocar arriba de Blowing in the Wind y así surge Hombres de hierro, sobre el Mendozazo, con la música y la armónica muy parecidas a Blowing. Gracias a Dylan compuse mi primera canción, y eso abrió mi carrera.

* * *

Ahora hay un viento fuerte en Morón. La lluvia viene en ráfagas frías. Una abuela y su nieta han logrado llegar hasta las vallas. León está cantando Hombres de hierro a dúo consigo mismo. La gente canta ajena a la lluvia:

Suelta muchacho tus pensamientos como anda suelto el viento Sos la esperanza y la voz que vendrá a florecer en la nueva tierra.

León no puede creer lo afinado que cantan –lo comentará con sus músicos un rato después–.

De pronto ve que hay demasiada agua. Levanta la mano, y los músicos y la gente van parando a destiempo. León se acerca al micrófono:

–Dejamos acá. Hay muchos cables que se mojan y es peligroso. Vamos a cortar la luz.

Quizá pesó en él el recuerdo de Cromañón.

Apenas hace el gesto de un abrazo y todo queda a oscuras. La gente chapotea en el pasto inundado, camina en grupos hacia las luces del alumbrado público. Muchos intentan cubrirse la cabeza con remeras y camisas aunque están empapados. Han vuelto a la realidad. Un chico se retrasa y patea el agua para salpicar a sus amigos.

En la oscuridad del escenario León entrega su guitarra a un asistente. Se quita el atril y el cinturón de las armónicas y se queda apoyado en una columna de sonido mirando a la gente que se va bajo la lluvia.

Informe: Ana Da Costa

ROBERTO GUARESCHI. Dirigió la redacción de Clarín entre 1990 y 2003. Profesor visitante en la Escuela de Graduados de Periodismo de la Universidad de California, en Berkeley. Editor para América latina de la agencia Project Syndicate. Publica sus artículos en distintos diarios del mundo. Recibió el premio Konex de Platino (periodismo) en 1997.

DIEGO GOLDBERG. Publica regularmente en Time, The New York Times Magazine, Paris-Match, The Observer, entre muchos otros. En 2006 recibió el premio de la Fundación Nuevo Periodismo, dirigida por García Márquez, por un trabajo publicado en LNR. Fue director de Fotografía de Clarín. Es miembro permanente y ha presidido el jurado del premio World Press Photo.

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