Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Las Olimpíadas de la represión

Por Guy Sorman Para LA NACION

Miércoles 06 de febrero de 2008
0

Las próximas Olimpíadas de Pekín serán un torneo político. Desde su reinvención por Pierre de Coubertin, siempre han sido politizadas. Las primeras se realizaron en 1896, en Atenas, para fastidiar a los turcos que todavía ocupaban la parte norte de Grecia. Las de Berlín, en 1936, celebraron el triunfo del nazismo. Las de Seúl, en 1988, abrieron las puertas a la democratización de Corea. Las de Pekín ¿se parecerán a las de Berlín o a las de Seúl? ¿Serán la apoteosis de un régimen autoritario o el comienzo de su desaparición?

Muchos observadores optimistas, con frecuencia ablandados por su estrecha relación con el régimen comunista, apuestan a una suave transición del despotismo a una sociedad abierta. Empero, ciertos acontecimientos recientes no sustentan una interpretación tan benigna de la estrategia del Partido Comunista Chino. En lo que va del año, la represión de activistas, abogados y bloggers defensores de los derechos humanos se ha endurecido más que nunca.

Se ignora la cifra exacta de disidentes democráticos que han ido a la cárcel o han corrido peor suerte. El 7 de enero se tuvo noticia de que la policía había dado muerte a un blogger , Wei Wenhua, mientras intentaba filmar una revuelta pueblerina en Hubei. En cuanto a las víctimas ignoradas, es imposible saber por qué el régimen condena a muerte y ejecuta a algunas, y a otras (¿cuántas?) las envía a "centros de reeducación" sin juicio previo.

Caricatura: Alfredo Sabat

A falta de estadísticas confiables, me centraré en dos símbolos del movimiento democrático: Hu Jia y Chen Guancheng.

El 27 de diciembre, veinte policías armados arrestaron a Hu Jia en presencia de su mujer y de su hijita de dos meses. Procedieron con extrema violencia, como si ese hombre menudo, de 34 años, afectado de una enfermedad hepática crónica, hubiese podido oponer resistencia. Por otra parte, Hu Jia, un budista sincero, es partidario de la no violencia, discípulo del Mahatma Gandhi y admirador del Dalai Lama.

Cabe preguntarse por qué el poderoso PCCH despliega toda su fuerza para secuestrar a un enemigo tan minúsculo. Por cierto, fue un secuestro. El PCCH lo acusa de "subversión", pero Hu Jia no infringió ninguna ley china. ¿Acaso estaba a punto de derrocar al partido? ¿Acaudillaba un ejército contrarrevolucionario?

Su crimen fue mucho más modesto. En 2000, Hu Jia se enteró de que en la provincia de Henan miles de campesinos estaban muriendo de sida, luego de haber vendido su sangre a traficantes locales. Abandonó sus estudios en la Universidad de Pekín y, desde el comienzo mismo de la epidemia, se dedicó principalmente a distribuir medicamentos y apoyo moral por las aldeas afectadas. Las autoridades provinciales -en parte culpables de la epidemia- no allanaron precisamente su trabajo caritativo. Además, sólo pudo actuar por su cuenta, ya que en China están prohibidas las organizaciones no gubernamentales. Si hubiera fundado algún tipo de organización caritativa, habría violado la ley.

La tragedia de Henan le abrió los ojos. Comprendió que ella tenía por causa la ausencia de derechos humanos en China. Así pues, abrió un sitio en Internet, a modo de foro, para los investigadores chinos que compartieran sus inquietudes. Ese sitio, ahora clausurado por el Gobierno, denunció la suerte corrida por Chen Guancheng.

En 2005, este campesino ciego, abogado autodidacto, protestó contra el secuestro de unas 3000 mujeres en Linyi, su ciudad natal. Las habían esterilizado u obligado a abortar, para estabilizar el crecimiento demográfico en la región. Semejante violencia va contra las leyes del país. En China, la única forma de protesta reconocida por la ley es el petitorio, por lo que Chen decidió peticionar ante el gobierno central. Cuando llevó el documento a Pekín, acompañado de unos pocos abogados, lo acusaron de interrumpir el tránsito en las ya atascadas calles de la capital y lo condenaron a cuatro años de prisión.

Deberíamos preguntarnos por qué estos dos testimonios tan modestos, enraizados en la tradición moral china, han provocado una represión tan dramática. Evidentemente, Hu y Chen respetan la ley. No convocan a una revolución. Si bien hablan, o hablaron, con periodistas extranjeros que difunden sus acciones, tales contactos no son ilícitos. Estos dos disidentes insignificantes ¿amedrentarán al partido? Puede que sí. El PCCH está obsesionado por el precedente soviético. Jamás permitirá que un Sakharov o un Solzhenitsyn desluzcan sus "triunfos".

El encarcelamiento de Hu Jia y Chen Guangcheng es una clara señal de que, en China, no comenzará ningún proceso democratizador que escape al control del partido. Cuando sus líderes mencionan la democracia en sus declaraciones oficiales, se refieren a una democracia organizada desde arriba. Por consiguiente, es preciso aplastar en la cuna cualquier intento de la sociedad civil de avanzar hacia una democratización.

Salta a la vista que China no va en camino de una democracia al estilo occidental. En tanto el PCCH pueda impedirlo, el crecimiento económico no preludiará una sociedad libre. La verdadera ambición del régimen es inventar una alternativa a la democracia occidental. Sería un despotismo ilustrado, bajo la tutela de un PCCH meritocrático. Las Olimpíadas tenderán a promover este modelo alternativo.© LA NACION

(Traducción Zoraida J. Valcárcel)

El autor es francés, periodista y analista político; su último libro es El año del gallo. Chinos y rebeldes.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Las más leídas