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Editorial I

La sexualidad de los adolescentes

Opinión

Hace algunas semanas se publicó en este diario un informe periodístico sobre la sexualidad de los adolescentes, cargado de revelaciones acerca de los comportamientos desinhibidos que algunos niños y jóvenes en edad escolar adoptan, cada vez con más frecuencia, en los locales bailables a los que concurren, en los lugares públicos en que circunstancialmente se encuentran y hasta en los patios y en las propias aulas de las escuelas.

La desinhibición sexual de muchos adolescentes -observa el informe- derriba cada vez con mayor facilidad los pudores y los tabúes que actuaban en otro tiempo como barreras de contención en esa materia. Y agrega que ese desprejuicio sexual encuentra hoy su mejor vidriera y su más fuerte incentivo en la tecnología fácil y rápida que ofrece Internet, un ámbito en el que los chicos tienen mucha más competencia que los grandes y en el cual se accede con facilidad a una sucesión de estimulantes eróticos que terminan con frecuencia volviéndose adictivos para los más jóvenes.

Los especialistas suelen identificar como un período de edad especialmente crítico para ambos sexos el que se extiende entre los 13 y los 19 años. En esa etapa, los adolescentes suelen descubrirse a sí mismos en los resortes de su intimidad sexual y de sus impulsos eróticos, mientras tratan de interpretar, a su manera, las claves morales, a menudo contradictorias, del mundo que los rodea. Entretanto, van contribuyendo, sin darse cuenta, a la construcción de un sistema alternativo de valores edificado con el aporte de cuatro actores no siempre bien avenidos entre sí: la familia, los medios de comunicación, el grupo de amigos y la escuela. La capacidad de influencia de cada uno de esos actores se ha modificado radicalmente desde los días en que los mandatos familiares ejercían una influencia predominante.

Los psicólogos y los educadores mencionados en el informe de LA NACION coinciden, en general, en que lo más importante, en ese contexto, no es tanto juzgar con exagerada severidad la conducta moral de los niños y adolescentes, sino analizar en profundidad el contexto en el cual actúan cotidianamente y, sobre todo, la influencia corrosiva que está ejerciendo sobre ellos una cultura visual cargada hasta la saturación de imágenes relacionadas con el erotismo y la sexualidad. Las incitaciones sexuales están presentes obsesivamente y de manera insidiosa en casi todos los medios de información y de comunicación, en un mundo en el que lamentablemente está quedando definitivamente abolida la frontera entre lo que consumen los adultos y lo que consumen los niños.

Un aspecto llamativo de este generalizado destape sexual, según los especialistas encuestados, es que que las conductas observadas se extienden parejamente a todos los estratos sociales. En ese sentido, se advierte que los medios de comunicación cumplimos un rol decisivo como factores capaces de provocar una completa unificación de comportamientos. "Los medios tienden cada vez más a construir un modelo de adolescente que borra momentáneamente las diferencias sociales", afirma una reconocida investigadora y experta en educación.

Los juegos eróticos entre adolescentes de un mismo sexo tienden a generalizarse, según el informe, mientras prolifera en fiestas y en viajes de egresados el hábito de realizar rifas y sorteos con billetes cuya posesión asegura dádivas o favores de naturaleza sexual más o menos fáciles de imaginar. En esas diversiones está implicado, a menudo, obviamente, el interés de las empresas organizadoras de fiestas, viajes o encuentros juveniles.

Lo que el informe periodístico ha difundido es suficiente para que se advierta la importancia de llamar la atención principalmente de los padres de familia, pero también la de los educadores, de los adultos en general y de quienes tienen que ver con la organización de actividades vinculadas con el entretenimiento de los jóvenes a fin de que examinen sus propias pautas de conducta y se pregunten en qué medida podrían contribuir a evitar que los adolescentes se vean llevados a situaciones de confusión o de vulnerabilidad moral decididamente perjudiciales para su formación y para su desarrollo personal.

Los responsables de los medios de comunicación, por nuestra parte, deberíamos tomar conciencia sin más demora del efecto corrosivo que causa el exhibicionismo injustificado, desmedido o morboso de imágenes que tienen un efecto sexual perturbador sobre los jóvenes y adolescentes, y que alientan una percepción denigratoria del cuerpo femenino y lesiva para el sustrato de dignidad que corresponde preservar en él. Basta hoy con detenerse frente a un quiosco de revistas y mirar las tapas de muchas de ellas para comprender qué puede pasar por la mente de un niño cuando las contempla.

Pero hay algo aún más fundamental y decisivo que debe tenerse en cuenta frente a las revelaciones contenidas en el informe periodístico que estamos considerando. Nos referimos a la necesidad imperiosa de que la sociedad en su conjunto tome conciencia de las cuestiones de fondo que se esconden detrás de esta confrontación de los jóvenes con el mundo de la sexualidad y elabore una reflexión orientadora capaz de ayudar a las nuevas generaciones a crecer en el correcto conocimiento de su identidad sexual. Esa reflexión no puede ser otra que aquella que apunte a despertar en cada ser humano, cualquiera que sea la etapa de la vida que esté atravesando, un acentuado sentimiento de responsabilidad personal en lo que concierne al desarrollo de sus vivencias sexuales.

Sin desconocer ni olvidar el respeto que merece la libertad de conciencia de cada persona en relación con sus particulares creencias o convicciones filosóficas, religiosas, espirituales o éticas, es cada vez más imprescindible que los adolescentes y los jóvenes acompañen el desarrollo de sus experiencias vitales más íntimas con un ejercicio responsable de sus emociones y con plena comprensión de cuanto la relación sexual implica y demanda en términos de entrega afectiva y de compromiso moral. Y es fundamental que cada persona conozca los límites que la propia naturaleza de su vida sexual imponen a su cuerpo y su espíritu en función de su edad y de su grado y nivel de madurez.

Es imprescindible, finalmente, que los niños y los adolescentes aprendan a tiempo la lección que lleva a integrar el universo de sus experiencias sexuales con el horizonte general de su vida. Y que ninguna realidad del cuerpo o del espíritu puede separarse del principio que determina que la vida sexual debe ser vivida con un firme espíritu de entrega y de crecimiento moral. Y que en ella no puede ni debe faltar, obviamente, ese valor supremo de todas las horas que es el respeto a la dignidad esencial del ser amado.

Que la lección del amor y la lección del sexo no se dicten en planetas separados. Que se dicten en el mismo ámbito de dignidad en el que florecen las virtudes más altas y más dignas que el ser humano es capaz de producir. .

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