Rincón gaucho
Antiguos espectadores de la inmensidad
Los primeros dueños de las llanuras dejaron testimonio de su cosmovisión en los dibujos de sus quillangos; se trata de un lenguaje emparentado con petroglifos y pictografías de milenarios cazadores
Sumergidos en las confrontaciones del mundo actual naturalmente buscamos nuestros refugios. Uno de ellos es, a lo largo de estos años, aquel que nos recuerda tiempos de mayor seguridad y vigencia de valores que aún perduran en el campo argentino. Son islas a las que últimamente he aprendido a designar como relicarios de la patria.
De viaje por el interior de la provincia de Buenos Aires, llevé conmigo el texto de Sandro Mansilla, ganador del Concurso Rincón Gaucho en la Escuela en 2007. El relato se unía a la figura de un gaucho al galope que se recortaba en el fondo de una inmensa luna, colgada de un cielo repleto de estrellas. Yo iba hacia Lobería para encontrarme con ese cielo que nos impresionó de niños y que fue volcado en diseños de ponchos, tanto en los viejos americanos como en los ingleses.
El joven que ganó el premio escribía: "De niño sentía que toda esa inmensidad, que no podía alcanzar, era mía". Nuestros padres nos enseñaban a observar el cielo; nos llevaban a caminar con ellos para reconocer la Vía Láctea, las Siete Cabrillas y la Cruz del Sur. Esas infantiles miradas quizá fueron una de las lecciones más duraderas que recibimos. Esas miradas nos acercan a los viejos pueblos americanos y a todos aquellos habitantes de nuestras pampas que luego llegaron y que en madrugadas heladas, cuando no había despuntado el Sol, empezaban una dura tarea diaria.
En el recorrido hacia mi destino, nubes plomizas anunciaban una fuerte tormenta y contrastaban con el violento amarillo de pasto quemado por las últimas sequías. Pese a ello, los últimos rayos del Sol iluminaban parcelas de verde cerca del camino. En el fondo se distinguían las extrañas formaciones de las Sierras de los Padres. Allí tuvieron su morada, hace más de cien años, tejedoras de mantas y ponchos. Sus antepasados fueron los viejos dueños de esas llanuras. A partir de las primeras descripciones que nos llegan de ellos podemos imaginar que eran altos, robustos, tostados por el sol y que se cubrían con grandes capas de cuero de guanaco.
Nuestra primera gente fue gente de quillango. Al igual que los ponchos, éstos tenían diseños con lenguajes hoy casi olvidados, lenguajes que nos hablan de sus mitos y de sus ancestros.
Se trata de prendas fabricadas por las mujeres que, en los siglos previos al conocimiento del tejido, secaban esos cueros, los estaqueaban con espinas de algarrobo y los exponían al sol. Más adelante, los raspaban con vidrios europeos o con obsidianas, ágatas u otras piedras cortantes que les ofrecía el medio. Esos cueros luego se ablandaban con grasa y se cosían con tendones de guanaco, si era necesario construirlos de mayor tamaño. Finalmente, llegaba la pintura. Según las crónicas, cada una de las mujeres tenía su papel asignado. Una colocaba el color de fondo, por lo general ocre. Otras diseñaban de acuerdo con la ornamentación, que iba a actuar como comunicación visual. Los diseños no eran azarosos...
La investigadora Delia Millán de Palavecino recogió datos de este arte, de doña Agustina Kilchamal, oriunda de la zona de Río Mayo e hija de tehuelches. Doña Agustina reivindicaba los dibujos en líneas paralelas, zigzag y los parecidos a relojes de arena, y subrayaba que luego llegaron diseños extraños a ellos. Según este relato, el tejido fue aceptado por la escasez de cuero frente a la posibilidad de obtener lana de oveja o de guanaco.
Suponemos que estos diseños quillangueros son los más antiguos de nuestras llanuras y están emparentados, como lo aseguran los estudios científicos, con pictografías y petroglifos de milenarios cazadores. Aún hoy se diferencia bien el patrimonio de ellos con el textil andino. Sin embargo, es probable que en esos arcaicos lenguajes y en memorias perdidas se encuentren, entre otras, antiguas simbologías de cielos, soles y estrellas.
De todos esos encuentros en nuestras llanuras nació el culto al caballo, que aún conservamos. Elementos de la ropa y de enseres testimonian hoy el gran mestizaje que se produjo en las pampas. Siguiendo los diseños de sus tejidos, que aluden a las creencias de los antiguos americanos, reconocemos el mapa astral de su cosmovisión: la Cruz del Sur, el cinturón de Orión, la Vía Láctea...
En la actualidad, algunos estudios indican que existe un común denominador entre las antiguas culturas americanas. La Vía Láctea está presente en la mitología de grupos de los antiguos americanos distantes geográficamente entre sí. Esta relación entre la observación del cielo y el reconocimiento no es privativa de nuestro continente, el mundo clásico también nos dejó testimonio de esas miradas. La mitología griega es un ejemplo de ello. Pero aquello que hoy nos sorprende es la supervivencia de esa relación. Para algunos de estos pueblos aislados, la Vía Láctea es el camino donde los antepasados viven en un tiempo de felicidad.
Misterio cósmico
Contingencia humana
La etnoastronomía trata de dilucidar la asociación que había entre los mitos, la grandeza del cosmos y la vida cotidiana. Las serpientes creadoras del mundo o el lugar donde vivían los ancestros estaban situados en la Vía Láctea y los dibujos de las patas del ñandú, el choique, eran transferidos a constelaciones del cielo. Más allá de estas significaciones estaba la afirmación de su contingente humanidad. La naturaleza les recordaba que estaban sujetos al frío extremo, a las sequías, a la sed, al hambre, a la enfermedad y a la muerte. Pero esa mirada nocturna era más fuerte que ellos y los ubicaba en una inmensidad en la cual se afirmaba la humildad. .
Por Ruth CorcueraPara LA NACION
