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La misión del periodismo

Domingo 17 de febrero de 2008
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Próxima a cumplir 200 años, la buena consigna de mayo de 1810, "el pueblo quiere saber de qué se trata", debe ser honrada. En el nacimiento de nuestra Nación fue una síntesis precursora de lo que es ahora, como derecho a la información, una de las condiciones necesarias e inherentes a las democracias republicanas contemporáneas.

Hemos dicho muchas veces desde esta columna editorial -y lo seguiremos diciendo- que sin un periodismo independiente, comprometido con la misión de informar con rigor y veracidad y de opinar sin cortapisas ni limitaciones, ninguna nación puede avanzar hacia la consolidación de sus instituciones libres y democráticas. Así como el Estado de Derecho garantiza el respeto irrestricto a los derechos individuales y a la dignidad de la persona humana, la prensa libre se proyecta en el horizonte de la historia universal como el gran instrumento que posibilita el progreso de las ideas y el análisis crítico de la realidad en un amplio y gratificante contexto de libertad.

Cuando en los siglos XVIII y XIX se organizó el constitucionalismo moderno, los pueblos más identificados con los mandatos del humanismo civilizador comprendieron que el futuro de los hombres libres dependía de que se crearan las estructuras de un Estado representativo y democrático concebido a la medida del irreductible principio de la división de los poderes.

Pero no bastaba con ese último control que el poder del voto le confería al ciudadano sobre las estructuras del Estado. La experiencia universal demostró que ese control era en muchos casos insuficiente. Dada la frecuente subordinación de los parlamentos al Poder Ejecutivo y el efecto distorsionante que sufren las políticas clientelistas y prebendarias sobre vastos sectores de la población, especialmente sobre los más desprotegidos, se hizo evidente que la sociedad debía contar, en todos los casos, con un amplio y garantizado desarrollo informativo, a fin de que los poderosos de turno -políticos, empresarios, sindicalistas o los que fueren- no se beneficiaran discrecionalmente con un manejo corrupto e interesado de las prácticas políticas.

Para que eso fuera posible, todo país debía contar con un elemento independiente, ajeno a las estructuras del Estado, destinado a posibilitar que los ciudadanos se mantuvieran informados permanentemente sobre los hechos de interés general y se sintieran con fuerza suficiente para ejercer un auténtico control sobre los representantes del poder público.

Esa fue, históricamente, la misión del periodismo independiente: una misión que completaba el sistema republicano, en la medida en que venía a darles a los hombres de a pie -a la gente común- la posibilidad de examinar y evaluar, con libertad y espíritu crítico, la marcha de las actividades políticas e institucionales y a impulsar, así, la renovación permanente y auténtica de las estructuras del sistema democrático.

¿Podrían los ciudadanos, la abrumadora mayoría de éstos, ejercer ese derecho a la información sin los medios de comunicación masiva y, por lo tanto, sin el trabajo de los periodistas? Está claro que no. Por eso, los grandes diarios no tardaron en incorporarse, históricamente, a la órbita cultural de las naciones democráticas y hasta se llegó a denominar al periodismo, en algunos casos, el "cuarto poder", como si le correspondiera un rol "complementario" respecto de los tres poderes clásicos del Estado. Desde esta columna editorial nos opusimos siempre al uso de esa denominación, que a nuestro juicio resulta absolutamente impropia. El periodismo independiente no es un poder ni aspira a serlo en ninguna circunstancia. El periodismo es, simplemente, una expresión de libertad nacida del seno de la propia sociedad independiente y abierta a la búsqueda de la verdad y del progreso y, en todo caso, al alumbramiento de las corrientes de opinión pública necesarias para el crecimiento y la dignificación de la democracia.

Lamentablemente, los hechos cotidianos demuestran que en algunas esferas de la dirigencia política e institucional continúa prevaleciendo, en más de un caso, una completa incomprensión acerca de lo que significa la misión del periodismo independiente. Desde encumbrados despachos oficiales se ha insistido muchas veces, en las últimas décadas, en la entronización de metodologías lesivas o desdorosas para el normal desarrollo de las actividades del periodismo independiente. La manipulación indebida de ciertas noticias o informaciones en beneficio exclusivo de determinados medios y en perjuicio de otros, la tendencia a presionar o intimidar por diferentes vías a los profesionales del periodismo, y el manejo malicioso y discriminatorio de los recursos que proporciona en determinados casos la publicidad oficial son sólo algunos de los recursos que se suelen utilizar, tanto en el ámbito nacional como en las jurisdicciones provinciales o municipales, con la intención evidente de impedir que el periodismo cumpla su misión con libertad, con eficacia y sin tropiezos.

Desde luego, no siempre los periodistas logran desprenderse de su propia subjetividad y hasta es posible que actúen, en ocasiones, con torpeza o deshonestidad. Pero el ciudadano de a pie tiene la libertad de elegir entre las múltiples voces que se le ofrecen, puede dejar de leer o comprar un diario, puede cambiar el canal de televisión o la emisora radiofónica que está sintonizando.

Sea como sea, la experiencia internacional enseña que allí donde el periodismo independiente encuentra dificultades para desenvolver plenamente su actividad, allí donde la información es regulada u obstaculizada con malas artes por quienes ejercen el poder político, se va consolidando, tarde o temprano, un sistema de opresión inconciliable con el respeto a los derechos individuales y a las libertades públicas. Quien observe con atención el escenario político de las distintas naciones advertirá que ese diagnóstico es infalible: donde no existe un periodismo independiente, muy pronto sienta sus reales una opresiva dictadura. La libertad de prensa o de información es la primera que los gobiernos autoritarios suprimen o destruyen cuando aspiran a instalar un régimen en el que no existan ciudadanos libres sino súbditos sometidos a una estructura de poder totalitaria o despótica.

Una sociedad que vea restringido su derecho a la información por las limitaciones -sofisticadas, sutiles o brutales- que eventualmente se apliquen al periodismo quedará en buena medida cegada ante la opacidad con que los ocupantes del poder rodean o encubren sus actos, especialmente aquellos que afectan al bien común.

Refirmemos, entonces, los principios que posibilitan la existencia de sociedades comprometidas con la construcción de una democracia pluralista y libre. Y démosle al periodismo independiente el rol que le corresponde en la organización de un sistema informativo que otorgue a los ciudadanos un auténtico protagonismo en la construcción de una sociedad respetuosa de la libertad y del fecundo debate de las ideas. Allí donde el periodismo independiente haga oír su voz, la ciudadanía reconocerá su propia voz y descubrirá su propio rumbo. Será una voz múltiple y diversa, será un rumbo infinito y variado. Y será -estamos seguros- la garantía segura y definitiva de que no habrá un discurso monocorde o único sino un conjunto de voces luminoso y cambiante, hijo de la libertad, del pluralismo y del respeto a la infinita diversidad de los destinos humanos.

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