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Identidad y memoria después del 11-S

El escritor norteamericano habla de su nueva novela, El hombre del salto (Seix Barral), donde narra de qué manera la intimidad de un pequeño grupo de seres humanos fue afectada por el atentado contra las Torres Gemelas. Además, evoca a Norman Mailer, un autor que influyó en él de un modo indirecto pero permanente

Sábado 23 de febrero de 2008
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LA NACION
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Pantalones kaki, una remera blanca y un silbato para llevar colgado del cuello. ¿Puede la existencia de tres elementos tan simples -o más bien su inexistencia en el guardarropa de un Don DeLillo adolescente- haber determinado el futuro como escritor del "poeta de la paranoia"? "Absolutamente", confiesa con humor el autor, quien junto con Philip Roth es uno de los eternos candidatos estadounidenses al Nobel de Literatura, y procede a explicar que en su niñez entre los inmigrantes italianos del Bronx, hijo de una costurera y un empleado, él estaba lejos de ser siquiera un buen lector. Todo cambió cuando a los 17 años empezó a trabajar de encargado en la playa de estacionamiento del barrio sin que nunca le entregasen el uniforme oficial de su empleo. "Así pasé meses inadvertido, nadie me pedía que hiciese nada, y con tanto tiempo libre me puse a leer y leer entre los autos y así llegué a Faulkner, a Hemingway, a Joyce y Henry James. Fueron largos meses en los que me pagaron para leer. Nada mal para un primer trabajo, ¿no?"

Es una mañana de invierno relativamente cálida en Manhattan, una de esas en las que desde temprano los rayos de sol disuelven todo rastro de nieve en la calle, y evidentemente DeLillo se contagia del buen humor que esto trae a la ciudad. Aunque no es exactamente lo que los anglosajones llaman un "escritor recluido", a la manera de Thomas Pynchon o J. D. Salinger, DeLillo es conocido por rehuir la prensa y el contacto con la gente. Pero se está anticipando la primavera y, a pesar de que nunca abandona su gesto adusto, DeLillo hasta se permite bromear. Por ejemplo, cuenta que en su juventud dejó de trabajar en una agencia de publicidad para poder ir a los cines vacíos los días de semana porque odia tener personas sentadas cerca ("Un peculiar rasgo de personalidad"), para luego galantemente aclarar: "Pero en esta charla estoy perfectamente cómodo así que no tengo que irme a la otra punta del cuarto".

DeLillo también confiesa su sorpresa por la expectativa que despertó su última novela, El hombre del salto, que arranca con el ataque a las Torres Gemelas ("Desde el momento en que el primer avión chocó contra el World Trade Center, una cosa era inevitable: Don DeLillo escribiría una novela sobre eso", afirmó The Washington Post). Para muchos, DeLillo ha estado escribiendo novelas sobre el 11 de septiembre desde siempre. Los terroristas han aparecido constantemente en su obra a partir de Jugadores (1977), y otros de sus temas favoritos han sido las teorías conspirativas, la violencia y el fanatismo como puede apreciarse en libros como Libra, Mao II, Ruido de fondo o Cosmópolis, muchos de los cuales fueron tildados en su momento de "Gran novela americana".

"Espero que no se vuelva un nuevo género literario -dice respecto de la aparición en los últimos meses de una plétora de libros que de manera más o menos directa abordan el ataque terrorista a Estados Unidos, entre cuyos autores se encuentran Martin Amis, Ian McEwan, John Updike y Neil LaBute-. Todavía no estamos preparados para una gran épica al respecto, quizás apenas para historias más personales." Justamente una de esas historias más personales es la de El hombre del salto, calificada por The Guardian y The Independent como "obra maestra", y que ha sido comparada por los críticos con las películas de Alain Resnais.

-Es muy interesante, también hay quienes la han comparado con los films de Antonioni. Por supuesto que me alegra que haya gente que haga esa conexión pero yo nunca sentí un vínculo cercano con los cineastas, cuyo trabajo admiré siempre. Son directores que en mi juventud sugerían libertad y posibilidades abiertas, y hacían que uno no solo viese la escritura, sino el mundo entero, de una manera distinta. Fue la época de mi vida en que descubrí que algunos films que venían de Europa o de Japón podían tener la misma profundidad que las novelas, fue una revelación para mí y para la gente en las pocas ciudades de Estados Unidos a las cuales llegaba ese tipo de cine. Fui muy afortunado en estar en Nueva York, tener mis tardes libres y poder meterme en el cine; fue entonces cuando empecé a trabajar seriamente en mi escritura. Pero si hay una influencia es más misteriosa, metafísica, no es algo que puntualmente pueda ubicar en mi trabajo.

-Sin embargo, el punto de partida de El hombre del salto fue una imagen como de cine, pero tridimensional.

-Exactamente, y siempre me ocurre así. Yo no tenía ninguna intención de escribir ficción sobre el 11 de Septiembre hasta que esa imagen se volvió cada vez más poderosa en mi mente y no me dejó alternativa. Era la imagen de un hombre cubierto de polvo y cenizas grises, vestido de traje y con un maletín en la mano. Se me ocurrió que el maletín no era suyo y que eso era un misterio que yo debía resolver.

-Todo el mundo estaba esperando la novela sobre el 11 de Septiembre de Don DeLillo. Muchos sentían que sus libros anteriores presagiaban una tragedia así. ¿Lo escribió como parte de un deber?

-No, para nada, no sentía el deber. Justo después del 11 de Septiembre fui a la zona de las Torres Gemelas y escribí un ensayo sobre mis impresiones, pero me sorprendió enterarme de que todo el mundo esperaba una novela, nunca nadie me había dicho nada al respecto

-¿Cree que la ficción puede contar lo que no pueden otros géneros literarios respecto de una tragedia así?

-La ficción es diferente porque puede explorar cómo los hechos históricos afectan la vida interior de las personas. La ficción crea un lenguaje para la vida interior y un novelista puede rastrear cómo los personajes se sienten ante un acontecimiento importante, sus sentimientos de pérdida y de dolor, sus frustraciones e incluso sus sueños. Son temas que a los periodistas o a los historiadores les costaría mucho explorar. Entonces, de una curiosa manera, la ficción no es más verdadera ni honesta que el periodismo o la historia, pero entra en lo desconocido de un modo que está cerrado para otros géneros.

-Hablando de sentimientos y sueños, a muchos los sorprendió que su novela, cuando se publicó, estuviera basada en personajes inventados y en lo que les ocurre a ellos en su vida íntima en vez de ser una novela sobre una crisis política y social

-Lo sé, pero insisto en que es demasiado pronto para escribir una novela más vasta sobre un acontecimiento que ocurrió en mi ciudad, Nueva York. Piense que pasaron más de veinte años para que se pudiera escribir una novela sobre el asesinato del presidente Kennedy. Esta vez no quise hacer una novela abarcadora, de significado histórico, mi intención fue muy distinta: contar la historia de dos personas, marido y mujer, y la madre de ella, y su amante, y no mucho más. De hecho, a diferencia de Libra, mi novela sobre el asesinato de Kennedy, no usé gente real como protagonistas, justamente para resaltar que este libro es mucho más íntimo.

-Usted fue al sitio del ataque muy poco después de la tragedia, ¿verdad?

-Sí, acompañé a mi editora, que vivía cerca, por lo que estaba autorizada a entrar en la zona, pero después me quedé solo mirando, aunque no estaba pensando como un novelista. Supongo que era inevitable que el ojo de novelista estuviera en funcionamiento, pero no tenía en mente buscar allí cosas sobre las que escribir después.

-¿A veces piensa como novelista y a veces como "civil" o no existe esa división?

-En mi escritorio, estoy en otro mundo, en un universo paralelo. Pero después abro la puerta para ver qué hay para almorzar y bajo al que habitan los demás.

-¿Y cuál fue su primera impresión al llegar al Bajo Manhattan?

-Era una ciudad en otro tipo de país, uno de ocupación militar o ley marcial, con tropas por las calles y una sensación de abandono total. Había cenizas grises y bolsas de basura por todas partes pero casi no había gente y, de golpe, uno daba vuelta la esquina y estaban las ruinas de las Torres Gemelas. Lo que más me llamó la atención era que la poca gente que estaba allí se aferraba a sus celulares para llamar a alguien y decir: "Estoy aquí, estoy aquí". No podían creer lo que veían y todo eso solo se volvía una realidad cuando lo compartían con alguien. Eso sí lo incorporé a la novela.

-¿Hizo alguna investigación formal antes de ponerse a escribir?

-No hice ningún tipo de investigación sobre los sobrevivientes, aunque conozco personalmente a un par de ellos. Sí leí el informe del gobierno sobre el 11 de septiembre y todo tipo de información factual.

-¿Cómo se le ocurrió lo del artista que hace la performance de tirarse de un edificio, como si fuera una de las víctimas que estaban en los pisos altos, y que da el título a la novela?

-Fue una invención mía hasta que leí que había una persona que hacía exactamente eso en Chicago. Hasta donde yo sé, dejó de hacerlo por las protestas de la gente y lo que hacía era bastante distinto de lo del personaje de mi novela, porque tenía todo un equipo de especialistas que se aseguraban de que no se lastimara. Me enteré de su existencia cuando estaba metido desde hacía tres o cuatro meses en la novela, fue tapa de The New York Post. ¡A la miércoles que me sorprendió! Desde mi estrecho punto de vista, sentí que había inventado la realidad.

-El hijo de los protagonistas escucha el nombre Bin Laden y lo recrea llamándolo Bill Lawton, que suena parecido, incluso lo hace aparecer mundano. ¿Cómo nació esa idea?

-¡Eso también ocurrió de verdad! La hijita de unos amigos empezó a hablar todo el tiempo de Bill Lawton y en un momento ellos se dieron cuenta de que se trataba de Bin Laden, que la nena había entendido mal el nombre cuando lo había escuchado por televisión. Por eso lo usé. No es el tipo de cosa que hubiese inventado, pero quería mostrar el impacto de un hecho histórico hasta en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana. Creo que simplemente se trata de la manera en la que un chico intenta absorber algo tan inmenso. Lo extranjero se vuelve algo menos remoto y malvado si toma un nombre común para un niño. "Bill Lawton" podría ser el nombre de un personaje de cualquier dibujo animado

-También se ha analizado mucho la presencia constante del póquer en la novela. ¿Las reglas precisas que implica un juego de cartas son acaso un intento de poner orden en el mundo del protagonista en un momento de tanto caos?

-Hay un elemento de eso, sin duda, pero puse lo del póquer también basándome en algo que ocurrió en la vida real y no tenía idea de que se iba a volver un tema importante del libro hasta el final. Tengo un amigo que se separó de la mujer y el primer mueble que compró para su departamento nuevo fue una mesa de póquer. Keith, el protagonista del libro, se pone a pensar en el tiempo en el que estuvo separado de su mujer antes del 11 de Septiembre y recuerda que él se compró una mesa y empezó armar partidos regularmente. Para mí, esa fue una manera de introducir en la novela a sus amigos, dos de los cuales morirían en los ataques, pero sobre todo, el póquer para mí era importante como una forma de hacerlo olvidar. Porque Keith se mete tan de lleno en el ambiente del póquer que desaparece en él, y así sufre una especie de amnesia (creo que el término clínico es amnesia disociativa) por la cual no recuerda precisamente qué ocurrió dentro de las Torres cuando chocaron los aviones. Así no tiene que lidiar con los sentimientos encontrados que le provoca que sus amigos hayan muerto en el ataque y él haya sobrevivido.

-¿El póquer sigue siendo una moda en la sociedad norteamericana? ¿Había algo de crítica detrás de su incorporación a la narrativa?

-Creo que la fiebre del póquer no es tan fuerte como unos años atrás, pero pasé un tiempo considerable en Las Vegas y es interesante ver la cantidad de gente que está todo el día y gran parte de la noche jugando a las cartas. Yo fui como observador, pero por muchos años tuve un partido de póquer semanal, que finalmente abandoné porque no me gusta el póquer de torneo que se juega ahora, se llama Texas hold em y es una modalidad que no aprecio. Se vuelve un sustituto de la vida real y eso es exactamente lo que le pasa a Keith.

-¿Diría que El hombre del salto es un libro sobre la psicología de masas?

-Escribí por lo menos otros dos libros sobre la psicología de las masas, pero este diría que es un libro sobre la identidad y la memoria. La protagonista femenina dice que ella siempre quiso ser otras personas, Keith quiere ser alguien que se sienta realizado y el terrorista quiere destruir su identidad para así poder entrar en un nuevo tipo de vida.

-¿Y lo lograrán, aunque sea después de terminado el libro?

-No lo sé, cuando un libro termina, los personajes abandonan mi cabeza y pasan a vivir en las páginas, así que solo vuelven a existir cuando me releo.

-¿Se relee mucho?

-Solo vuelvo a leer un libro mío cuando tengo preguntas de los traductores. A veces me bajonea lo que encuentro, pienso que tal o cual párrafo podría haberse evitado. A veces, en cambio, no puedo evitar sorprenderme por la calidad de algo que escribí más de veinte años atrás. Claro que entonces me pregunto si hoy sería capaz de escribir algo así. Así que releerse tiene desventajas desde cualquier punto que uno lo mire.

-Y al sentarse frente a la página en blanco, ¿es distinto lo que siente hoy de lo que sentía más de veinte años atrás?

-Es diferente porque ahora tengo una historia como escritor y es difícil hacerla a un lado y fingir que soy un autor anónimo y empiezo de cero. Supongo que entonces lo que debe de haberme angustiado era la incertidumbre respecto de si algún día sería publicado. Pero la verdad es que tenía decidido que iba a ser escritor y sentía que si no me publicaban el libro, bueno, me publicarían otro, pero que no era algo que iba a probar a ver si me iba bien y si no, abandonaría. Más adelante en la carrera la angustia, para todo escritor, pasa por intentar evitar el autoencasillamiento. Es una barrera que hay que tratar siempre de romper y ser fiel a la idea que se tiene para cada libro, sea cual sea.

-Usted suele citar a Norman Mailer como una de sus grandes influencias, más allá de Joyce, Faulkner o Hemingway. Sin embargo, usted y él parecen escritores muy distintos

-Supongo que es eso de que los opuestos se atraen, ¿no? Cuando yo comenzaba como escritor, su nombre y su trabajo estaban por todas partes, él escribía unos ensayos muy controvertidos además de, claro, su ficción. Resultaba de un interés permanente para mí seguir su carrera porque además me fascinaba que fuera una persona con un grado de exposición pública tan alto, algo para mí muy llamativo porque llevo una vida muy privada. Yo nunca pensé que me hubiera gustado escribir como él, pero su trabajo parecía hablarle al mío de una manera muy indirecta. Ambos terminamos muy interesados en Lee Harvey Oswald, sobre el cual yo escribí una novela y Mailer, un ensayo. Creo que eso mostró cómo dos personalidades muy distintas pueden encontrar un territorio común en la literatura.

-Usted ha dicho que sintió que, para la literatura norteamericana, fue como si Hemingway muriera un día y Pynchon naciera al día siguiente. ¿Cómo es eso?

-Creo que la ficción dio un giro con la irrupción de Pynchon, no en todos los niveles de exploración, pero sí en cuanto al elemento de surrealismo, incluso de fantasía que entró en la ficción seria. El realismo duro y el diálogo aparentemente realista de Hemingway empezó a desvanecerse entonces. Hoy es diferente, un cambio así sería difícil de pensar y eso se debe en gran parte a la industria editorial, que hace casi imposible que un escritor joven se ponga a explorar territorios nuevos, porque la posibilidad de ser aceptado y publicado es extremadamente reducida. Por eso, la mayor parte de la ficción que se produce hoy parece toda sacada del mismo molde, y se trata de un molde angosto. No era así treinta años atrás. Hoy posiblemente yo no habría conseguido que nadie publicase mi primera novela, Americana, porque no tiene un orden claro, es muy cortada y no es demasiado fácil de leer.

-Con la publicación asegurada como uno de los principales escritores de Estados Unidos, ¿qué es, entonces, lo que le resulta más difícil hoy?

-En realidad, lo mismo de siempre: el trabajo cotidiano, conseguir la idea correcta y seguirla con fidelidad por dos o tres años hasta que la novela esté completa. Eso es igual de difícil que al principio. Pero, como ley general, nunca nada es fácil cuando se es escritor.

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