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Pensamiento | Etica

Ser ciudadanos del mundo

ADN Cultura

El filósofo de origen inglés, autor de Cosmopolitismo (Katz), cuenta cómo aprendió de su experiencia personal el valor de abrirse a pueblos y culturas extraños, y propone una globalización basada en el diálogo y no en el dominio político unilateral

Mi madre nació en el oeste de Inglaterra, al pie de las montañas Cotswold, en una familia que podía rastrear su linaje en un radio de cincuenta millas a la redonda, remontándose hasta el primer período normando, casi un milenio atrás. Mi padre nació en la capital de la región ashanti de Ghana, en una ciudad donde podía remontar su ascendencia hasta antes del establecimiento del reino Asante, a fines del siglo XVIII. De manera que cuando estas dos personas, nacidas en lugares tan distantes, se casaron en Inglaterra en la década de 1950, mucha gente les advirtió que un matrimonio mixto no les iba a resultar fácil. Mis padres estuvieron de acuerdo. Verán, mi padre era miembro de la iglesia metodista y mi madre pertenece a la iglesia de Inglaterra. Y ese era un verdadero desafío. Después de todo, John Wesley, padre fundador del metodismo, dijo: "Si los metodistas abandonan la Iglesia de Inglaterra, me temo que Dios abandonará a los metodistas". En cualquier caso, soy, pues, producto de un matrimonio mixto. Fui bautizado metodista y educado en escuelas anglicanas; en Ghana, fui a la escuela dominical de una iglesia no denominacional,* de la que mi madre era miembro. St. George s era la iglesia de mi madre: fue miembro y consejera de ella durante más de cincuenta años. Pero su funeral se celebró en la catedral metodista, de la que mi padre y mi abuelo eran consejeros, aunque el ministro de St. George s fue uno de los clérigos oficiantes. Así lo había decidido mi madre. Y si le hubieran preguntado a qué credo había pertenecido todos esos años, ella habría respondido que pertenecía a la iglesia de Cristo y que el resto eran detalles irrelevantes. Ese era el desafío de los matrimonios mixtos, al menos en Ghana.

Soy hijo de mi madre y de St. George s. De ellos aprendí mis primeras nociones de cristianismo. Pero también aprendí otra cosa de mis dos padres: algo de lo que fueron un ejemplo cuando decidieron convertirse en marido y mujer. Una suerte de apertura a los pueblos y las culturas más allá de aquellos en los que ambos habían sido criados. Creo que mi madre aprendió esto de sus padres, que tenían amigos en muchos continentes en una época en que la mayoría de los ingleses eran extremadamente provincianos. Mi padre lo aprendió, creo, de Kumasi que, como muchas ciudades capitales, es un lugar políglota y multicultural, abierto al mundo. Pero también lo aprendió de su educación. Porque, al igual que muchos de los que tuvieron la rara oportunidad de recibir una educación secundaria en los remotos confines del Imperio británico, tuvo una formación en los clásicos. Adoraba el latín. Junto a su cama no solo tenía la Biblia sino también las obras de Cicerón y Marco Aurelio, ambos seguidores de la clase de estoicismo que era esencial en la vida intelectual y moral de la elite romana del siglo I, cuando la cristiandad empezaba a difundirse en el mundo helénico del Imperio de Oriente. En su testamento espiritual destinado a nosotros, sus hijos, nos decía que siempre debíamos recordar que éramos "ciudadanos del mundo"... y usó exactamente esas palabras, que Marco Aurelio hubiera reconocido y con las que habría estado de acuerdo. Después de todo, fue Marco Aurelio quien escribió:

qué cercano es el parentesco entre un hombre y toda la raza humana, ya que no se trata de un comunidad determinada por un poco de sangre o de simiente, sino por el espíritu.

Ahora bien, la primera persona que conocemos que dijo ser un ciudadano del mundo ( kosmou polites en griego, que es de donde procede nuestra palabra "cosmopolita") fue un hombre llamado Diógenes. Diógenes nació en algún momento de la segunda mitad del siglo V en Sinope, en la costa sur del Mar Negro, en lo que es, en la actualidad, Turquía. Rechazó la tradición y la lealtad local y en general se opuso a lo que todos los demás consideraban una conducta "civilizada". Según la tradición, vivía dentro de un gran recipiente de terracota. Y lo llamaron cínico (en griego, kyneios significa perrito) presumiblemente porque vivía como un perro: los cínicos son exactamente los filósofos perrunos. No se sorprenderán al enterarse de que lo echaron a patadas de Sinope, su ciudad natal.

Pero, para bien o para mal, fue Diógenes, como ya dije, el primero en decir que era un "ciudadano del mundo". Por supuesto, se trata de una metáfora. Porque los ciudadanos comparten un estado y no existía ningún estado mundial del que Diógenes pudiera ser ciudadano. De manera que, como cualquiera que adopte esa metáfora, tuvo que decidir qué quería decir con ella.

Una de las cosas que Diógenes no quería decir era que estaba a favor de un único gobierno en el mundo. Una vez conoció a alguien que sí estaba a favor de eso: Alejandro Magno, quien estaba a favor, como todos saben, de que el mundo entero fuera gobernado por Alejandro Magno. La historia cuenta que Alejandro se encontró un día de sol con Diógenes, que esta vez no estaba dentro de su barril de arcilla sino metido en un hoyo excavado en la tierra. El conquistador del mundo, quien, por ser alumno de Aristóteles, había sido educado para respetar a los filósofos, le preguntó a Diógenes si podía ayudarlo de alguna manera. "Por cierto -dijo Diógenes-, puedes dejar de taparme el sol." Claramente, Diógenes no era un admirador de Alejandro o, podemos suponer, de su proyecto de dominación global. (Esto debe de haber alterado a Alejandro, quien supuestamente dijo: "Si no hubiera sido Alejandro, me habría gustado ser Diógenes".)

Y eso es lo primero que me gustaría tomar de Diógenes para interpretar la metáfora de la ciudadanía global: nada de gobierno mundial, ni siquiera el de un discípulo de Aristóteles. Diógenes quería decir que nosotros, como ciudadanos, podemos considerarnos -aunque no lo seamos- miembros de una única comunidad política, súbditos de un único gobierno.

Una segunda idea que podemos tomar de Diógenes es que debería importarnos el destino de todos nuestros congéneres humanos, no solo el de los seres humanos de nuestra propia comunidad política. Así como nos preocupa nuestra comunidad, deberíamos preocuparnos por todos y cada uno de nuestros conciudadanos, de manera que, a nivel mundial, deberíamos preocuparnos por nuestros conciudadanos del mundo, nuestros congéneres humanos. Y, más aún -y esta es la tercera idea de Diógenes-, podemos tomar buenas ideas de todo el mundo, no solo de nuestra propia sociedad. Vale la pena escuchar a otros porque tal vez tengan algo para enseñarnos; vale la pena que ellos nos escuchen, porque tal vez tengan algo que aprender de nosotros.

Y este es el último punto que quiero tomar prestado de Diógenes: el valor del diálogo, la conversación como modalidad fundamental de la comunicación humana. Entonces yo, un ciudadano estadounidense del siglo XXI, de ascendencia angloghanesa, quiero tomar prestadas estas tres ideas de un ciudadano de Sinope que soñó con la ciudadanía global hace veinticuatro siglos: 1) no necesitamos un gobierno mundial único pero 2) debemos preocuparnos por el destino de todos los seres humanos, dentro y fuera de nuestra propia sociedad y 3) tenemos mucho que ganar de las conversaciones que entablemos más allá de las diferencias.

Entonces, el cosmopolitismo es universalista: cree que cada ser humano importa y que tenemos la obligación compartida de preocuparnos por los otros. Pero también acepta el amplio espectro de la legítima diversidad humana. Y ese respeto por la diversidad viene de algo que también se remonta a Diógenes: la tolerancia de la manera en que la gente elige vivir y la humildad respecto de lo que nosotros mismos conocemos. La conversación entre identidades -entre religiones, razas, etnias y nacionalidades- vale la pena, porque por medio de la conversación se puede aprender de personas con ideas diferentes e incluso incompatibles con las nuestras. Y también vale la pena porque, si aceptamos que vivimos en un mundo con muchas clases de personas diferentes e intentamos vivir con ellas en una paz respetuosa, tendremos que entendernos mutuamente, aun cuando no estemos de acuerdo.

La globalización ha hecho relevante este antiguo ideal, que no lo era en realidad en la época de Diógenes o de Marco Aurelio. Como vemos, hay dos condiciones obvias para la concreción de la ciudadanía: conocimiento de las vidas de otros ciudadanos, por un lado, y la capacidad de incidir sobre ellas, por el otro. Y Diógenes no conocía a mucha gente -de China y Japón, de Sudamérica, del África ecuatorial, ni siquiera del oeste o el norte de Europa-, y nada de lo que él hiciera podía ejercer mucha influencia sobre esas personas (al menos, que él supiera). El hecho es que no se puede infundir verdadero significado a la idea de que todos somos conciudadanos si no podemos influirnos mutuamente y no sabemos nada uno del otro.

Pero, como digo, no vivimos en el mundo de Diógenes. Solo en los últimos siglos, a medida que cada comunidad humana ha sido gradualmente incorporada a una red única de comercio y de información global, hemos llegado a un punto en que cada uno de nosotros puede imaginar, de manera realista, la posibilidad de contactarse con cualquier otro de los seis mil millones de congéneres humanos y enviarle algo que vale la pena que tenga: una radio, un antibiótico, una buena idea.

Desafortunadamente, ahora también podemos enviar, por negligencia o por maldad, cosas que causan daño: un virus, un contaminante ambiental, una mala idea. Y las posibilidades de bien y de mal se multiplican indefinidamente cuando se trata de las políticas que un gobierno implementa en nuestro nombre. Juntos, podemos arruinar a los agricultores pobres introduciendo nuestros cereales subsidiados en sus mercados, paralizar industrias con aranceles punitivos, entregar armas que matarán a miles y miles de personas. Juntos, podemos mejorar los estándares de vida adoptando nuevas políticas comerciales y de ayuda, prevenir o tratar enfermedades con vacunas y medicamentos, tomar medidas contra el cambio climático global, estimular la resistencia a la tiranía y la preocupación por el valor de cada vida humana.

Y, por supuesto, la red de información global -la radio, la televisión, los teléfonos, Internet- no solo implica que podemos afectar la vida en cualquier parte, sino también que podemos aprender cómo es la vida en otras partes del mundo. Cada persona que usted conoce y sobre cuya vida puede incidir es alguien hacia quien también tiene responsabilidades: decirlo es confirmar la idea misma de la moralidad y la ética. El desafío, entonces, es reclutar las mentes y los corazones formados durante los largos milenios de vida y constituir tropas locales, equipadas con ideas e instituciones que nos permitan vivir juntos como la tribu global en la que nos hemos convertido.

Porque ahora realmente necesitamos un espíritu cosmopolita. Esa espíritu nos imagina unidos por la conversación entre diferentes pero también acepta que haremos elecciones diferentes -dentro de una nación y entre las naciones- sobre cómo vivir nuestra vida.

* Es el nombre de un movimiento de congregaciones que afirman bregar por la unidad de los cristianos, sin identificarse con ninguna corriente de pensamiento teológico moderno, e intentan regresar a las enseñanzas paulinas. [N. del E.] .

Por Kwame Anthony Appiah Para LA NACION © Kwame Anthony Appiah [Traducción: Mirta Rosenberg]
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