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Un mundo libre de armas nucleares

Por Irma Argüello Para LA NACION

Martes 26 de febrero de 2008
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Las más de veinticinco mil armas nucleares que todavía existen en el mundo tienen una capacidad de destrucción que supera ampliamente lo que se necesita para la desaparición de toda la población del planeta. Desde este punto de vista, jamás debería librarse una guerra nuclear pues no habría triunfadores, como Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov admitieron en 1985.

En el mundo bipolar de la Guerra Fría, el desarrollo creciente de estos armamentos se justificaba porque tenía un papel central en el juego de disuasión entre Estados Unidos y la Unión Soviética y en el balance del poder mundial.

La perspectiva de una "mutua destrucción asegurada" fue, en la práctica, una garantía de que las armas nucleares fueran desarrolladas para no ser nunca efectivamente utilizadas.

Caricatura: Kovensky

Mirando hacia atrás, se podría decir que las inversiones realizadas durante la carrera nuclear podrían haberse orientado hacia aspectos relacionados con el bienestar humano. Pero, para ser justos, cabe reconocer que, en la práctica, las potencias nucleares fueron eficientes en diseñar la trama de controles necesarios para evitar una utilización apresurada o irresponsable.

Hoy esas reglas han cambiado. El mundo se ha vuelto más precario y menos previsible, y la existencia de arsenales nucleares, lejos de apuntalar la seguridad internacional se ha convertido, más que nunca, en una amenaza cuya peligrosidad resulta muy difícil de cuantificar.

Los cinco países nucleares originales -los Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, Francia y China- se han transformado, de hecho, en nueve, con el agregado de India, Paquistán, Israel y, recientemente, Corea del Norte.

Esta "nuclearización" paulatina dista de ser un proceso concluido, sino que abre las puertas a que otros estados con avance tecnológico suficiente -existen más de una decena de países que pueden ser situados en esas condiciones- consideren la posibilidad de incorporarse al club nuclear, como una manera de revertir los desequilibrios de poder regional o global.

Más aún: si a estos nuevos actores estatales se agrega el terrorismo internacional, poco permeable a la disuasión y declaradamente deseoso de disponer de estos medios, es fácil anticipar un futuro inquietante, en el que el uso de armas nucleares sea considerado como un evento de probabilidad significativa.

Ante esta realidad, y a la par de aquellos que todavía las consideran una alternativa válida y aplicable, ha cobrado fuerza entre líderes mundiales de primer nivel la convicción de que la comunidad global debe transitar sin más dilaciones, y en forma cooperativa, los delicados pasos que lleven a la eliminación total de las armas nucleares.

Los esfuerzos que apuntan a la reducción de arsenales no son nuevos. Por ejemplo, a través del llamado Programa Nunn-Lugar de Reducción Cooperativa de Amenazas, los Estados Unidos proveen desde hace años de apoyo técnico y económico a Rusia y a las demás repúblicas de la ex Unión Soviética, con el objeto de mantener en condiciones seguras sus armas de destrucción masiva para luego destruirlas progresivamente. De esa manera, hasta ahora se han podido eliminar del stock mundial más de 7000 cabezas nucleares.

Sin embargo, estos esfuerzos parecen ser insuficientes frente a los riesgos que se avecinan, y se requerirán prontas definiciones y decisiones multilaterales sobre puntos de gran relevancia, aún pendientes.

Uno de gran prioridad consiste en que, en los hechos, los Estados nucleares se han apartado del espíritu original del Tratado de No Proliferación Nuclear, que incluye en su artículo sexto el concepto de desarme completo de las potencias nucleares.

Así, a cuarenta años de su nacimiento, existen todavía dudas sobre la fuerza del compromiso de los cinco estados nucleares originales, consistente en abandonar sus privilegios en cuanto a disponibilidad de armas.

Esas dudas redundan, naturalmente, en frustración y reticencia del resto del mundo en redoblar los esfuerzos para impedir la proliferación.

Con la intención de corregir tales distorsiones, durante la Conferencia de Revisión del Tratado, efectuada en 2000, se acordaron trece puntos que, si fueran puestos en práctica, permitirían avanzar con firmeza hacia el objetivo de desarme.

Entre los más relevantes se encuentran la necesidad de ratificación urgente del Tratado para la Eliminación Completa de los Ensayos Nucleares por parte de los Estados Unidos, China y de otros países renuentes a hacerlo; el perfeccionamiento de los procesos de verificación de instalaciones y materiales nucleares, y el incremento de la transparencia y de la apertura al control internacional.

Otro punto por resolver es la situación ambigua de los cuatro Estados nucleares de hecho, los cuales, por no haber firmado o haber renunciado al Tratado de No Proliferación, se encuentran fuera del alcance de las obligaciones que éste plantea.

El tratamiento especial que deberían tener dichos países es un tema central, al cual debería buscarse una solución racional consensuada.

Existe otra cuestión fundamental, que afecta particularmente a países como el nuestro, es decir, aquellos Estados no poseedores de este tipo de armamentos, y es la necesidad de una toma de decisiones ecuánimes en el nivel internacional respecto de la gestión de las materias primas nucleares, más particularmente respecto del ciclo de combustible.

Aquí se plantea el doble desafío de respetar, por una parte, el derecho inalienable de todos los países al desarrollo de la energía nuclear para fines pacíficos, lo cual impone la disponibilidad suficiente de dichos materiales y, por la otra, el de proporcionar la protección necesaria, que evite que tengan un destino final en manos irresponsables.

En esta línea de pensamiento, se ha dado un paso importante. Un grupo de relevantes ex funcionarios del gobierno de los Estados Unidos, conformado por los republicanos George Schultz, secretario de Estado durante la presidencia de Reagan, y Henry Kissinger, secretario de Estado durante las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, junto con los demócratas William Perry, secretario de Defensa durante la administración de Bill Clinton y Sam Nunn, quien fue presidente del influyente Comité de Servicios Armados del Senado de ese país, y que dirige actualmente, junto con el empresario Ted Turner, la organización no gubernamental NTI, Iniciativa frente a la Amenaza Nuclear, han elaborado, con el apoyo de un grupo de especialistas destacados, un documento publicado a mediados de enero último en las páginas del Wall Street Journal con el título de "Hacia un mundo libre de armas nucleares".

El mencionado documento aborda las cuestiones críticas que se han planteado en este artículo y otras más, a la vez que refuerza la idea, ya expresada por los mismos autores a principios de 2007, por la que convocan a la comunidad internacional a seguir los pasos necesarios para la abolición de las armas nucleares.

Adicionalmente, se explicitan en este nuevo documento las responsabilidades especiales que tienen los estados nucleares y, sobre todo, las responsabilidades de aquellos que, en conjunto, poseen más del 95 por ciento de las cabezas nucleares, es decir, las de Estados Unidos y Rusia.

Los autores reclaman para su país un liderazgo estratégico de esta propuesta y piden para ello el cumplimiento de los compromisos pendientes relacionados con el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Esa postura conlleva un llamamiento a la actual generación de líderes de su nación, los Estados Unidos de América, a actuar con claridad y energía.

Cabe preguntarse, entonces, si se logrará forjar el consenso global basado en la confianza, imprescindible para pasar de la visión de un mundo que se encuentre libre de armas nucleares a las acciones que concreten en la realidad tal objetivo.

El mundo tiene por delante un proceso extremadamente complejo, en el cual cada paso, para ser efectivo, deberá realizarse en armonía de intereses, contemplando en todo momento el mantenimiento de un sutil equilibrio global.

Las propuestas planteadas, viniendo de protagonistas respetados y de reconocida experiencia en gestión de gobierno, han ganado un gran espacio político y un número significativo de adhesiones en todo el mundo.

En este sentido, la conferencia que se realizará precisamente hoy en Oslo, Noruega, con la participación de líderes y expertos de primer nivel, buscará avanzar en la construcción de un consenso amplio en cuanto a visión y prioridades.

Esta progresiva toma de conciencia internacional respecto del tema abre un ámbito de oportunidad para que la abolición definitiva de las armas nucleares, más allá de una utopía, se transforme en un objetivo realista, factible de ser cumplido.

La autora es presidenta de la Fundación No Proliferación para la Seguridad Global

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