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Olmedo, el hombre que cambió la lógica televisiva

A veinte años de su trágica muerte, siguen vigentes sus innovaciones en la pantalla chica, aunque la falta de archivos impide rescatar toda su trayectoria

Miércoles 05 de marzo de 2008
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LA NACION

A 20 años exactos de su trágica desaparición, Alberto Olmedo se mantiene por derecho propio en un lugar privilegiado de nuestra memoria en términos de cultura popular.

Pero cuando volvemos a revisar en estos días las grabaciones de lo mejor de su última y tan celebrada etapa televisiva, además de regocijarnos por momentos con esa inventiva que llevó, por ejemplo, a Carlos Ulanovsky a definirlo como "el más genuino producto actoral que generó el medio", muy probablemente dejamos de sonreír al tomar conciencia de que esos tapes nos muestran con absoluta claridad cómo pasó el tiempo y qué lejos quedó aquella impronta olmediana que llegó a ser auténticamente revolucionaria para nuestra TV.

Podríamos preguntarnos, de no haber existido aquella caída fatal en Mar del Plata, tan explotada en los días posteriores con afán sensacionalista y casi morboso, cómo habría evolucionado el incomparable vínculo que Olmedo estableció con la televisión desde su debut, en 1956, cuando el director Francisco Guerrero lo alentó a formar parte de La troupe de la TV .

Nunca sabremos si esa vocación por el juego picaresco, que desveló en su momento a muchas instituciones defensoras de la moralidad, hubiese seguido en sus manos hasta sumarse hoy a la ola de procacidad gratuita, innecesaria y explícita que hoy domina lo que dudosamente podríamos calificar como comicidad televisiva.

Lo mismo cabría decir de otro de los atributos que más se le cuestionaron en su tiempo, esa suerte de machismo impenitente que cultivan hoy no pocos animadores televisivos, aunque corresponde reconocer que varias mujeres muy vistosas que integraron sus elencos fueron las primeras en ponderar el estilo humorístico con el que mejor fue identificado.

Así lo hicieron, por ejemplo, Silvia Pérez y Beatriz Salomón en el laborioso y estimulante documental de dos horas que The History Channel estrenó anteayer y que hoy podrá volver a verse, a partir de las 22. Lo mismo se descuenta que ocurrirá en El nombre de la risa , tributo especial cuya emisión anuncia Telefé para esta noche, a las 23 (América, por su parte, presentará hoy una edición especial de Secretos de colección , a las 13.30).

Desparpajo

Pero tan difícil resulta imaginar a un Olmedo de 75 años -nació en Rosario el 24 de agosto de 1933- en una televisión argentina como la de hoy, que parece haber entendido sólo en sus aspectos superficiales el desparpajo con el que cambió para siempre buena parte de la lógica televisiva, como recuperar en plenitud su trayectoria.

Como sólo conservamos los archivos de su etapa final (sobre todo la de No toca botón ), es imposible rescatar, más allá de la memoria de quienes pudieron verlos, aquellos tiempos iniciales y, especialmente, la época dorada de sus apariciones en Operación Ja Ja (con el excepcional Yeneral González y memorables apariciones cuando la clásica peluquería creada por los hermanos Sofovich estaba a cargo de Fidel Pintos) y en El chupete , en el que se sacaba chispas nada menos que con Ernesto Bianco, aunque ese programa fue testigo de una penosa experiencia: el 4 de mayo de 1976 un locutor anunció la "desaparición física" del cómico, broma de pésimo gusto que lo marginó de la pantalla por un buen tiempo. Sin contar las innumerables apariciones vespertinas frente a un público familiar del inefable Capitán Piluso, junto a Humberto "Coquito" Ortiz.

Aquellas experiencias únicas llevaron a Ulanovsky, tres décadas atrás, a tratar de definir el significado del "olmedismo". En el libro 1951-1976: Televisión argentina 25 años después , identifica ese fenómeno como "el capital expresivo de una nueva clase de porteños" gracias a sus desmañadas apariciones ante las cámaras con frac, bombín, bigote postizo y "rucucu", una extrañísima palabra que pasó a la historia del medio. "Yo creía -dice allí el propio Olmedo- que en televisión estaba todo por hacerse, y en un momento descubrí el camino del desparpajo. A través de eso me convertí en un compinche del espectador. Soy el que muestra lo que se oculta o dice lo que nunca se dice. Yo muestro que ese mundo aparentemente brillante esconde alfombras rotas, cameramen mal vestidos y actores con mala memoria que disimulan sus parlamentos entre el decorado." Y cuenta que un día vio a su gran compinche Jorge Porcel -con quien compartió 36 películas y muchos momentos televisivos- en pleno programa con un zapato roto. "Entré -agregó-, interrumpí todo, agarré yo mismo la cámara y mostré: ¿cómo el público iba a perderse eso?"

Su experiencia inicial en el medio como técnico y alguna condición innata lograban que mirara como nadie a la cámara. "Cuando observo la lente le encuentro sentido: allí veo ojos, gente que me mira y que espera que yo la mire", precisó allí. Y esa capacidad impar de improvisar se convirtió, con el tiempo, en algo esperado por el espectador. "No cubría un bache: daba continuidad a la secuencia poniéndola en evidencia", conjeturó el desaparecido sociólogo Oscar Landi, uno de los muchos intelectuales que reivindicaron después de la muerte de Olmedo y desde las ciencias sociales los aportes del cómico a la cultura popular.

Desde el libro Devórame otra vez (1992), Landi también observa que Olmedo, que conoció los altibajos y el éxito resonante en su larga trayectoria, en su etapa final "representó como nadie el grotesco, el sinsentido, la parodia que nos permitió seguir viviendo en la Argentina de la larga crisis". Cualquiera asociará instintivamente esa reflexión a aquel "¡Eramos tan pobres!" con el que cerraba uno de sus sketches más celebrados.

No fue la única expresión "olmediana" inscripta en la memoria televisiva. Los chicos que tomaban la leche con Piluso, los adultos que festejaban cómplices sus miradas y gestos ante la anatomía femenina, quienes se frustraban al verlo tan acartonado en el cine, quienes soñaron con un eventual paso suyo nunca concretado por obras más comprometidas y hasta quienes lo cuestionaron por su estilo y algunos modos reconocieron en él a una figura única, excepcional, distinta que dejó desde hace 20 años un vacío imposible de llenar.

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