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Logrado traspaso a escena de un cuento de Carver

En Catedral se luce el trabajo actoral de Rafael Cejas

Domingo 16 de marzo de 2008
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Catedral . De Raymond Carver. Traducción, dramaturgia y dirección: Martín Flores Cárdenas. Con: Rafael Cejas, Matilde Campilongo y Chendo Hortiguera. Iluminación: Marco Pastorino: Vestuario: Merlina Molina Castaño. Asistente de dirección: María Sol López. Teatro La Sala de Arriba, Guatemala 4778 (4831-2435). Viernes, a las 22. Entradas: $ 20. Duración: 40 minutos. Nuestra opinión: buena

Martín Flores Cárdenas logró con su traducción, su adaptación y, sobre todo, con su dirección de actores que Catedral mantenga sobre el escenario ese cóctel de climas enrarecidos y siempre atrapantes que Raymond Carver transmite -con infinitos matices- en sus cuentos.

Allí hay ironía, sarcasmo, tiempos aparentemente muertos, características todas que alimentan y le dan fuerza a un cierto tipo de suspenso que gira y desconcierta cualquier idea preconcebida. Es claro que Carver es Carver, y aquel que guste de sus cuentos gustará de éste, que fue llevado a versión escénica, pero a diferencia de lo que sucede con aquéllos a quienes su literatura no seduce -es casi taxativo el "a mí Carver no me gusta"- sí pueden lograr sentir empatía con la propuesta de Flores Cárdenas, ya que, aquí, quienes les ponen el cuerpo a los personajes agregan un plus más que valioso.

Los trabajos actorales de Chendo Hortiguera, Matilde Campilongo y, sobre todo, Rafael Cejas, se convierten casi en un hallazgo.

Hortiguera es el ciego que llega a la casa de una vieja amiga y su marido, después de muchos años. Algo de títere inerme hay en su composición hasta que decide trocar suavemente en titiritero. Campilongo colma de detalles chiquitos -casi imperceptibles- a su personaje, lo que les otorga simétrica proporción a su debilidad y a su fortaleza. Y, por su parte, Cejas se convierte en el principal narrador de la historia, los ojos del autor/dramaturgo, y así atrapa todas las miradas en sus gestos, su desconcierto, sus temores tan reconocibles. Un lujo de actor, que se luce en una composición contenida, casi ascética. Características que se repiten en la escenografía, en el concepto general de la puesta.

En definitiva, el director logra el traspaso del papel al escenario con comodidad. Allí hace vivir una historia pequeña con final incierto a este delicioso trío de perdedores.

Verónica Pagés

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