Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Cacería para ganar la Plaza

Fueron golpeados manifestantes que apoyaban el reclamo del campo

SEGUIR
LA NACION
Miércoles 26 de marzo de 2008
0

Parecía una cacería. Con Luis D'Elía a la cabeza, un grupo de 200 piqueteros avanzaba por la avenida Corrientes rumbo a la Plaza de Mayo y corrían a los manifestantes que regresaban a sus casas tras participar de la protesta contra el aumento de las retenciones.

"¡A los de la puta oligarquía, dale, dale! ¡Les vamos a meter las cacerolas en el culo!", gritaba D'Elía, desencajado. Sus militantes arrinconaban a grupos aislados de manifestantes que, al ver avanzar a los piqueteros, escapaban a las corridas, asustados. El propio D'Elía se acercaba a los grupos, con mujeres y niños, que permanecían en la calle y, a pocos centímetros de la cara, les gritaba: "¡Piqueteros, carajo!". Todo ocurría a metros del Obelisco, sin la presencia de un solo policía.

Al alcanzar la Plaza de la República, se desató la violencia: D'Elía golpeó en la cara a Alejandro Grahan, un dirigente de Gualeguaychú, que se le había acercado y lo había acusado de ser un "mercenario". Enseguida, un grupo de piqueteros rodeó al manifestante, con sangre en su boca, y lo arrastró hasta la avenida 9 de Julio. Fue a las 23.45, minutos antes de que un grupo de 300 militantes oficialistas, encabezados por D'Elía y por el ex funcionario bonaerense Emilio Pérsico, desplazara a la gente que se manifestaba con un cacerolazo en la Plaza de Mayo, desde las 20.

Cuando los piqueteros llegaron a la Plaza, minutos después de la medianoche, se produjeron los mayores incidentes. El bando de D´Elía y Pérsico se enfrentó con un grupo de manifestantes de la protesta del campo, en su mayoría jóvenes, que se quedó a resistir el avance de los militantes oficialistas en la esquina de la plaza que da a la Catredral Metropolitana.

Hubo choques, piñas, insultos y una tensión permanente ante el peligro de que la gresca se generalizara. De los dos lados, jóvenes se invitaban a pelear. "¡Vayan a trabajar!", gritaba el grupo procampo. "¡Oligarcas!", les replicaban los otros.

Los militantes de Pérsico, que se concentraron en Avenida de Mayo y Perú, ya habían chocado con grupos de manifestantes que abandonaban la plaza. Fueron treinta minutos de empujones, golpes y patadas. Volaron cacerolas hacia un lado y palos hacia el otro ante la permisividad policial. Treinta policías de infantería, otros tantos con uniforme de calle y varios más de civil estaban sobre la calle Perú, a sólo veinte metros de los incidentes, sin intervenir ni para separar los bandos que no cedían ni un centrímetro sus posiciones.

D´Elía llegó a la carrera con su gente. Se contactó con el ala de Pérsico y le dijo a su aliado: "Los empujamos hasta la Pirámide". Y lo hicieron. A los golpes.

D´Elía se subió a la Pirámide de Mayo y empezó a los gritos: "¡La Plaza es nuestra, la puta que lo parió!" Un centenar de piqueteros oficialistas se abrazaba mientras su líder se abría paso a los empujones. Había logrado su objetivo. Fue ésa la fotografía final de una jornada signada por la tensión: enfrentamientos, corridas y un cacerolazo que había empezado pacíficamente cuatro horas antes.

Todos en la calle

Desde las 20, el sonido de las cacerolas empezó a recorrer los barrios del norte de la Capital. Hubo manifestaciones espontáneas en Recoleta, Barrio Norte, Retiro, Caballito, Belgrano y Villa Crespo. Un numeroso grupo de manifestantes se congregó frente a la quinta presidencial de Olivos e hizo sonar allí su reclamo contra la política agropecuaria del Gobierno y el discurso de la Presidenta.

Mucho más lejos también sucedía lo mismo. En Córdoba, cientos de manifestantes improvisaron una bulliciosa marcha con cacerolas y banderas argentinas.

Un poco más tarde, en Rosario ocurrió lo mismo. En La Plata, a las 21, unas 200 personas se concentraron en 7 y 50. Una hora después ya eran 2000. Al principio, los sonidos parecían no tener dueño. Ruidos de cacerolas y gritos bajaban, anónimos, de los edificios. En la calle no había nadie.

"¡Estoy harta de la soberbia, de los patoteros, del atropello!", gritaba Leticia Avila, solitaria, la primera manifestante que, a las 20.30, salió a la calle en el coqueto barrio de Recoleta, en Callao y Quintana.

Poco después, bajó otro manifestante, indignado con Cristina Kirchner: "¡El discurso fue violento, provocador! No podemos permitir que le metan la mano en el bolsillo así a la gente. ¡Estamos con el campo!", bramó.

Al rato, era ya un centenar las personas reunidas. Cortaron Quintana y Callao, en Recoleta, mientras empezaban a cortar en Belgrano, en Caballito, en Almagro, en Villa Crespo. El discurso era común: "Basta de resentimiento y violencia", "Todos somos el campo", "No a las retenciones".

Se repetían las protestas en ciudades como Tandil y Mar del Plata, y en capitales provinciales como Santa Fe y Tucumán. De hecho, en la plaza Independencia de Tucumán se reunieron cientos de personas en contra de las retenciones y del Gobierno.

En Rosario también hubo enfrentamientos entre militantes kirchneristas y manifestantes procampo por la ocupación de la plaza, que terminó igual que en la Capital Federal.

Sólo cerca de la 1.30, el ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández, justificó el desempeño policial. "En ese lugar [por la Plaza de Mayo] estaba plagado de policías", dijo. Y destacó: "Muchos eventuales conflictos fueron contenidos".

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Las más leídas