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Ofensiva de piqueteros kirchneristas

Cacería para ganar la Plaza

Política

Fueron golpeados manifestantes que apoyaban el reclamo del campo

Por   | LA NACION

Parecía una cacería. Con Luis D'Elía a la cabeza, un grupo de 200 piqueteros avanzaba por la avenida Corrientes rumbo a la Plaza de Mayo y corrían a los manifestantes que regresaban a sus casas tras participar de la protesta contra el aumento de las retenciones.

"¡A los de la puta oligarquía, dale, dale! ¡Les vamos a meter las cacerolas en el culo!", gritaba D'Elía, desencajado. Sus militantes arrinconaban a grupos aislados de manifestantes que, al ver avanzar a los piqueteros, escapaban a las corridas, asustados. El propio D'Elía se acercaba a los grupos, con mujeres y niños, que permanecían en la calle y, a pocos centímetros de la cara, les gritaba: "¡Piqueteros, carajo!". Todo ocurría a metros del Obelisco, sin la presencia de un solo policía.

Al alcanzar la Plaza de la República, se desató la violencia: D'Elía golpeó en la cara a Alejandro Grahan, un dirigente de Gualeguaychú, que se le había acercado y lo había acusado de ser un "mercenario". Enseguida, un grupo de piqueteros rodeó al manifestante, con sangre en su boca, y lo arrastró hasta la avenida 9 de Julio. Fue a las 23.45, minutos antes de que un grupo de 300 militantes oficialistas, encabezados por D'Elía y por el ex funcionario bonaerense Emilio Pérsico, desplazara a la gente que se manifestaba con un cacerolazo en la Plaza de Mayo, desde las 20.

Cuando los piqueteros llegaron a la Plaza, minutos después de la medianoche, se produjeron los mayores incidentes. El bando de D´Elía y Pérsico se enfrentó con un grupo de manifestantes de la protesta del campo, en su mayoría jóvenes, que se quedó a resistir el avance de los militantes oficialistas en la esquina de la plaza que da a la Catredral Metropolitana.

Hubo choques, piñas, insultos y una tensión permanente ante el peligro de que la gresca se generalizara. De los dos lados, jóvenes se invitaban a pelear. "¡Vayan a trabajar!", gritaba el grupo procampo. "¡Oligarcas!", les replicaban los otros.

Los militantes de Pérsico, que se concentraron en Avenida de Mayo y Perú, ya habían chocado con grupos de manifestantes que abandonaban la plaza. Fueron treinta minutos de empujones, golpes y patadas. Volaron cacerolas hacia un lado y palos hacia el otro ante la permisividad policial. Treinta policías de infantería, otros tantos con uniforme de calle y varios más de civil estaban sobre la calle Perú, a sólo veinte metros de los incidentes, sin intervenir ni para separar los bandos que no cedían ni un centrímetro sus posiciones.

D´Elía llegó a la carrera con su gente. Se contactó con el ala de Pérsico y le dijo a su aliado: "Los empujamos hasta la Pirámide". Y lo hicieron. A los golpes.

D´Elía se subió a la Pirámide de Mayo y empezó a los gritos: "¡La Plaza es nuestra, la puta que lo parió!" Un centenar de piqueteros oficialistas se abrazaba mientras su líder se abría paso a los empujones. Había logrado su objetivo. Fue ésa la fotografía final de una jornada signada por la tensión: enfrentamientos, corridas y un cacerolazo que había empezado pacíficamente cuatro horas antes.

Todos en la calle

Desde las 20, el sonido de las cacerolas empezó a recorrer los barrios del norte de la Capital. Hubo manifestaciones espontáneas en Recoleta, Barrio Norte, Retiro, Caballito, Belgrano y Villa Crespo. Un numeroso grupo de manifestantes se congregó frente a la quinta presidencial de Olivos e hizo sonar allí su reclamo contra la política agropecuaria del Gobierno y el discurso de la Presidenta.

Mucho más lejos también sucedía lo mismo. En Córdoba, cientos de manifestantes improvisaron una bulliciosa marcha con cacerolas y banderas argentinas.

Un poco más tarde, en Rosario ocurrió lo mismo. En La Plata, a las 21, unas 200 personas se concentraron en 7 y 50. Una hora después ya eran 2000. Al principio, los sonidos parecían no tener dueño. Ruidos de cacerolas y gritos bajaban, anónimos, de los edificios. En la calle no había nadie.

"¡Estoy harta de la soberbia, de los patoteros, del atropello!", gritaba Leticia Avila, solitaria, la primera manifestante que, a las 20.30, salió a la calle en el coqueto barrio de Recoleta, en Callao y Quintana.

Poco después, bajó otro manifestante, indignado con Cristina Kirchner: "¡El discurso fue violento, provocador! No podemos permitir que le metan la mano en el bolsillo así a la gente. ¡Estamos con el campo!", bramó.

Al rato, era ya un centenar las personas reunidas. Cortaron Quintana y Callao, en Recoleta, mientras empezaban a cortar en Belgrano, en Caballito, en Almagro, en Villa Crespo. El discurso era común: "Basta de resentimiento y violencia", "Todos somos el campo", "No a las retenciones".

Se repetían las protestas en ciudades como Tandil y Mar del Plata, y en capitales provinciales como Santa Fe y Tucumán. De hecho, en la plaza Independencia de Tucumán se reunieron cientos de personas en contra de las retenciones y del Gobierno.

En Rosario también hubo enfrentamientos entre militantes kirchneristas y manifestantes procampo por la ocupación de la plaza, que terminó igual que en la Capital Federal.

Sólo cerca de la 1.30, el ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández, justificó el desempeño policial. "En ese lugar [por la Plaza de Mayo] estaba plagado de policías", dijo. Y destacó: "Muchos eventuales conflictos fueron contenidos". .

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