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El análisis

El verdadero mensaje de las cacerolas

Política

Habían olvidado el miedo. Ese miedo que las cacerolas habían instalado en los gobernantes desde fines de 2001 hasta bien entrado el gobierno de Néstor Kirchner, cuando ya transcurría el 2004. Las cacerolas volvieron anteanoche, sorpresivas y autónomas, y, seguramente, también volvió el miedo en la cima que alberga a los que gobiernan. Las cacerolas son temibles en la Casa de Gobierno, pero lo son más aún cuando golpean las puertas de Olivos. Ocurrieron ambas cosas.

Sólo ese miedo probable y la soledad política pueden explicar, al mismo tiempo, que el Gobierno le haya ordenado a Luís D'Elía salir con su fuerza de choque para enfrentar la rebelión de las cacerolas. D'Elía no haría nunca lo que hizo -ir de la provocación de las palabras a la violencia de los hechos- sin una indicación precisa del vértice mismo del poder. Pero la imagen del líder piquetero que daba puñetazos de ciego, con el pecho descubierto, fue también una imagen patética de la soledad política del Gobierno. La administración carecerá siempre de aliados posibles, políticos o sociales, si sus defensores son D'Elía y el jefe cegetista, Hugo Moyano. Y los dos han rodeado al Gobierno en los últimos días para protegerlo de la mayor sublevación social que haya vivido el poder desde la Navidad de 2001.

¿Qué llevó a la gente común a salir a la calle? ¿Acaso sólo la adhesión a la protesta de los productores por el inconsulto y vasto aumento de las retenciones a las exportaciones? ¿Fue la oligarquía argentina la que se congregó en Villa Crespo, en la provincia de Misiones o en el Monumento a la Bandera, en Rosario? ¿Pertenecen a ese exclusivo club los campesinos que llevaron sus tractores a las rutas? La lectura de lo que está sucediendo merece una mirada más fina y penetrante que la que surge de las opiniones públicas de los gobernantes.

El Gobierno cometería un error político imperdonable si buscara líderes o guías del fenómeno de las cacerolas en la calle. No se puede negar, por otro lado, que los dirigentes rurales están desbordados. También lo están muchos gobernadores, presionados a su vez por los intendentes de sus provincias, que son, al fin y al cabo, los que conviven todos los días con los productores indisciplinados. Una suerte de decapitación colectiva sucedió en el interior e involucra tanto a funcionarios políticos como a dirigentes sociales.

El malhumor de los centros urbanos encontró -es cierto- un eje en la protesta del campo, el único sector social en condiciones de sublevarse a un gobierno que hizo de la obediencia política un dogma. Pero aquel malhumor no se había fundado en las retenciones a las exportaciones. Reconoce otras razones: la inflación, las mentiras sobre la inflación, el incipiente desabastecimiento, la inseguridad colectiva y, acaso lo más novedoso, el rechazo a un método arrogante de gobernar, agravado por el atropello y la prepotencia de las últimas horas. También pudo haber influido la noción, tal vez inscripta en el inconsciente social, de que desde el campo se construyó la Argentina y que los campesinos reconstruyeron el país cada vez que éste fue destruido. Es lo que sucedió tras la gran crisis de principios de siglo. Sin partidos y casi sin instituciones, la política ha edificado, en síntesis, una sociedad de partisanos.

No es bueno que esto le suceda a un gobierno con apenas cien días de vida. Pero es también la previsible consecuencia de una forma de gobernar, que no ha cambiado entre Néstor y Cristina Kirchner. Esa forma consiste, simplemente, en el gobierno de unos pocos. Sobran los dedos de una mano para contarlos. Ni siquiera todos los ministros acceden a ese estrecho círculo. Es el matrimonio presidencial y un par de funcionarios más. Ese grupo hermético, encerrado, seguro de sus convicciones, construyó finalmente un gobierno seriamente aislado del resto del universo político y social.

Hay, además, rasgos particulares de la Presidenta. Cristina Kirchner viene insistiendo en que nadie le faltará el respeto por ser ella una mujer. A estas alturas, esa aclaración carece de valor y de vigencia. Sin embargo, el preconcepto la condiciona para tender la mano y convocar al diálogo. Supone que podrían ser gestos entendidos como actos de debilidad. Por el contrario, y si se pensara con más prudencia, la tolerancia y la búsqueda del consenso serían ahora bien recibidos por amplios sectores sociales.

Cristina Kirchner frecuenta la deducción intelectual de la política, tan legítima como la deducción de cualquiera. Ese perfil se convierte en problema cuando la deducción pasa a ser rápidamente un hecho debidamente probado y, sobre todo, cuando se gobierna en nombre de esos hechos supuestos. Las conclusiones sirven para escribir libros, pero no para gobernar. La supuesta división entre ricos y pobres, o entre el interior y los centros urbanos, que viboreó durante su discurso de escándalo, estuvo respaldada en una deducción. Esa deducción no había incorporado el dato crucial de la insatisfacción en vastos sectores sociales.

La luna de miel de la sociedad con Cristina Kirchner se ha roto, si es que hubo luna de miel. Gran parte del conflicto político de la Presidenta consiste en que su gobierno es mirado como una perfecta continuidad de la administración de su esposo. Algunas cosas que fueron ya no pueden seguir siendo, porque resultaron gastadas por el uso y por el tiempo. El atril es desde el martes, por ejemplo, un anacronismo que ha caducado.

Al final de ese estilo de monólogos desde el poder han contribuido tanto el tono soberbio de la Presidenta como su consecuencia más inmediata y palpable: la prepotencia de D Elía. El Gobierno quedó, así, ubicado en el peor lugar. Soberbia y prepotencia sólo pueden buscar instalar un régimen de terror, aunque sea demasiado tarde para ir en busca de ese método.

No hay explicación política posible para el riesgo que corrió el Gobierno cuando sacó a la calle su fuerza de choque. Nadie puede prever nunca cómo terminarán esas cosas. Prueba: la golpiza que recibió el periodista Jorge Fontevecchia no estaba prevista por el Gobierno, pero no por eso es menos salvaje ni menos deplorable. Coloca en estado de indefensión, además, a muchos argentinos que no comulgan con el gobierno de los Kirchner.

Néstor Kirchner hará hoy un acto con los barones del conurbano bonaerense. Ellos son los únicos que lo pueden acompañar; los intendentes del interior están más cerca de la protesta que del poder.

El acto en sí mismo y el previsible discurso de antagonismos y de crispaciones son otra huida hacia ninguna parte.

El Gobierno acusa a los dirigentes rurales de no contener a sus bases. Los productores son seres esquivos, solitarios, que muy pocas veces recurren a sus dirigentes. "Los chacareros son individualistas y duros", ha dicho un peronista que los conoce.

Pero, ¿qué dirigentes podrían contener a sus bases si a éstas les han sacado una parte enorme de su renta? Es fácil contener a las bases cuando se es Moyano y cuando se puede, como él, anunciarle a su gremio un aumento salarial del 20 por ciento cuatro meses antes de que concluya el actual convenio salarial. Los productores rurales deberían observar, a su vez, que el desabastecimiento de insumos diarios de la sociedad podría terminar inclinando a ésta en contra de ellos.

La desigualdad de trato se extiende. La Presidenta habló de la protesta de los que tienen camionetas 4x4. ¿Acaso el Gobierno debe decidir cuál es la renta justa y quiénes deben ganar más? No se oyó ninguna voz oficial que reclamara contra las camionetas 4x4 de los empresarios vinculados con las obras públicas.

El caso argentino merece también una mirada más amplia e internacional. El mundo vive una situación de extrema inestabilidad económica y financiera. Estados Unidos vacila entre la desaceleración y la recesión. Europa se frena con una moneda sobrevaluada que permite todas las importaciones y pocas exportaciones. China espolea a los norteamericanos y a los europeos con sus exportaciones. Las exportaciones han pasado a ser la clave de la salvación en el complicado mundo de ahora. "La crisis llegará a las economías emergentes", acaba de presagiar el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick. La Argentina es una economía emergente.

Pero la Argentina parece vivir en un planeta que no es éste. O grava las exportaciones o directamente las prohíbe. Aquí ha sucedido un conflicto innecesario, provocado por el estupor de decisiones equivocadas. El consecuente debate en el que se hundió la nación política es, además, extemporáneo y rancio, demasiado viejo. .

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