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Fragmentos líricos, a cargo de la Sinfónica Nacional

Se lucieron Soledad de la Rosa y Alejandro Meerapfel

Sábado 29 de marzo de 2008
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Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, Coro Polifónico Nacional (Preparado por Roberto Luvini), Coro Nacional de Niños (Preparado por Vilma Gorini de Teseo) y los cantantes Soledad de la Rosa, Darío Volonté, Alejandro Meerapfel y Pehuén Díaz Bruno. Director concertador: Pedro Ignacio Calderón. Programa: Selección de Tosca, Manon Lescaut y Turandot, de Giacomo Puccini (1858-1924), y Carmina Burana (Canciones profanas), de Carl Orff. Teatro Nacional Cervantes. Nuestra opinión: muy bueno

Con una demora de cuarenta minutos, comenzó el concierto de los organismos artísticos dependientes de la Secretaría de Cultura de la Nación, en razón de haberse optado por darle el carácter de función gratuita, pero con distribución de entradas numeradas, con lo cual se generó la asistencia de un gran número de personas, algunos con entradas numeradas y otros sin ellas, pero con el mismo derecho de admisión, una situación fácil de evitar. De todas maneras, es justo señalar que la totalidad de los integrantes de la orquesta y los coros, se encontraban ubicados en el escenario desde la hora prevista.

En ese tiempo, se observó la existencia de micrófonos diseminados entre los atriles y parlantes en los laterales, tema que, en principio, se intentó justificar al recordar la conocida condición acústica del Cervantes, apta para el teatro, pero errática para la música. Por fin comenzó la primera parte del concierto, que estuvo dedicada a trozos de óperas de Puccini, a cargo de Soledad de la Rosa y Darío Volonté, en las arias, y con la batuta de Pedro Ignacio Calderón, quien con tino y buen fraseo transitó por varios momentos orquestales (fue significativo que al Intermezzo, de Puccini, se lo escuchara por tercera vez en un mes con el mismo agrado), y secundó espléndidamente a uno y a otro, al contribuir al lucimiento de las voces.

El director Pedro Ignacio Calderón
El director Pedro Ignacio Calderón. Foto: Roberto Manfredini

En este sentido, la soprano lució su habitual musicalidad, grato color de voz, para dejar percibir en cada aria ("Visi d arte " y "In quelle trine morbide ") matices de una cantante de gran sensibilidad que provoca inmediato placer auditivo. El tenor, por su parte, exhibió sus virtudes destacadas; un estilo de canto, visceral en la expresión, potente a lo largo de todo el registro con especial impacto en las notas extremas. En este sentido, "Nessun dorma", de Turandot, con el grandioso coro final provocó una reacción de enorme entusiasmo, lógico, porque el efectismo fue superlativo, más allá de la existencia de una distorsión de los sonidos.

La segunda parte estuvo dedicada a Carmina Burana , de Carl Orff, serie de canciones profanas, concebida en su origen como una cantata escénica, estructurada en partes que pretenden pintar distintos aspectos de la vida de los goliardos, clérigos alejados de la Iglesia, con vida vagabunda en la que predomina la ebriedad y los placeres terrenos de todo tipo. Desde el punto de vista musical, la obra de Orff ocupa un lugar entre las más difundidas y tiene la característica del predominio obsesivo del ritmo como elemento principal de su estructura, detalle que se apuntala con abundante percusión, y porque asimismo la melodía y la armonía quedan supeditadas a él.

En este sentido, la batuta de Calderón transitó sin mayores dificultades por ese terreno para acertar también con las dinámicas y volúmenes, al lograr momentos de indudable impacto sonoro y otros de matices delicados, tal como ocurrió en el pasaje de mejor resolución "La corte del amor", en el que los solos de la soprano se oyeron cristalinos. La versión, a la que acaso le faltó cierta búsqueda de sutilezas y variables, fue de todos modos enjundiosa.

Exquisita

Desde el punto de vista de las voces de los cantantes solistas, Soledad de la Rosa fue exquisita en todas sus intervenciones, en tanto que en muy alto nivel se desempeñó el barítono Alejandro Meerapfel, de voz pastosa y una afinación justa, al ofrecer con entrega una labor consagratoria, que confirma la paulatina evolución de un cantante llamado a ocupar un lugar de primer orden. Buen nivel en el canto de Pehuén Díaz Bruno, quien en la zona alta del registro mantuvo el color vocal de contratenor y no tanto al transitar la zona media y grave del registro, como si oyeran a cantantes diferentes.

Al Coro Polifónico se lo percibió con exceso de desniveles en relación con la orquesta y sin el logro de empaste entre las voces. Pero mas allá de esta apreciación que podría deberse a la ubicación en la sala, no cabe duda de que la suma de aspectos positivos fue suficiente para que se palpara un beneplácito general, que se tradujo en una larga y cálida ovación.

Juan Carlos Montero

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