SECCIONES

Los límites del maldito

Por Soledad Quereilhac  |  LA NACION

Verborrágico y egocéntrico, Fernando Vallejo recopila en Peroratas sus intervenciones públicas de los últimos veinte años, dominadas por la diatriba y la repetición

09.08.2013 | 00:00

Gracias a su extensa autobiografía El río del tiempo (1999), compuesta por cinco libros, y a las celebradas biografías sobre el poeta José Asunción Silva ( Almas en pena, chapolas negras , 1995) y el filólogo Rufino José Cuervo ( El cuervo blanco , 2012), el colombiano Fernando Vallejo se ha ganado el reconocimiento de sus pares y de la crítica como talentoso narrador de vidas ajenas y propias. Cultor de la primera persona, esto es, de la escritura que sólo parte de un limitado y particular "yo" para narrar el mundo y sus accidentes, Vallejo es, por oposición, reacio a las falsas aspiraciones divinas o policíacas que atribuye a los "narradores de tercera persona". Es esta elección formal, fundamentalmente, la que traduce su ideario personal: sólo el yo importa, ninguna representación delegada (en literatura o en política) es posible, sólo quien escribe puede tomar la palabra en su propio nombre, y descreer de todo y de todos.

En Peroratas , Vallejo homenajea a su primera persona con un auténtico festín de verborragia, tal como el título lo indica. Lejos de la ficción, se trata de una compilación de artículos publicados en revistas de Colombia y México, y de conferencias pronunciadas en encuentros de escritores, en presentaciones de libros y películas, y al momento de recibir prestigiosos premios literarios, como el Rómulo Gallegos, en Caracas, o el FIL, en Guadalajara. Los textos abarcan los últimos veinte años de sus intervenciones públicas y se presentan, en el prólogo, con intencionada aura polémica y escandalosa: su conferencia "La Patagonia, el fin del mundo", pronunciada en un festival de Ámsterdam, despertó la indignación de los holandeses, quienes lo dejaron leyendo solo. Su conferencia "A los muchachos de Colombia", pronunciada en el Parque Nacional de Bogotá, estimuló los gritos de "¡Apátrida!", mientras que el artículo "Leyendo los Evangelios", publicado en la revista Soho (2005), le valió una demanda por "agravios a la religión" y la amenaza de meterlo preso. Hasta la revista El Malpensante tuvo que contradecir su nombre al rechazar un texto fuertemente crítico sobre García Márquez, "Un siglo de soledad", escrito en 1998 y dado a conocer ahora en esta antología.

Sin embargo, el "malditismo" de Vallejo es altamente discutible. Son conocidas sus furibundas críticas a la Iglesia, al Papa y a la nefasta influencia del cristianismo en las sociedades latinoamericanas; su literatura y sus intervenciones públicas lo evidencian, y Peroratas no es la excepción, sino todo lo contrario: es un salmo antieclesiástico repetido hasta el hartazgo, a propósito de cualquier puntapié o contexto de enunciación. También, se repiten aquí sus declamaciones antidemocráticas, su desprecio por los políticos, especialmente los de Colombia y México; sus quejas por el bastardeo del idioma, por el fin del libro como objeto, por la muerte de la Colombia que conoció. Y por sobre todo, insiste aquí particularmente en lo que considera el "crimen máximo": tener hijos. Pero lo curioso es que esta visión en apariencia nihilista de la vida se contrapone a otra que participa de una de las estanterías más zonzas y fláccidas del armario del "malditismo": la ecología y la defensa de los animales.

A lo largo de todo Peroratas , Vallejo sostiene: "Tres millones [de personas] se niegan a entender que los animales también son nuestro prójimo y sienten dolor y tienen alma y no son cosas." A ello se agrega el desgarro de vestiduras por la contaminación de los ríos y mares, y demás desastres ecológicos. No importa de qué premio literario se trate, o qué asunto se anuncie en el artículo en cuestión; Vallejo siempre terminará exclamando que los animales son nuestros semejantes, que su sistema nervioso se equipara al nuestro y por lo tanto todos los animales que nos comemos, torturamos y cazamos merecen nuestra piedad, por el dolor que sienten. Católico renegado, pero católico al fin, reflexionará con la vacuidad de una Miss Universo cuando pide por la paz mundial: "Por imposibilidad ética Dios no puede existir. No puede haber un ser tan malo que pudiendo dar en su omnipotencia la felicidad dé el dolor". Y en su versión más indignada, se asombrará por que "[los gobernantes] trocaron los papeles. La sirvienta se nos convirtió en la dueña de casa".

Además de la discutible inclusión de una gran cantidad de textos que dicen, prácticamente, lo mismo (invariables argumentos, frases que reaparecen una y otra vez), en Peroratas se termina revelando la grave encerrona de Vallejo: más que revulsivo, en sus prosas es sólo un conservador que se queja, que no logra salir de la latosa prisión del maniqueísmo. En la mayoría de los textos, el escritor se niega a hablar de literatura, o lo hace muy poco. Se destacan, desde ya, el ensayo sobre "El gran diálogo del Quijote" o aquel sobre "El lejano país de Rufino José Cuervo", sobre quien luego escribió una elogiada biografía. Pero la irrupción de la queja rayana a la rusticidad intelectual, o del proselitismo por el amor a los cerdos, perros o caballos -siempre en contraposición a la política, los pobres, las "parideras"-, ciertamente opacan el texto, y parecen ser signo de que, fuera de sus libros, Vallejo se niega a hablar seriamente de literatura. El autor de notables novelas como La Virgen de los sicarios (1994) o El desbarrancadero (2001) prefiere, fuera de la ficción, la "perorata".

Peroratas

  • Fernando Vallejo
    Alfaguara
    316 páginas
    $ 140
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