Por Graciela Melgarejo | LA NACION
07.05.2012 | Publicado en edición impresa
Último día de la Feria del Libro. Muy apropiado, entonces, para transcribir el mail de una lectora que sigue habitualmente esta columna, la profesora Patricia Bailof.
Siempre acompañada de sus alumnos de La Pampa, que conforman el Club de Lectores "La magia de los libros", escribe la profesora Bailof: "Recordando a Gustavo Roldán en sus cuentos de animales, de «Pajarito Remendado» a «Dragón», con sus bendiciones, y siguiendo el recorrido que marcó en su columna del 16 de abril, ingresé en YouTube y me quedó grabada esta frase de Roldán: «Yo me crié escuchando cuentos. Y yo estaba feliz». Esa es la esperanza que como docentes nos moviliza, que esa experiencia directa, esa cercanía concreta a los libros, que señalaba el escritor chaqueño, posibilite tales aprendizajes en nuestros alumnos, que afiance profundamente su hábito lector. Y que este viaje a la ciudad de Buenos Aires [para visitar la Feria del Libro], con chicos que no conocen esa ciudad, sea de esas experiencias de las que Fedor Dostoievski escribía: «Quien acumula muchos recuerdos felices en su infancia está salvado para siempre»".
A la intensa felicidad que produce leer el correo electrónico de la profesora Bailof le sucede la inquietud por la lectura de otro mail. Este pertenece al reconocido escritor y periodista Ernesto Schoo, que todos los sábados escribe su magnífica columna sobre teatro en la sección Espectáculos de este diario. En su correo electrónico, Schoo da una lección que es un placer compartir. "Siento la necesidad de enviarle estas reflexiones sobre nuestro cada vez más degradado y empobrecido «español de la Argentina», como dicen los españoles cuando nos publican una traducción hecha aquí. El caso es que, tanto en la televisión como en los medios gráficos, no existe otro adjetivo para calificar cualquier cosa (desde un crimen horrendo hasta un desfile de modas, desde una hazaña deportiva hasta el divorcio de algún farandulero) que «increíble». Todo es increíble : parece no haber otros adjetivos en un idioma tan rico y expresivo como el nuestro. Ni le cuento de la palabra utensilio , a la que he oído enunciar (en algunos de los múltiples programas gastronómicos que inundan la TV hoy en día) como «utensillo», pero claro que dicha en argentino, con lo cual se transforma en «utensiyo» , un mamarracho entre muchos otros.
"También observo la «increíble» pobreza conceptual de quienes relatan los noticieros de TV: el lugar común, la torpeza verbal, la incapacidad de hilar frases concisas y expresivas, la reiteración machacona de descripciones evidentes, puesto que se está viendo la imagen («aquí pasa una vecina con su perro», por ejemplo). En los equivalentes europeos y norteamericanos, se advierte un dominio mucho mayor del idioma, y sobriedad: nada de esa familiaridad confianzuda que transforma a casi todos los noticieros argentinos en sucursales de la sobremesa de los Campanelli".
Este "menoscabo" de la lengua oral y escrita es evidente, como observa el lector. ¿Cuál es la solución? La respuesta no es sencilla, pero ante fenómeno tan manifiesto algo hay que hacer. Por ejemplo, desde esta columna citaremos un último mail de Fundéu ( www.fundeu.es ), útil y sutil como se verá. Advierte Fundéu que "el sustantivo mil es masculino (al igual que otros numerales como centenar, millón, etcétera), por tanto lo adecuado es que el artículo que lo acompaña sea masculino para concordar con él: los miles de personas y no las miles de personas ". De este modo, es apropiado decir: "«Ella fue una de los miles de personas que pasaron por el lugar a despedir los restos»; «El cantante folclórico fue ovacionado por los miles de personas que cantaron y bailaron sus temas» o «La profunda fe que moviliza a los miles de personas parece no tener fin y año tras año se renueva»". © La Nacion