Circuitos comerciales / Los 50.000 polirrubros metropolitanos

El quiosco, un clásico de la ciudad que muta para superar la crisis

Por Leonardo Tarifeño  | LA NACION

La insólita oferta de productos y servicios de esta institución porteña no para de crecer

24.07.2012 | Publicado en edición impresa
Daniel es el dueño del quiosco situado al 1700 de Coronel Díaz; fotocopias y venta de escuadras y pelotas se suman a su oferta

Por elección propia, forzado por la realidad o bajo el efecto de un alto grado de paranoia, el porteño ha aprendido a sospechar de un entorno enrarecido y hostil. No confía en el colectivo, porque pasa cuando quiere, o no pasa, o de un momento a otro -y sin que nadie avise- se mete en caminos que no son los habituales. Tampoco cree en el subte, que cada dos por tres está parado por obra y gracia de los metrodelegados. En la ciudad ya no quedan héroes ni confidentes. El paso demográfico y cultural que transformó a la urbe en megalópolis arrasó con todos. Con todos, menos uno: el quiosquero.

Si el agobio de la vida moderna sorprende al porteño del siglo XXI con una súbita e imperiosa urgencia de dulce de leche, pañales, queso Cheddar, habanos, yerba, patinetas, jugo de guanábana, mochilas de Toy Story, vino, lentes Rayban o, lisa y llanamente, un sándwich de milanesa, ahí está el quiosquero más cercano para sacarlo del apuro. Pertrechado con un equipamiento que le garantiza meses de supervivencia en caso de guerra bacteriológica, el quiosquero porteño se ha convertido en un boy scout inmóvil, un marine involuntario, el último de los superhéroes al alcance de la mano.

En Arenales al 2400, un quiosco-fiambrería ofrece salamines especiados de los que sólo se consiguen en las rutas de salida de Buenos Aires; a una cuadra de allí, en la esquina de Arenales y Azcuénaga, una amplísima gama de fiambres y embutidos espera justo detrás del típico e inocente cartel que promete golosinas. Sin que nadie lo advirtiera, esa institución local llamada "quiosco" ha mutado en almacén al paso y botica posmoderna. Y, tal vez, no sólo en eso: nada más doblar por Azcuénaga, en el cruce con la avenida Santa Fe, uno de los tantísimos Open 25 que aterrizaron en la ciudad exhibe habanos (de los verdaderos y otros de chocolate), sándwiches frescos en pan ciabatta y jugos de lulo, y mientras unos clientes se sientan a las mesas y debaten qué pedir al quiosquero devenido mozo, una pareja pone en paréntesis el ritual del besuqueo para sumergirse en las ondas electromagnéticas del wi-fi que, ¡también!, es propio del quiosco.

La apabullante diversidad de los quioscos y maxiquioscos del área metropolitana (que según los entendidos podrían ser unos 50.000) resulta deslumbrante. ¿A qué fase del capitalismo tardío entrevisto por Marx y Engels corresponde la oferta cotidiana de más de 20 variedades de alfajores? ¿Y en qué paraíso de abundancia vivimos para que los chocolates de $ 35 ocupen un lugar de privilegio en los escaparates más vistos por los porteños? "Yo le agregué librería al negocio como una manera de paliar la crisis que empezó el año pasado -dice Daniel, de 50 años, quien atiende el quiosco de Coronel Díaz al 1700-. En seis meses, a nosotros nos asaltaron en cuatro ocasiones. Hasta entonces trabajábamos las 24 horas; ahora, desde que sacaron a los policías de la cuadra, cierro a las 22." Daniel vende desde cigarrillos y dulces hasta calculadoras, pelotas de tenis y escuadras. Y a pesar de su esfuerzo, según dice, si tuviera que pagar el alquiler de $ 8600 no le alcanzaría. "Soy el dueño, y desde los asaltos no encuentro quien quiera trabajar conmigo. En uno de los robos llegaron a gatillar y por suerte no salió el tiro. Sólo pido condiciones para que podamos trabajar en paz", concluye.

En la esquina del parque Centenario en Díaz Vélez al 4900, otro quiosco que alguna vez fue un oasis de golosinas hoy tiene mesas en la calle, vende champagne y vinos, y entre sus sándwiches de matambre y la programación del plasma ubicado encima de la heladera convoca a familias y famosos (el ex futbolista Carlos Mac Allister, el actor Luciano Castro y el humorista Coco Silly, entre otros). Como está a una cuadra y media de la comisaría, no padece problemas de seguridad, y si alguien del barrio no tiene nada que hacer va a hacer nada allí. Los chicos que atienden son de Merlo y dicen que para ellos el quiosco es su segunda casa. Para quienes pasan a saludar, la sensación parece la misma.

Esa institución llamada "quiosco" cambia y desafía las amenazas de su tiempo. Como suelen hacer los superhéroes después de salvar el mundo, justo antes de desaparecer.

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