Por Ariel Torres | LA NACION
28.07.2012 | Publicado en edición impresa
Estas son dos humildes historias que tienen algo en común. No quiero adelantar nada ni hacer mayor preámbulo. Casi diría que incluso me abstendré de corolarios y moralejas. Humildes o no, me dejaron agotado, y hablan por sí solas.
Les contaré la primera hoy y la siguiente, que a mi juicio tiene un argumento más complejo, aparecerá en la próxima edición de La compu.
***Adquirí mi sintoamplificador (sinto, para abreviar) en 2007, y desde entonces fue, para decirlo técnicamente, una masa. Soportó con estoica resignación y excelente sonido ruidosas celebraciones y largas zapadas de sábado a la noche con amigos, alcanzando las temperaturas de un soplete de acetileno sin pestañear.
Pero una tarde, cuando lo encendí para ver una película que habíamos alquilado, la pantalla mostró el misterioso mensaje Protect . No entendí lo que me quería comunicar, pero cinco segundos después, adiós, el equipo se apagó. A buen entendedor...
¿Qué se hace en esa situación? Simple. Buscar los mensajes de error en el manual. Por supuesto, eso lleva un rato. Los manuales son como esas personas que tratan de ser simpáticas y se les nota tanto que resultan insoportables. Si hicieran estos libros como una obra de consulta para ingenieros, en lugar de tratar al usuario como si acabara de bajar de los árboles, encontrarías todo en un segundo.
Pero al final el dato apareció. La causa -sostenía el texto- era un cortocircuito en los parlantes. No me parecía que pudiera haber pasado algo así, pero por si acaso desenchufé la zapatilla a la que, entre otras cosas, está enchufado el sinto, revisé las conexiones de los altavoces, lo que me llevó como diez minutos y, ¡sí!, el equipo volvió a la vida.
Inculpé del percance a uno de mis felinitos domésticos, que cada tanto conspira contra los cables, lo mismo que contra los cuadros, que usa de columpio. In pectore , no obstante, sabía que no era así; al revisar el cableado de los altavoces no había encontrado nada mal, ni un rasguño, mucho menos las inconfundibles marcas de los afilados incisivos de mi prime suspect.
Pero como todo volvió a funcionar enseguida y mi lista de prioridades tiene tantos elementos que he debido crearle subcarpetas y, dentro éstas, otras subcarpetas, me olvidé por completo del asunto.
Dos semanas después, Protect regresó, para quedarse. Desconecté los altavoces, los volví a conectar. Nada. Cambié de altavoces. Nada. Desconecté los altavoces. Nada.
OK, tenía un problema. O más bien: hacía 15 días que había allí un problema latente. Un equipo de audio no se arregla moviendo los cablecitos de los parlantes, vamos.
El equipo iría al médico, muy a mi pesar. Sospeché que un transistor inestable en la etapa de salida había terminado por fallar o algo así, más o menos complicado, más o menos tecno. De haber tomado en consideración la ley de hierro que resumo en el título de esta columna, habría descartado esa idea y lo habría arreglado en cuatro minutos. Menos.
Está todo bienUna semana después hablé con el service oficial para anoticiarme del diagnóstico. "El equipo no tiene absolutamente nada", me dijeron. Ajá, ¿y por qué se apaga solo? ¿Es timidez o simple pereza? ¿Qué es el modo Protect , exactamente? "El equipo entra en ese modo para protegerse de algo que podría dañarlo -me explicó el técnico-, pueden ser varias cosas. Un corto en los parlantes, casi siempre."
Sí, eso decía el manual. Y sabía de sobra que no era eso. Sé medir un corto. Sé medir la impedancia. Mi cabeza listaba opciones a la velocidad de un dir /s lanzado en una supercomputadora del Top500.
Entonces se me ocurrió una idea. Una idea loca.
"¿Puede ser sobrecalentamiento?", le pregunté al técnico. Me respondió que sí, claro, que en realidad un sintoamplificador es una computadora (lógico, todo lo es hoy en día) y que en el motherboard tiene sensores que le indican si hay un exceso de temperatura. La idea loca se hacía cada vez más verosímil. Entrecerré los ojos y miré iracundo en dirección de otro de mis prime suspects , que tiene la costumbre de dormir sobre el aparato.
Primero lo hizo porque el calorcito es como un imán para los gatos. Luego se le hizo costumbre. Y los días pasan volando. No se imaginan lo que puede hacer un gato durmiendo durante más de 1800 días encima de un equipo que tiene rendijas en la parte superior.
Acertaron. No es que me enorgullezca admitirlo, pero antes de enviarlo al service había descubierto el colchón de pelo y había abierto el gabinete para limpiarlo un poco; saqué como para hacer 18 suéteres. Bueno, tampoco me miren así. ¿Quién revisa regularmente con una linterna dentro de su sintoamplificador?
"OK -le dije al técnico-, creo que ya sé qué es."
Un buen finalDe vuelta el equipo en casa, me ocupé de dejarlo impecable. Por dentro, se entiende, y con sumo cuidado (no haga esto en su casa, y mucho menos si no tiene forma de contrarrestar la estática).
Creía tener a mi culpable, que tan pronto el aparato estuvo de nuevo en su sitio fue a acostarse encima mirándome con cara de: Ni se te ocurra volver a dejarme sin mi sinto otra vez. Quedás notificado. Puesto que no hay nada más infecundo que intentar cambiar la voluntad de un gato, y como cualquier cobertor que pusiera sobre el sinto obstruiría la ventilación por las rendijas, me agendé limpiar una vez cada seis meses el interior del equipo.
"Exceso de calor por culpa del gato. Esto da para una columna", medité. Me gustaba la idea. Tenía un buen final. Inesperado. Igual que la película que me disponía a ver, unos quince o veinte días después, cuando el equipo volvió a ponerse en modo Protect . No reproduciré mi exclamación, tranquilos.
¡Ya me parecía que no podía ser pelo de gato!, rugí sin la menor convicción y del todo confundido, que es el estado en el que se encuentran las personas cuanto más rugen. "Este equipo está fallando, me juego la cabeza", rezongué (a propósito, es tal vez una suerte que no se permitan esta clase de apuestas).
Pasé todas las salidas de audio al televisor, para poder ver la película, y el lunes volví a llamar al service. Esta vez no revisarían el equipo, sino la instalación. Como había medido dos veces los parlantes y sabía que estaban bien, no le vi demasiada utilidad a esta misión. Pero ya saben cómo son los services. Tienen procedimientos. Como habían revisado el equipo y estaba OK, lo que seguía en la lista era el entorno . Bueno, que así sea. El técnico vendría una semana después.
Un par de días antes de su arribo se me ocurrió, perdido por perdido, encender el sinto.
Por supuesto, arrancó sin problemas.
Elevé los ojos al firmamento y clamé una respuesta. Pero los cielos no se abrieron ni nada.
La solución era mucho más simple.
¿Oíste eso?El técnico llegó a la hora pactada, lo que me pareció una alentadora señal del destino, y escuchó mi historia con atención y comentarios oportunos. Así que no hay cortos. No, señor. Y la impedancia está bien. Más que bien, muchacho. Esto lo dejaba sin argumentos. Toda la idea de revisar el entorno era medir la instalación, y no hay mucho más en una instalación de audio que los parlantes y sus cables. Le facilité las cosas y le dije:
-Pero, adelante, prefiero que midas todo vos, por si acaso.
Asintió con la cabeza y se aproximó a los altavoces. Entonces exclamó:
-¿A esos parlantes lo tenés conectado?
Doscientos años atrás el tono que usó para referirse a mis Technics habría dado lugar a un duelo. Por fortuna nos hemos civilizado un poco, así que le expliqué que sí, cierto, no eran de la misma marca del sinto, y reconocía que eran vintage, pero eran excelentes, tenían la impedancia correcta y los cables eran de la mejor calidad.
-Ah, son unos Technics -descubrió.
-Sep -respondí, mientras pensaba que Matsushita había introducido esa marca más o menos un cuarto de siglo antes de que el técnico naciera.
-Sí, la impedancia está bien y no hay cortos. ¿A ver dónde lo tenés enchufado? -me preguntó. Le enseñé la zapatilla. Es difícil conseguir zapatillas buenas en la Argentina, pero invierto tiempo y fortunas en esto. Así que confiaba en un 100% que eso estaba bien. Hagamos un 99 por ciento.
Siguió el cable del sinto hasta el toma y así como movió un poco el enchufe lo oímos. Nos quedamos inmóviles, mirándonos, y era obvio que estábamos pensando en lo mismo.
-Ahí está -dijimos al unísono.
El eslabón más débilToqué con la punta del dedo el enchufe del sinto. Volvió a hacerlo. Fuimos a mirar de cerca. El falso contacto hacía saltar una chispita apenas visible cada vez que movíamos el enchufe. El ruidito era, no obstante, característico. Tiré del cable (cosa que no se debe hacer, pero estaba furioso) y miré el enchufe. Un equipo de buena marca, relativamente costoso, capaz de soportar grandes cargas de trabajo (es decir, alto volumen) durante horas y con gran calidad de sonido..., ¡y venía con ese enchufe debilucho!
-Probá en otro toma -sugirió el técnico en tono conciliador, porque mi cara lo decía todo.
-Sí, pero no es el toma, es esto -gruñí, esgrimiendo el enchufe como si fuera el arma homicida hallada en la escena del crimen.
Existe una forma de corregir este defecto. Requiere de cierto cuidado, eso sí. Apreté las patas planas del enchufe hacia adentro para dejarlas en ángulo agudo. Fui ajustando ese ángulo hasta que, por fin, dejó de bailar dentro del toma y, con esto, desaparecieron los chispazos y el fenomenal ruido eléctrico que había disparado el protector del sinto.
La cadena de pequeños infortunios había sido así: el enchufe enclenque del sinto había estado durante varios años en un toma que tenía sus piezas metálicas bien ajustadas. Por lo tanto, no dio problemas.
Unos meses atrás hice cambios en la computadora conectada al sinto y de paso revisé todo el cableado eléctrico y de audio. Se llama mantenimiento. Puesto que estaba agregando algunos equipos, hice también cambios en la disposición de los enchufes en la zapatilla.
La estadística es incorruptible, así que cuando volví a conectar todo el sinto fue a parar a otro toma, uno con los contactos levemente menos ajustados. Como lo último que enchufo es la zapatilla, no había corriente en ese momento y por lo tanto no saltó ninguna chispa, no hubo ruidito, todo parecía en orden.
Pero había armado una minúscula bomba de tiempo con los componentes menos high-tech de todo el circuito.
Luego, los movimientos normales que se producen al limpiar las habitaciones, el paso de los felinitos, que adoran escurrirse por pasadizos estrechos, y las vibraciones propias del subwoofer hicieron que la chispita saltara una y otra vez hasta que la computadora del sintoamplificador tiró la toalla.
¿Por qué se había arreglado sólo el inconveniente durante los días que no lo usé mientras esperaba al técnico? Porque el equipo sale de Protect después de estar desenchufado un tiempo y si no vuelve a detectar un corto al encenderlo.
Esto también había hecho que lograra arreglarlo la primera vez, al verificar el cableado de los parlantes. Puesto que había desenchufado todo para esta tarea, el equipo había reiniciado la protección y, al volver, por obra y gracia del azar, se encontró con el dichoso enchufe funcionando bien.
***Había, por fin, hallado al culpable. Uno solo. Pequeño, huidizo, pero al menos uno solo. El enigma de la próxima semana no será tan sencillo. Habrá más sospechosos y, lo que es todavía más extravagante, dos culpables. Uno más y hubiera sido asociación ilícita.