Por Sol Santoro | LA NACION
El camino del vino une ficción y realidad para mostrar el mundo de la enología local
01.08.2012 | Publicado en edición impresa
Mañana llegará El camino del vino a las salas de cine porteñas, una película que invita a hacer un viaje diferente por los paisajes y costumbres rioplatenses. La idea de comenzar lo que en principio sería un documental sobre el reconocido sommelier Charlie Arturaola apareció en uno de esos tantos viernes en los que Nicolás Carreras se junta a pensar ideas y proyectos -malbec mediante- con amigos y compañeros de trabajo. "Algunos ni sabíamos lo que era un sommelier. Comenzamos yendo al Masters of Food and Wine en Mendoza e ingresamos al maravilloso mundo de la cata, la venta y los festivales de vino, que son como los de cine pero sin películas, sólo la parte de pasillo", dice el director, que desde hace años trabaja junto a su gemelo Sebastián (que, en este caso, se hizo cargo del montaje del film).
-¿En qué momento se dieron cuenta de que con el documental no alcanzaba?
-Al tercer día de ese seguimiento empezamos a sentir como una especie de posesión, que nos faltaba algo. Estábamos en ese mundo gigantesco y queríamos ver de qué manera podíamos interpelarlo, abrirlo, mover un poco el estado de cosas, y ahí apareció esa idea de que el protagonista pierda el paladar. "Va a ser una ficción total", pensamos. "¿Y cuál es el problema?", nos respondimos. Apareció la ficción, irrumpió como una necesidad no sólo dramática, para que sea más divertida, sino como una necesidad de interpretación sobre lo que estábamos filmando.
Y así, en medio del proceso, decidieron dejar al protagonista sin su herramienta de trabajo. A partir de allí, Charlie comenzará un viaje un poco a ciegas, un poco ayudado por personajes como Donato de Santis, que lo llevará a reencontrarse con su don y, por lo tanto, consigo mismo. "Pensamos en Charlie como un tipo que tiene un paladar tremendo, pero no porque se haya formado o porque sabe muchos idiomas, sino porque tiene mucha vida, mucha experiencia. Llegamos juntos a la idea de que el paladar es eso, la conexión con las experiencias pasadas de uno. Ahí apareció que la pérdida de paladar no era sólo una excusa para hacer un chiste con el mundo del vino, sino que era una manera de meterse en algo más complejo y profundo que tiene que ver con la identidad. Vimos un sentido en eso. Era algo para indagar y nos sirvió como un nuevo puntapié."
-La idea de que la formación profesional se choque con las historias personales y con las pasiones, ¿podría aplicarse a cualquier oficio, incluso al cine?
-Toda profesión que tiene algún grado de intangibilidad, que se monta sobre cosas hechas por otros, tiene el conflicto, por lo menos latente, de pasarse para el otro lado, de caer en el regodeo de la imagen que uno está creando. Los vinos son la materia prima para que un sommelier pueda hacer una lectura o una crítica. En el cine también pasa algo así, se puede hablar y pensar sobre algo que implica el esfuerzo de mucha gente. Desde ese lugar uno puede ayudar y potenciar lo que se está haciendo o puede regodearse, ocupar un espacio de poder y hasta ir en contra del mismo. Ahí está el dilema moral de Charlie. Si uno no tiene nada de ética, posiblemente pueda mentir toda la vida, hasta olvidar lo que le gusta. Perder el paladar en un punto es perder el gusto, y en ese juego de palabras medio lacaniano es también perder el placer por lo que se hace. Ahí encontramos ese cuerpo un poco más denso del asunto del paladar, que se puede expandir a otros terrenos.
Mientras planea hacer un western gauchesco sobre los hermanos Kennedy de Entre Ríos y avanza sobre un film que llevaría a Leo Sbaraglia a interpretar a un boxeador en decadencia, Carreras piensa en este estreno como un retorno. "Como salvo la presentación en el Festival de Mar del Plata nunca la trajimos a casa, me provoca una suerte de ansiedad linda, siento que la película se va a encontrar con su prometido. Es una película muy rioplatense", reflexiona el director, con un vaso medio lleno en la mano, sobre la película que estrena después de haber recorrido festivales como San Sebastián y Berlín durante los últimos dos años.