Por Adrián Sack | Para LA NACION
Forzados por los recortes, los españoles llevan su propia comida a colegios y lugares de vacaciones
01.08.2012 | Publicado en edición impresa
MADRID.- El "tijeretazo" de 80.000 millones de dólares impuesto por el gobierno de Mariano Rajoy ya se hace notar en los bolsillos de la clase media, aun donde, hasta hace poco, era impensado escatimar gastos.
Como nunca antes en las últimas décadas, el recorte en el presupuesto familiar ha llevado a los veraneantes de la Costa del Sol y Levante a reemplazar los bares playeros -los tradicionales "chiringuitos"- y el costoso alquiler de reposeras por sombrillas, lonas y conservadoras con sándwiches y refrescos comprados en el supermercado o, directamente, traídos desde sus casas.
Pero esta tendencia al ahorro inducido por la crisis económica no parece quedarse en la postal de un verano boreal que será recordado como aquel en el que menos madrileños en los últimos años (sólo el 43,8%, según una encuesta oficial) dejaron su ciudad para salir de vacaciones.
La economía de guerra también sobrevivirá al inicio del próximo ciclo lectivo, en septiembre próximo, en el que los alumnos de las escuelas estatales de la capital española serán "invitados" a traerse su vianda desde el hogar, con el pretexto de ahorrarles a las familias los 110 dólares mensuales que hasta ahora gastaban en concepto de cuota del comedor escolar.
Esta iniciativa, que será llevada adelante por la Consejería de Educación madrileña, está dirigida a los 324.000 estudiantes del ciclo obligatorio que se reparten entre los 791 colegios públicos de la comunidad autónoma. Pero aunque esta nueva disposición no será de aplicación obligatoria, las federaciones de padres españoles y diversos sectores políticos de la oposición advierten que la medida busca, en verdad, recortar las subvenciones del Estado a los comedores -el año pasado alcanzaron los 36 millones de dólares y beneficiaron a 112.000 familias en la región- y trasladar a los hogares los costos de ese ajuste.
Sin becas de comedor"Esta idea de traerse el tupper de la casa sólo esconde la eliminación de las becas de comedor", denunció un vocero de la Federación de Asociaciones de Padres del Alumnado de la Comunidad de Madrid (FAPA). El presidente de esa entidad, José Luis Pazos, además protestó por los inconvenientes que este cambio de hábito forzado podría acarrear a los niños españoles, acostumbrados a consumir, en el colegio, un menú diferente cada día, con estándares de calidad y nutrición controlados por las autoridades sanitarias.
"El hecho de que consuman lo que llevan en sus mochilas no garantiza ni una correcta conservación de los alimentos ni tampoco su refrigeración o recalentamiento", afirmó el titular de FAPA.
Aunque el regreso de las "viandas" ya había empezado a percibirse en forma voluntaria en el último año escolar, la mediación del Estado desató la furia de la oposición.
Desde su puesto de secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Madrid, Tomás Gómez acusó al gobierno regional de querer volver a los tiempos del invierno gris de la dictadura franquista.
"Ella [por Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid] quiere instaurar un modelo anterior a 1978, un modelo predemocrático en el que entra el tupperware. Ese es el concepto de educación que tiene el Partido Popular (PP)", dijo Gómez.
Por su parte, el vocero municipal del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD), David Ortega, acusó al gobierno madrileño de recortar la partida de asistencia a los comedores escolares de 9,1 a 4,4 millones de dólares. "Las autoridades de la capital española nos dijeron que lo harían para evitar el chaparrón, pero el chaparrón ya ha llegado", aseguró.
Más allá de esta pequeña tormenta política de verano, el regreso del tupper escolar se sumó así a una cadena de nuevos hábitos iniciada en la intimidad de los hogares españoles, donde se cuida celosamente el consumo de los encarecidos servicios de gas y electricidad o se ven en las alacenas y placares cada vez más productos de las llamadas "marcas blancas" de los supermercados.
Estas segundas marcas ya coparon el 60% del mercado local en productos tan preciados para los españoles como el aceite comestible, en especial el de oliva.