Opinión

Los errores de la vida

Por Roberto Saviano  | Corriere Della Sera

02.08.2012 | Publicado en edición impresa

Ha muerto Gore Vidal. Recuerdo la Rondinaia, su villa en Ravello. Cuando de niño iba a la costa trataba de cruzármelo, de mirar esta espléndida casa como nido de golondrinas pegada a la roca, frente al mar.

Una vez, hasta le pedí a un decorador, que había trabajado en esa villa, que me describiera el interior. Era el lugar que Vidal más amaba y que sólo dejó cuando no pudo más subir y bajar las infinitas escaleras de la costa amalfitana.

Me gustaba Gore Vidal porque amaba la vida, en especial los errores de la vida. Considerando el error, la falta, la duda, el ámbito más humano y por lo tanto el más precioso. Su novela La estatua de sal ha hecho por la defensa de los gays más que muchas batallas políticas. Sus páginas más bellas relatan el amor como una pasión continua, absolutamente carnal. No sólo carnal, sino también necesariamente carnal.

Divierte su razonamiento sobre esas expresiones habituales: el amor madura, el amor cuando pierde la pasión se vuelve estable, sólido y serio. El amor evoluciona. Para él eran sólo excusas para no decir que el amor ha terminado y que se ha transformado en otra cosa.

Siempre he admirado su mirada de la pasión no como un instinto momentáneo, adolescente, sino como la sustancia del amor. La pasión o encuentra el camino y la fantasía para durar o se reconoce como finalizada y busca la flama en otro lado. Adiós Gore Vidal, cantor sinfónico de la vida.

Traducción de María Elena Rey

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