"¿Cómo mala calidad de huella? Este no va a durar ni cinco minutos conmigo."
(De Cristina Fernández de Kirchner.)
Años le llevó a Juan Vucetich crear un servicio de identificación por medio de las impresiones digitales. Y apenas unos minutos le sobraron a Florencio Randazzo para que Cristina Kirchner sintiera en carne propia que todo invento argentino puede ser desmejorado aun con la ayuda de la tecnología.
El objetivo del ministro era presentar un sistema de seguridad dactiloscópica -que en Disney hace rato que se usa hasta con el ratón Mickey- para evitar la violencia en las canchas de fútbol del país. Sólo había que apoyar el dedo en una lectora y así comprobar los antecedentes de una persona.
Pero falló con la Presidenta. La máquina le habilitó la entrada a la cancha hasta a Julio Grondona. A ella ni siquiera la reconoció. Puso un dedo, puso otro y no hubo caso. No existía para el aparatito. Sin embargo, lo peor provino del técnico del invento. Muy suelto de cuerpo le dijo a la señora que debía tener mala calidad de huella. "¿Cómo mala calidad de huella? Este no va a durar ni cinco minutos conmigo", se ofuscó la jefa. Volvió a probar, y nada. "Debe de tener mucha crema en el dedo", le acotó el técnico con vocación suicida.
"Y, bueno, soy argentino", habrá pensado más de uno en ese acto, imbuido de la letra de César Fernández Moreno, el hijo del gran Baldomero, cuando en 1954 describió, en un poema enorme y a la vez impiadoso, el país que logramos construir y que mantenemos casi intacto 58 años después.
"...Los edificios públicos tienen enormes pórticos, pero la gente debe entrar por la gatera del ordenanza; enormes escalinatas, rampas rampantes, pero se sube por el pastito; aquí las vacunas no prenden; los timbres de alarma sólo suenan cuando se descomponen, entonces de todos modos nadie se alarma; la policía descubre a los terroristas cuando se les caen las bombas; los teléfonos se cortan solos, ni las malas noticias pueden recibirse de un tirón (...). Y bueno, soy argentino.", remataba don César, cargando sobre sus espaldas con los 70 balcones heredados de su padre. Y, una vez más, sin ninguna flor.